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Salió el número seis de Orsai, donde un tengo un humilde texto sobre mi relación (mi romance) con mi motito. Empieza así:

En un momento de Caro Diario, Nanni Moretti se baja de su Vespa negra en una calle acomodada de Roma y estira el cuello hacia arriba. Su voz en off, tristona y levemente irónica, explica: “Cuando estoy en la Vespa, me gusta mirar los áticos y las buhardillas donde me gustaría vivir e imaginar cuánto cuestan o cómo podría reformarlos”. Un día, uno de esos áticos está en venta. Moretti entra a preguntar el precio, o imagina que entra a preguntar el precio (no queda claro), y se sorprende por la respuesta: “¿Diez millones de liras por metro cuadrado?”. Otra vez arriba de la moto, dando vueltas en el verano de Roma, la voz narradora de Moretti explica: “El dueño del departamento ha dicho que no es mucho, porque Dándolo es una calle histórica y Garibaldi hizo la resistencia ahí mismo”.

A mí me pasa algo parecido en las calles de Nueva York, donde vivo desde hace casi ocho años y donde me muevo en una Vespa plateada desde hace casi seis. En los semáforos, sin nada que hacer más que esperar el cambio de la luz, me gusta espiar en hogares ajenos e imaginarme viviendo en ellos, con esas familias o con la mía, y preguntarme si tendría suficiente para pagar el alquiler, o si habrá un buen escritorio donde encerrarme a escribir, o si me molestaría el ruido del camión de basura que gruñe y bufa a mi lado. Antes de que pueda responderme, el semáforo se ha puesto verde y he zumbado hacia el infinito, hacia nuevos semáforos y nuevas preguntas.

Como a Moretti, a mí también me gusta tener mi propia voz en off. Mientras viajo por las calles de Brooklyn, donde vivo, o de Manhattan, adonde voy dos o tres veces por semana, me relato a mí mismo lo que veo o lo que pienso, como el narrador de un documental sobre animales o el comentarista en vivo de un partido de fútbol. Normalmente no tengo nada demasiado interesante para decirme: me gusta sorprenderme cuando hago cincuenta o sesenta cuadras sin parar en un semáforo, bajando o subiendo por las avenidas longitudinales de Manhattan; o detectar cambios mínimos en el paisaje de los avisos publicitarios y las fachadas de los restaurantes; o ver un edificio del que conozco la historia, como el de Amsterdam y la 71, en el Upper West Side, y volver a contármela, como si estuviera escribiendo algo al respecto o tuviera a algún amigo de visita sentado atrás.

[  El resto del texto está aca (PDF liviano). ]

Hace veinte años, Nick Hornby publicó Fiebre en las gradas, donde contaba su infancia y su adolescencia en los suburbios de Londres a través de su vida como hincha del Arsenal. O quizás era al revés: Hornby contaba su obsesiva relación con el Arsenal a través de sus triunfos y derrotas escolares, la relación inestable con su padre, la sorpresa de las primeras novias y la mezcla de pánico y conformismo de la adultez.

En cualquier caso, el libro tuvo muchísimo éxito y prácticamente inauguró el género de los libros de fútbol que, en lugar de mirar a los 22 animalitos en pantalones cortos, se dan vuelta y ponen la vista en otros animalitos: los apasionados, entrañables y un poco patéticos animalitos que los miramos dar patadas desde las tribunas o desde nuestras casas, con lluvia o sol, con frío o calor, a medida que escribimos nuestras propias biografías usando como mojones las victorias o las catástrofes de nuestros equipos favoritos.

Hornby, que después escribió una docena de novelas (algunas muy exitosas), tiene muchos fans en la Argentina y en Latinoamérica, pero casi nadie había intentado hasta ahora adaptar su receta a los pantanos del "aguante" y las barras bravas porteñas. De hecho, para un país tan obsesionado por el fútbol como la Argentina, es relativamente poca la cantidad de libros de fútbol que se editan. Ahora, sin embargo, han llegado juntos tres libros que tienen una visión novedosa no sólo del fútbol (y del fenómeno del fútbol como espectáculo y como parte de nuestras vidas) sino también de la escritura de no ficción. Los tres (¡Academia, carajo!, de Alejandro Wall; Ser de River, de Andrés Burgo; y Messi, de Leonardo Faccio) están editados por Sudamericana-Mondadori, que en los últimos años parece haber hecho un esfuerzo por tener atentas sus antenas de no ficción.

