Hernanii Mundial #11 | TP

[ publicado en Los Trabajos Prácticos ]

Argentina sobrevivió ayer a un mal partido, y eso es una buena noticia. Lo vi en la casa de un amigo en Brooklyn y, aunque la pasé bien –me tomé cuatro cervezas, algunos puchos y algunas risas—, el del viernes volveré a verlo en casa: en un momento del segundo tiempo, cuando el partido era una nadería por la desaceleración de México y la timidez de Argentina, me di cuenta de que entre los siete u ocho que estábamos frente al televisor (sólo tres éramos argentinos) se habían empezado a colar conversaciones sobre cualquier tema: Superman Returns, nuevos restaurantes, política colombiana. No puedo volver a participar de semejante trivialidad, que no hace más que poner en evidencia la trivialidad de mi fanatismo por el Mundial.

Si el fútbol se jugara con robots, Lavolpe le habría ganado por goleada a Pekerman. Esto de poner dos carrileros de cada lado, abriéndole los cantos a una Argentina que es mucho más fuerte por el centro que por las puntas, fue durante la primera hora una estrategia tan confusa que me era imposible saber de qué carajo jugaba cada uno de los mexicanos. Era imposible escribir una formación más o menos clara, lo que quedó patente en las diferencias en los diarios de hoy. A veces Méndez iba por arriba de Castro, a veces por abajo; a veces Cuadrado estaba delante de Ramón Morales, otras estaba casi como doble cinco. En el ojo del huracán, Pavel Pardo, que manejó el partido como quiso los 40 minutos que jugó y cuya lesión no ha sido aún valorada por los pundits argentinos como uno de los motivos de la victoria.

El juego de México en el primer tiempo y parte del segundo me pareció maravilloso, tanto como horrible me había parecido su desempeño contra Irán y Angola y algo del partido contra Portugal. México fue un equipo impredecible y valiente, rápido y afinado, con una sorprendente claridad sobre su idea de sí mismo. Tanto fue así que cuando hicieron el primer gol no me sorprendió nada: había algo en el aire, en el intensísimo griterío de los mexicanos en las tribunas, en la tromba a la que estábamos siendo sometidos, que cuando Rafa Márquez la embocó barrenando con el empeine me pareció que era algo inevitable. Por eso pensé que los misterios del fútbol estaban de nuestro lado cinco minutos más tarde, cuando Jared Crespo la embocó en la red contraria.

¿Será que los argentinos hacemos mejores a los rivales? Eso es un piropo, decir que contra nosotros los futbolistas ofrecen su mejor versión: pero ayer Oswaldo Sánchez, Osorio, Pardo, Guardado y Borgetti parecían jugar en el Arsenal, no en el Bolton ni los Tecos de Villa Pindonga. Lo que les faltó a los mexicanos fue trasladar esa autoridad al área argentina, donde el Pato y Ayala mandaron siempre.

Ahora quiero hablar de Riquelme, que ayer no jugó un buen partido. Román ha conseguido, a propósito o sin querer, instalar la dialéctica del “tómelo o déjelo”, “amado u odiado”, según las oposiciones de los diarios argentinos. Kirchner hizo lo mismo en sus primeros años y le fue bien: ahora ya no tanto, ahora ya se puede criticar algo del gobierno y no ser acusado de amante de Anne Krueger. Con Riquelme no hemos llegado a esa fase: si uno critica a Riquelme es necio, tonto, antifútbol, bilardista, gallina, amargo. Algunos de lo que dicen esto son hinchas de Boca, quienes por primera vez en mucho tiempo tienen invertida una fuerte carga emocional en la selección, pero otros no. (Disclaimer: crecí siendo hincha de River, club en decadencia desde, por lo menos, el cambio de milenio.)

