Hernanii Mundial #12 | TP

[ publicado en Los Trabajos Prácticos ]

No la pasé bien hoy, en el primer día de abstinencia. Estuve
aburrido, de mal humor, me dolía la espalda: me sobraba tiempo, nos
sobraba tiempo a todos en el trabajo, donde nos habíamos acostumbrado a
hacer el trabajo de ocho horas en cuatro.

España se quedó en el camino, otra vez, en su típico ciclo de ilusión y desencanto
futbolístico. Casi todas las ideas que tenía sobre España ya las
escribieron en estos dos días en El País, a cuya cobertura milagrosa he
podido acceder hace alrededor de una semana. Un párrafo de Ramón Besa resume más o menos todo lo que quería decir:

Existe,
ciertamente, la sensación de que Luis había dado con una alineación de
14 jugadores de manera un tanto improvisada. Los laterales se
estrenaron en el torneo, la ubicación de Raúl es un problema eterno, no
se supo nunca qué condicionaba la alineación de Senna o de Cesc y el
aprovechamiento de las jugadas de estrategia provocó la sensación de
que le sobraba gol: Torres y Villa dejaron de presionar porque
competían por el Pichichi. Demasiada grandilocuencia para un equipo muy
tierno, ingenuo, falto de liderazgo y sobre todo de futbolistas
desequilibrantes.

La goleada contra
Ucrania terminó siendo una maldición para España, que creyó que tenía
un equipo cuando en realidad sólo estaba empezando a tenerlo. Esa
certeza frenó la evolución, el esfuerzo, la inseguridad que incluso
equipos campeones como Argentina e Italia ponen en cada partido: en los
Mundiales los campeones empiezan de una forma y terminan de otra. Son
como los amores de verano: la intensidad de un año entero condensada en
un par de semanas. Nosotros sabemos que cada partido es un mundo, pero
España creyó en dos días que ya no necesitaba más cambios y que sólo
debía navegar en los talentosos pies de algunos de sus jugadores hasta
la final de Berlín.

En el partido contra Francia, cuando vi
que España recurría a Joaquín como salvador y que Senna reemplazaba a
Xavi, supe que serían los franceses los que pasarían de ronda.
Aragonés, que siempre fue un técnico más bien conservador y que sólo el
mes pasado pareció enamorarse del 4-3-3 que le ha dado tantos éxtios al
Barsa, enviaba de repente todas las malas señales posibles: reconocía
el fracaso de la alineación de Raúl como media punta y sacaba del
partido a Xavi, su otro único jugador de media cancha para arriba con
algo de temple. España fue el otro día un molusco, un equipo blandito e
invertebrado que toqueteaba muy lejos del arco de Barthez, sorprendido
porque Francia le estaba haciendo partido.

Hace tres días me
tomé el atrevimiento de recomendarle al técnico de Francia que pusiera
a Zidane en el segundo tiempo, con el argumento de que sin Zidane
Francia había jugado su mejor partido (contra Togo) y que la presencia
del “10” ahogaba a Thierry Henry, empujándolo hacia el final de las
jugadas. Me equivoqué parcialmente: Zidane jugó muy bien (todo el
partido, no sólo con el golazo del final), pero sigue sin conectarse
con Henry, quien por tercer Mundial consecutivo juega menos de lo que
se supone que tiene que jugar. De todas maneras le tengo fe a Francia.
Una parte de nuestros corazones albicelestes quiere jugar contra Brasil
en la final y ganarles: eso sería la gloria máxima. Otra parte, más
grande, tiene miedo de perder la final contra la brasileños o de que no
lleguemos nunca a la final, así que lo mejor es que Brasil pierda
cuanto antes. La mayor debilidad de Francia, creo, es su arquero. Lo
demás está teniendo cada vez mejor pinta: Vieira y Makelele la
rompieron contra España; jugando así deberían comerse crudos a
Ronaldinho y Kaká con la excepción de las dos o tres jugadas geniales
que ambos harán en algún momento y que son imposibles de evitar (no las
han hecho todavía, pero hay que estar preparados); Ribery puede ser una
tortura para Roberto Carlos, a quien nunca le gustó marcar y menos
ahora, con treinta y pico de pirulos; Zidane y Emerson experimentan la
misma decadencia física, por lo que el talento de Zizou podría
desequilibrar; Henry es una incógnita.

No tengo buenas
sensaciones para el partido de Argentina, pero supongo que es lo
normal: hace 16 años que no llegamos a semifinales, no veo por qué
deberíamos pensar que es fácil y lógico entrar al combo de los cuatro
que juegan siete partidos. Alemania es un equipo simple, que juega
fácil y rápido. La ventaja de la sencillez es que se aprende rápido; la
desventaja es que cuando el equipo rival logra quebrarla, no hay
estructura donde apoyarse para achicar los daños. Alemania es un equipo
en transición: antes era una roca, ahora es un puñal. Klinsmann está
cambiando la mentalidad de sus jugadores; todo el mundo pensaba que iba
a tardar más tiempo, pero aparentemente las cosas les están saliendo
bien bastante rápido. La sensación que tengo es que no tienen Plan B,
que si el partido no sale como lo tienen planeado no saben cómo jugar.
Alemania va a salir a atacar, con su entusiasmo y su vigor, con la
convicción de que el partido así será suyo. El primer equipo que pueda
torcerles el plan de vuelo tendrá una gran oportunidad. Esperemos que
sea Argentina.