Estos tres libros son modernos o novedosos en su visión del fútbol porque no son nostálgicos de edades de oro que quizá nunca ocurrieron o no tuvieron la pureza que les adjudican otros autores más tradicionales, como Eduardo Galeano u Horacio Pagani; y son modernos o novedosos también en su uso de los géneros literarios, especialmente porque van más allá de lo que en los últimos años se ha conocido como "crónica" y han logrado transformarse, especialmente ¡Academia, carajo! y Ser de River, en objetos vivos y jadeantes y complejos, difíciles de clasificar con otro término que con el cochambroso y tartamudo mote de "no ficción". Messi, un libro más prolijo y más cerca de la crónica tradicional (una primera versión del texto fue publicada en la revista peruana Etiqueta Negra, emblema de la crónica latinoamericana reciente), intenta descifrar al ser humano hermético e impertérrito que seguramente habita -lo suponemos, pero no estamos seguros- dentro del mejor futbolista del mundo.

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En diciembre del año pasado, Domingo Cavallo viajó de Boston a Buenos Aires con su mujer, sus tres hijos y sus seis nietos, que también viven en Estados Unidos. La visita navideña coincidió con el décimo aniversario de la caída de Fernando de la Rúa y del fin de la carrera política del propio Cavallo, que leyó los diarios y miró los programas de televisión y comprobó que el relato habitual de la crisis seguía mostrando un retrato muy desfavorable de su gestión. Desanimado y enojado por el tratamiento recibido, Cavallo rechazó los pedidos de entrevistas y conferencias. En el vuelo de regreso a Boston, publicó sus sensaciones en su blog: "El poder mediático sigue comprometido en transformarme en el chivo expiatorio de los desmanejos de [la] dirigencia política argentina", escribió.

Un mes más tarde, en su oficina de la Universidad de Yale, una hora y media al norte de Nueva York, Cavallo reflexiona sobre aquella visita navideña y admite que se ha convertido en el blanco favorito del antineoliberalismo argentino. "En ese sentido he tenido un poco de mala suerte", dice en entrevista con LA NACION. De todas maneras, Cavallo, que siempre fue un optimista (o, según sus críticos, un cabezadura), cree que esta percepción negativa de los años 90 sólo puede mejorar. "Por eso no me aflige mucho, porque va a llegar un momento en el que muchas de las cosas que hoy se critican de aquella década van a ser reivindicadas", explica.

¿Cuánto falta para esto? Cavallo prefiere no hacer predicciones, pero sugiere, con un brillo en los ojos, que la actual crisis europea podría acelerar su rehabilitación popular. El razonamiento es el siguiente: si Grecia y España (y el resto de los países ahogados de la Unión Europea) atraviesan la crisis sin defaultear y sin salir del euro, Cavallo cree que la opinión general sobre la crisis de 2001 podría cambiar. Es decir, el relato dominante podría alejarse de la versión de Eduardo Duhalde (que es, según Cavallo, hegemónica) y acercarse a la suya, según la cual el default y la devaluación del peso eran, aun en diciembre de 2001, evitables e indeseables. "Si eso ocurre, si Grecia logra mantenerse en el euro, yo creo que va a quedar claro que la Argentina también podría haber tenido esa alternativa, y que habría sido una alternativa superior."

Cavallo dice todo esto en la bucólica New Haven, adonde viene los lunes a dar una clase (enseña Economía Internacional en el Máster en Desarrollo Económico de Yale, del que en los 80 se graduó la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont), pasa la noche y se vuelve al otro día a Boston, donde tiene su "base de operaciones". Ocupa una oficina en el cuarto piso de un edificio moderno, construido hace poco gracias a la donación de un magnate farmacéutico, y sale a almorzar a alguno de los restaurantes de la zona, caminando al lado de los estudiantes, entre los árboles y los edificios neogóticos. Si hace frío, se cubre la cabeza con una boina gris que lo hace casi irreconocible.