Para mí Riquelme ayer no jugó bien. Pavel Pardo dirigió el ritmo del partido mientras estuvo en la cancha. Y Pardo no tiene nada que no tenga Riquelme. Riquelme es mejor que Pardo en todas las categorías posibles: es más inteligente, es más preciso, tiene mejor gambeta y mejor pegada. ¿Por qué entonces Pardo pudo ser la aduana de un partido rápido y Riquelme sólo pudo hacerlo cuando el partido bajó de velocidad? En el primer tiempo, mientras México jugaba mejor y mucho más rápido, uno podía ver a Riquelme tratando de pinchar el ritmo, de serenar la pelota, de tenerla, de llevar el partido a donde más le conviene. Pero no lo conseguía: hacíamos dos pases y ya teníamos que ponernos a correr otra vez. El partido era rapidísimo, y Román trataba de frenarlo. No pudo hacerlo en los primeros 65 minutos, y mientras tanto apenas contribuía al juego de Argentina: estaba tan preocupado por manejar los tiempos del partido que no le quedaba espacio para jugar ese propio partido. Empezó a jugar con la asistencia a Saviola que tapó muy bien Oswaldo. ¿Quiere decir eso que si Alemania propone el sábado, como seguramente hará, un partido de ida y vuelta y alaridos, de similar intensidad al de ayer, Riquelme no podrá hacer nada hasta que no consigamos bajarle el ritmo?

Creo que Riquelme sabe jugar rápido: tiene uno de los cerebros futbolísticos más veloces del mundo –ver, por ejemplo, sus dos pelotazos contra el Real Madrid en Tokio, en 2000— y tiene un pie que le permite tocar de primera aún con pases que vienen con efecto y hacia compañeros marcados o lejos. Los mejores equipos de los últimos años, el Barsa, el Chelsea y el Arsenal, son equipos que saben cuándo jugar rápido y cuándo hacer el juego de posesión que le conviene a Argentina. Messi es un jugador que se siente mucho más cómodo en el vértigo que en la paciencia. ¿Por qué entonces no aprovechar el cerebro de Riquelme y los centellazos de Messi cuando los partidos se den así? Uno puede intentar llevar los partidos al ritmo que uno quiere, pero a veces no se puede: a mí me dio la impresión de que Román ayer no tenía Plan B para el caso de que las cosas no le vinieran bien dadas. Cuando el partido se calmó, jugó bien: se bajó las medias, se sacrificó (terminó jugando casi de doble cinco con Mascherano) y controló la pelota y la respiración del partido: en el segundo tiempo suplementario pudimos haber sufrido un aluvión de México, que, en buena parte gracias a los oficios de Román, no ocurrió.

Riquelme es mucho más jugador que el “tiempista” con el que estamos obsesionados ahora: no lo veo, por ejemplo, en su espíritu actual, tirando el famoso caño de taco a Yepes; en la misma situación, ahora se da vuelta y se la pasa a Scaloni (el partido de Scaloni nos recordó todo el tiempo la ausencia de Zanetti en la lista, aun a los que no somos zanettianos). El Román de ahora gambetea poco, arriesga poco, apenas pisa el área rival. Todavía necesitaremos sus córners envenenados, su calesita que vuelve locos a los rivales, su sensación de superioridad que contagia a los compañeros y termina hundiendo a los contrarios. Pero contra Alemania vamos a necesitar mucho más de él. Si consigue sacarse de encima la dialéctica “amado u odiado”, que él mismo ha ayudado a construir; si se concentra más en darnos su fútbol que en evangelizarnos sobre cómo se debe jugar al fútbol, no va a tener problemas en hacerlo.

Una palabra final para Pekerman, que todavía sigue sufriendo porque no le encuentra la vuelta al mediocampo (espero que el regreso de Lucho González le dé la simetría que busca; dos rombitos enfrentados: Lucho por derecha contra Schweinsteiger; Maxi por izquierda contra Schneider; Masche con Ballack y Román con Frings; da la impresión de que hombre por hombre, aunque por poquito, salimos ganando). Lo que quería decir es que si bien el rendimiento del equipo ha bajado y ya no es la epifanía de Serbia y Montenegro, se mantiene su mano sobre el comportamiento del equipo en la cancha: no pega patadas (salvo, por supuesto, la de Heinze), no habla al pedo con el árbitro, no exagera los fouls, no apela a nada que no sea la pelota para tratar de ganar los partidos. Viendo hoy a los portugueses embarrando el partido contra Holanda me di cuenta de que no quiero eso, no quiero que Argentina trate de ganar “sea como sea, cueste lo que cueste”, comiéndole el hígado a los rivales. Por eso quiero que Italia, que hace dos semanas contra Ghana se asomó al mundo del fútbol y después volvió asustada a la madriguera del catenaccio, pierda mañana.

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1 comment
  1. calixto said:

    nos estás debiendo la crónica de la furia…