¿Cómo se les cambia el plan de vuelo?
¿Quitándoles la pelota, bajando el ritmo del partido? Quizás. Con un
jugador como Riquelme ésa siempre es una idea tentadora, aunque estos
alemanes, como todos los alemanes, también parecen tener talento para
el contraataque, por lo que habrá que tener cuidado dónde perdemos la
pelota. Tomando prestados conceptos del básquet, lo que tenemos que
decidir es si queremos intercambiar pocos ataques largos y masticados,
en los que uno mueve la pelota de un lado al otro esperando el hueco; o
si elegimos cambiar ataque por ataque. La primera opción, la de las
posesiones largas, es la que prefiere Riquelme y la que sus defensores
creen que es la única que puede hacer; la segunda es la que se ajusta
mejor a jugadores como Saviola y Messi, mucho más desequilibrantes en
el vértigo del uno a uno que en los llamados “ataques estáticos”.
Tampoco hay que elegir: los buenos equipos saben cuándo conviene hacer
una y cuándo hacer la otra. Yo creo que Riquelme puede ser
desequilibrante en ambas, de la misma manera en la que Steve Nash ha
sido el MVP de la NBA dos años seguidos a veces dando pases de cirujano
y a veces poniendo los partidos en el freezer.

En su panegírico de Riquelme publicado ayer, Clarín entrevista al “10” de la selección, de quien cita la siguiente frase:

—¿Te pesa la responsabilidad de que todo pase por vos?
—Es que desde que juego al fútbol yo tengo la responsabilidad de jugar
así como juego y no tengo problemas con eso. Otros marcan, uno ataja,
unos hacen goles, yo debo tener la pelota. Y a mí eso me gusta mucho y
no me condiciona.

Una
de las cosas que me gustan de Riquelme es que no es falsamente humilde
para hablar de sí mismo: se tiene toda la fe y cree conocerse muy bien
a sí mismo. A mí me hubiera gustado que dijera “algunos marcan, otros
meten goles, yo meto pases de gol”. Atajar, marcar y meter goles son
actividad concretas, al igual que meter pases de gol. “Tener la
pelota”, en cambio, es más abstracto, la suma de varios pequeños
comportamientos a lo largo del partido. Quiere decir que cuando
Riquelme se la pasa a Mascherano y después Mascherano se la devuelve a
Riquelme, lo que está ocurriendo no es sólo un intercambio de pases
inocente y simplón sino también el envío del mensaje de que uno está
“teniendo la pelota” al contrario y a la tribuna, les está diciendo,
sin decirlo, “el partido está bajo mi control”. Meta-fútbol, bah: lo
que importa no es lo que pasa sino su contexto. Riquelme, lingüista del
balón.

Advertisements
2 comments
  1. Coincido con la diferenciación entre tener la pelota y hacer pases-gol. Estoy bastante cansado de este asunto de “tener la pelota”, que a veces no es otra cosa que hacer pases intrascendentes hasta perderla en mitad de cancha y sufrir con llegadas al arco propio, como sucedió con México y Costa de Marfil. Los alemanes no nos perdonarán como hicieron ellos.
    Por eso me gusta tanto Messi (bueh…, nos gusta a todos). Porque siempre quiere encarar, tiene gambeta hacia delante y eso les duele a rivales tácticos que no soportan el arte en medio de la razón.
    La mejor combinación será que Riquelme juegue a su ritmo (que ha llevado al Villarreal a la semifinal de la Copa cuando su estilo ya era conocido para sus rivales) y tire el estiletazo inesperado para que Messi o los demás definan. Fácil decirlo.
    Yo tampoco tengo buenas sensaciones para mañana, y he escuchado a varios en mis recorridos cotidianos que sienten lo mismo. Por el contrario, ellos parecen confiados y hasta agrandados, diría. Klose, por caso, ya se lamenta por nosotros y nuestro presunto regreso a la Argentina. Ellos parecen los argentinos arrogantes y nosotros los alemanes racionales y conscientes de que puede pasar cualquier cosa. Esto me gusta, porque si las cosas no salen como se espera para nosotros, podremos soportarlo como a algo que se podía prever, y quizás aún resolverlo. Pero si a ellos no les salen las marcas y los polacos no la meten, la desconcentración puede ser el fruto amargo de su confianza excesiva pre-partido. Entonces Pekerman, desde su corrección y su ejemplar humildad, reirá bajito.
    Ojalá que mañana los dioses estén con nosotros, es a eso a lo que le temen los alemanes en su esquema donde todo está previsto menos un dibujo genial del destino.
    Saludos.

  2. Por fin alguien que juzga el juego de Riquelme con equanimidad. Te felicito. Yo no puedo. Me quitan la paz los que critican su juego. No entiendo qué están viendo. No me queda más remedio que entender que preferirían al Kili Gonzalez. Recuerdo el día que debutó Román, hacia finales de la era Bilardo en Boca. Yo estaba en la segunda bandeja enfrente de la 12. Se veía perfecto. TODOS los jugadores de Boca escondidos en una línea, era graciosísimo. El único que la pedía, la tenía y jugaba criteriosamente erá Román. Se fue ovacionado, naturalmente.