Sobre la Argentina actual, dice que el kirchnerismo le parece una expresión política anticuada, "muy del tipo del PRI mexicano". Confía en que el Pro y el socialismo de Binner ("un socialismo moderno") se conviertan en integradores de dos polos de centroderecha y centroizquierda, respectivamente, y sostiene que la Argentina tiene la posibilidad histórica de convertirse, gracias a su capacidad para producir alimentos procesados -"pero sólo si baja la inflación", aclara-, en un país próspero y pacífico, no muy distinto de Australia o Canadá o Nueva Zelanda.

Cavallo pasó la mayor parte de los últimos diez años en Estados Unidos, donde tiene la green cardde residente permanente. Mantiene su departamento de Buenos Aires y viaja seguido, pero motivos laborales y la presencia de sus tres hijos, que viven en Boston (Alberto, profesor de la escuela de negocios del MIT), Nueva York (Eduardo, economista para América latina de Goldman Sachs) y Washington (Sonia, economista especializada en temas de salud) lo han mantenido más afuera que adentro. Sonia se casó con un estadounidense, pero los varones se casaron con argentinas. "Tenemos la esperanza de que al menos alguno de ellos vuelva a la Argentina", dice, ante el peligro de "desargentinización" de la familia Cavallo-Abrazian. Conversó con La Nacion al día siguiente de una de sus clases, en una mañana sorprendentemente cálida de invierno.

El resto de la entrevista, acá. ]

 

El año pasado escribí una nota sobre “Death and the Powers”, la extraña ópera con robots del compositor John Machover. Fui a ver la ópera al Teatro Majestic, de Boston, y me gustó mucho. Después escribí una nota para la revista QUO. Este es un fragmento:

Dos horas antes de la función, Machover me pasó a buscar por la puerta del teatro y cruzamos la calle, sacudidos por un viento helado e insoportable, hasta un pequeño restaurante tex-mex con asientos de plástico y luces de neón llamado “María’s Tacos”. Machover pidió un burrito de pollo con crema agria y guacamole y una Diet Coke. Tenía puesta una chaqueta negra, una camiseta negra y jeans y botas negras: el uniforme del artista bohemio para ocasiones especiales. Machover es bajito y eléctrico: tiene dos ojos azules que se mueven sin parar y una corona de pelo castaño largo y salvaje, completamente fuera de control. Habla tan rápido y toca tantos temas al mismo tiempo que después de unos minutos de conversación me pidió, con el burrito entero en la mano: “Disculpa, ¿puedo parar un minuto a comer un poco?” Tras probar y masticar dos bocados, siguió: “Un escenario que se mueve también es un robot. No me interesa tanto el asunto de que los robots puedan reemplazar a los humanos, o convertirse ellos mismos en humanos. Me interesa más qué puede ocurrir cuando el mundo físico a nuestro alrededor se vuelve animado, y cuál es el límite entre los humanos y este mundo físico inteligente”.

La ópera empieza y termina con robots, pero está claro que su interés principal son los humanos. El mercadeo y la publicidad de “Death and the Powers”, incluyendo su subtítulo, han puesto mucho énfasis en la yuxtaposición de “robots” y “opera”, y Machover dio a entender en nuestra charla que eso no le había gustado mucho. Viendo la ópera, un par de horas más tarde, era fácil sobre por qué. Los robots funcionan como una especie de coro griego, comentando la acción de los otros personajes, pero el corazón del director está con sus protagonistas humanos. En la primera escena se preguntan los robots, solos sobre el escenario: “¿Qué es esto de la muerte?”, “¿Es un desperdicio, es entropía, es información reasignada?” Según el argumento de la obra, los robots heredaron el Planeta Tierra de los humanos en un futuro no muy lejano, y están leyendo los rastros dejados por Powers. Por eso se preguntan por nuestras emociones: “¿Sufrimiento? ¿Qué es eso? ¿Por qué alguien elegiría sufrir?”, dice uno de ellos.

Esta primera escena emparenta a la ópera de Machover con los textos clásicos de ciencia ficción de Arthur C. Clarke y sus robots melancólicos, que envidian o desean ser un poco más humanos. Cuando en “2001: Odisea del Espacio”, la novela de Clarke y la película de Kubrick, la supercomputadora HAL9000 dice, inolvidablemente, “Tengo miedo, Dave, tengo miedo”, es imposible no ver esa melancolía y ese deseo. Pero Machover está interesado en la dirección contraria: no quiere máquinas con sueños de ser humanos sino que quiere humanos, como Powers, con sueños de ser máquinas.

El resto del texto está acá, en este PDF.

Charlé un rato con Hugh Laurie, o 'Dr House'. Salió esto en La Nación:

El doctor Gregory House terminó su séptima temporada muy mal, incrustándose con su auto en el living de su ex novia y ex jefa. Y empezará la octava temporada todavía peor, en la cárcel, obligado por los capos del pabellón a entregar los calmantes que toma contra el dolor crónico de su pierna. Ha tenido un año pésimo, de esos que obligan a uno a hacerse grandes preguntas. ¿Vale la pena ser tan gruñón y sarcástico y tan exigente con los demás? ¿No debería intentar, por una vez, ser más agradable y más comprensivo? ¿No me merezco yo también ser feliz? Todos estos interrogantes, perfectamente válidos para personas razonables, no se aplican a House, que seguirá siendo, en la cárcel y fuera de ella, el mismo cabezadura insoportable y fascinante de siempre.

Cuando La Nacion le preguntó el miércoles pasado si esta nueva temporada de Dr. House (que se estrena en la Argentina el jueves 27, a las 22, en Universal Channel) era una oportunidad para ver una nueva faceta, más humilde o más derrotada de su personaje, Hugh Laurie se rascó por un segundo la barba y después dijo: "Nunca pensé a House como un tipo que le diera mucha importancia a la felicidad. No me parece que la felicidad sea un objetivo fundamental de su existencia". Y agregó: "Pero sí creo que es capaz de vivir momentos de gozo y que es capaz de sentir la adrenalina de la caza, el desafío de solucionar un problema. Eso es lo más parecido que llega a la felicidad". Algo parecido había dicho un rato antes David Shore, el creador de la serie: House es como es y es improbable que cambie, posiblemente para satisfacción de sus más de 60 millones de fans en todo el mundo, que lo quieren así como es, huraño pero querible, impiadoso pero honesto.

A pesar de esto, en el tercer episodio de esta nueva temporada algo parece quebrarse dentro de House. Dos veces recomienda -a un paciente millonario y súbitamente altruista y a una ex empleada indecisa sobre si volver a trabajar con él- que dedicarse a la familia y ser feliz es más importante que salvar el mundo. "Es cierto, pero House no necesariamente aplicaría estos consejos a su propia vida", dijo Laurie en el set de Dr. House , en Los Angeles, en uno de los estudios de 20th Century Fox. Ese es entonces el único progreso visible: House ahora admite que el runrún de la felicidad y la vida cotidiana puede ser beneficioso para otras personas, aunque no todavía para sí mismo.

El resto, acá.

 

El mes pasado publiqué en la revista mexicana Life&Style un largo texto sobre el décimo aniversario de la destrucción del World Trade Center. Es una nota sobre Nueva York. Empieza así:

En agosto de 2003, un accidente en una planta generadora en Ohio dejó sin electricidad a los más de 13 millones de habitantes del área metropolitana de Nueva York. El corte llegó a las cuatro de la tarde de un caluroso jueves de verano y duró hasta la mañana siguiente. En aquellas horas de oscuridad, miles de oficinistas volvieron a sus casas caminando, porque los trenes habían dejado de funcionar; neoyorquinos espontáneos dirigieron el tránsito en las esquinas (y los conductores obedecieron); vecinos que no se conocían salieron con velas a la calle a comentar las noticias; los bares, a oscuras, vendieron barata la cerveza que no podían refrigerar.

A pesar de la penumbra, la ciudad pasó la noche en paz. No hubo saqueos ni carnavales de histeria colectiva: Nueva York se tomó el apagón de 2003 con un espíritu de comunión y sabia resignación muy distinto de la paranoia y la ferocidad que habían dominado el apagón anterior, en el verano de 1977. Sintiéndose ciega y desesperada, aquella Nueva York había amanecido con decenas de muertos, cientos de comercios saqueados y edificios incendiados y miles de detenidos.

¿Qué había cambiado en esos 25 años? Muchas cosas. La ciudad, por un lado, ya no era la misma: expuesta a la oscuridad, la Nueva York de los ’70 –prácticamente quebrada, vaciada por el exilio a los suburbios y azotada por una ola de delincuencia– había elegido tratarse a sí misma como un campo de batalla. En una situación comparable (comparable pero no idéntica, porque las condiciones nunca son idénticas), la Nueva York de 2003, próspera, pacificada y orgullosa, eligió controlar sus peores impulsos y tratarse a sí misma como un jardín urbano, y no como un campo de batalla.

También hubo otro ingrediente. Este espíritu zen y colaborador probablemente habría tenido menos potencia si Al-Qaeda no hubiera clavado dos años antes, el 11 de septiembre de 2001, su penosa daga en el corazón simbólico de la ciudad. En los días posteriores al apagón, diversos comentaristas y expertos dijeron que esta nueva “responsabilidad cívica” de los neoyorquinos, su espíritu de “deber público”, había que agradecerlo, al menos en parte, al “residuo” de los atentados de 2001, que habían encendido en los vecinos una sensación de “vulnerabilidad colectiva” y los había llevado a elegir la cortesía a la bronca, la resignación a la protesta y la generosidad al saqueo. Los atentados, en su brutalidad, habían despertado en los neoyorquinos la sensación de hogar.

El resto está acá, en un PDF muy livianito de cuatrocientos y pico de KB.

Fui a ver a Andrés Calamaro, escribí esta crónica para La Nación:

El recital de Andrés Calamaro en Nueva York de anteanoche tuvo tres tercios definidos: una primera parte sobria y algo aburrida, una segunda chispeante y encantadora, y una tercera borracha y papelonera, en la que Calamaro terminó con los pantalones en las rodillas y tirado en el piso, improvisando boca abajo una versión chapurreada de "Que me pisen", de Sumo.

Un rato antes, Calamaro había consultado con las 1200 personas que habían llenado el teatro Irving Plaza si debía seguir tomando tequila o si debía parar. Quiso que la gente aplaudiera un supuesto "tequilómetro" contra otro "glamurómetro". Explicó: "Si aplauden fuerte al glamurómetro, entonces quiere decir todavía estamos en buen estado y podemos seguir tomando tequila". Pero el público, como el de cualquier recital, aplaudía todo, sin entrar en sutilezas. Calamaro leyó el resultado como una autorización a seguir tomando.

Es una pena que haya sido así, porque de ahí en más el recital, el tercero de su primera gira por Estados Unidos (esta noche toca en Miami), desbarrancó hasta perder casi toda su gracia. Los jóvenes y no tan jóvenes latinoamericanos que habían pagado 62 dólares para verlo -muchos argentinos, pero también muchísimos colombianos- mantuvieron su entusiasmo durante todo el set, pero después, en la vereda de la Calle 15 de Manhattan, mientras fumaban o se mostraban fotos recién sacadas, comentaban con divertida perplejidad la última media hora de Calamaro. Sobre todo comentaban el momento, durante "Crímenes perfectos", en el que el ex líder de Los Rodríguez se puso de espaldas, desabrochó sus pantalones, se encorvó hacia adelante y ofreció al público sus nalgas pálidas y huesudas. "¡Y peludas!", comentó Natalia, una admiradora colombiana.

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Cuando uno es joven y empieza a leer novelas traducidas y se encuentra con expresiones como "fruncir el ceño", "encogerse de hombros" o "entrecerrar los ojos", al principio piensa que son frases sumamente frecuentes y coloquiales del castellano. Después, cuando ve que los escritores latinoamericanos o españoles las usan poco, se da cuenta de que son obra de los traductores, que se pusieron de acuerdo o se imitaron para traducir algunas palabras de la misma manera, transformándolas en muletillas. Y después, cuando aprende un poco más de inglés, uno se da cuenta de que "fruncir el ceño" es frown, "encogerse de hombros" es shrug y "entrecerrar los ojos" es squint. Y se pregunta entonces, viendo que el inglés soluciona con cinco letras lo que al español le cuesta veinte o veinticinco, si el inglés es un idioma más eficaz o más económico que el castellano.

"No, no. Todos los idiomas son igual de eficaces, porque para eso existen y hay gente que los usa." La que responde, tan poco seducida por el argumento, es Edith Grossman, traductora al inglés de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa y de la más reciente y muy premiada versión de Don Quijote de la Mancha, de 2003.

"Lo que sí es cierto es que el inglés tiene un vocabulario enorme: cuatro o cinco veces más grande que el del español, el francés, el italiano o el portugués", explica Grossman a adn en su departamento del Upper West Side, en Manhattan.

¿Cinco veces más grande?, pregunta este cronista, frunciendo el ceño. "Sí. Y esto se debe a que el idioma inglés nunca tuvo una Academia de la Lengua y a que, por la misma razón, tampoco hubo una censura a la importación de palabras de otros idiomas. El inglés está lleno de palabras que vienen de idiomas indígenas, del español, del italiano, del yiddish. Importamos palabras de todo el mundo."

Una de esas palabras, no muy honrosa, viene del Río de la Plata: al gobierno militar de un país exótico se le dice military junta.

El resto, acá. ]

Gatopardo publicó este mes la nota más larga que escribí en mi vida: algo más de diez mil palabras, o sesenta y pico mil caracteres. Es sobre Ricardo Caputo, un asesino serial argentino que mató a cuatro mujeres en Nueva York y Ciudad de México en los años '70. Empieza así:

Lo primero que me acuerdo de la mañana cuando volvimos a Estados Unidos desde Mendoza, en 1994, es que el abogado nos había mandado una limusina al aeropuerto. Ahí nos subimos, mi hermano Alberto y yo, y fuimos directo a Manhattan, a la oficina de Michael Kennedy, el abogado, donde ya nos esperaban mi mujer, Susana (a la que Kennedy y Alberto habían traído desde Guadalajara), y los productores y técnicos de la cadena ABC, que estaban preparando todo para la entrevista. Yo me sentía nervioso y un poco angustiado porque ya no tenía tantas ganas, como antes, de confesar mis crímenes y entregarme a la policía.

Kennedy, un tipo grandote y conversador que había defendido a Ivana Trump y que era una especie de vocero de los sandinistas nicaragüenses en Estados Unidos, me dijo que no me preocupara, que las preguntas estaban pactadas de antemano. Alberto, que unos años antes se había hecho millonario gracias a un estudio de fotografía que tenía con su mujer —ellos procesaron, por ejemplo, parte del famoso libro Sex, de Madonna—, miraba desde un costado. Después de un rato llegó el periodista, que me saludó cortésmente. Yo tenía puesta una camisa bastante fea —azul y blanca, con anchas rayas verticales— y se me notaban en la cara el cansancio del viaje y la humillación de tener que revelar en público mi pasado espantoso. Se encendieron las luces y empezaron las preguntas, que contesté despacio y en inglés. Una parte del diálogo, emitido esa misma noche en un programa muy popular que se llamaba Primetime Live, salió publicada en el diario Clarín, de Buenos Aires:

—¿Mató usted a Natalie Brown? —me preguntó el periodista, que se llamaba Chris Wallace. 
—Sí, señor —respondí, bajando un poco la cabeza. 
—¿Mató a Judith Becker? 
—Sí, señor. 
—¿Mató a Barbara Taylor? 
—Sí, señor. 
—¿Mató a Laura Gómez? 
—Sí, señor.
—¿Por qué las mató? 
—Creo que fue por mi niñez.
—¿Recuerda el día que mató a Natalie Brown? 
—Sí, me acuerdo que fue un sábado. Agarré un cuchillo, pero no sabía lo que iba a hacer. La oía gritar y la veía borrosamente. Veía líneas blancas, rojas y azules y muchos puntos. Había puntos por todos lados. 
—¿Era consciente de que la estaba acuchillando? 
—No. Sabía que estaba haciendo algo malo, pero no sabía qué estaba haciendo. 
—¿Sabe por qué mató a Judith Becker? 
—No, estaba mentalmente enfermo.
—Hay mucha gente que piensa que usted es un asesino frío. 
—No, señor. ¿Por qué habría de matarlas? ¿Para qué? No tendría sentido. Sólo estando loco podría haber hecho esto. 
—¿Cuál era su nombre cuando estaba con Laura Gómez? 
—Ricardo Martínez. 
—¿Sabía que ella estaba embarazada? 
—No. ¿Estaba embarazada? No…

Cuando terminaron las preguntas, oí los pasos apurados de un grupo de policías acercándose por la escalera y los vi entrar a la sala de reuniones de Kennedy, quien los había llamado y advertido de mi presencia. Me levantaron, me esposaron y me llevaron a la cárcel del condado de Nassau, cerca de Nueva York, donde me estaban investigando por el asesinato de Natalie. Me acuerdo especialmente de aquel día porque aquellos fueron los últimos minutos de mi vida que pasé en libertad, fuera de la cárcel. Fue el día en el que, después de veinte años fugitivo, viviendo vidas más o menos normales con nombres falsos pero con familias verdaderas, decidí entregarme. También fue el día en que los diarios de Nueva York empezaron a llamarme The Lady Killer, por haber "seducido" y asesinado a cuatro mujeres, y en el que, en Argentina, el Clarín empezó a agrupar las notas sobre mí con el cintillo: "El argentino que no podía dejar de matar". Me llamaban "asesino serial", una etiqueta que nunca, nunca reconocí como propia para mí o mis errores. Yo no quería matar. Es más, decidí entregarme porque no podía soportar las pesadillas, las alucinaciones y las voces que me hablaban: la culpa. Como le dije una vez a Kennedy, y él mismo repitió en una de las audiencias: "Prefiero vivir con mi cuerpo encerrado y mi mente libre, antes que con mi mente encerrada y mi cuerpo libre".

El resto, en el sitio de Gatopardo, está acá. ]

La Universidad de Antioquia, de Medellín, publicó hace unos días un libro con perfiles de algunos de sus egresados más famosos. Hay perfiles de Francisco 'Pacho' Maturana ("Odontólogo, 1972"), Fernando Vallejo ("Bachiller Liceo, 1959") y mi amigo Joaquín Botero ("Comunicador Social, 1999"), entre muchísimos otros. La gente de la universidad me pidió hace unos meses que escribiera yo el perfil de Joaquín, que comió conmigo hace un rato y me trajo un ejemplar del libro, intitulado 'Espíritus libres'. El perfil es bastante corto. Acá está–

A principios de los años ‘40, un escritor llamado Joseph Mitchell conoció en las calles de Nueva York a un carismático vagabundo que iba siempre cargado de papeles y decía que estaba escribiendo el libro más largo de la historia. Mitchell se hizo amigo de este curioso personaje, que había estudiado en Harvard, venía de una familia patricia y había elegido voluntariamente vivir en los márgenes de la sociedad. En 1964, publicó un largo perfil sobre él en The New Yorker, llamado “El secreto de Joe Gould”.

A veces, exagerando un poco, pienso que Joaquín Botero –periodista de la Universidad de Antioquia, portador un de emblemático apellido paisa, habitante de los márgenes literarios, geográficos y laborales de Nueva York– es mi Joe Gould. 

Releyendo las decenas de emails que Joaquín me ha enviado en todos estos años, me detengo en éste, de abril de 2007: “Trabajé en el mercado de comida hasta el 24 y desde entonces me he dedicado a lo que tanto soñaba: estar acá leyendo y viendo películas. Duermo seis horas en la noche y durante el día tomo tres siestas”. Creo que el mensaje lo describe perfectamente: el escritor bohemio que elige un trabajo poco calificado a cambio de tener tiempo para escribir, leer libros y ver películas.

Sobre sus años como empleado de Garden of Eden, una cadena de mercados delicatessen, Joaquín escribió El jardín en Chelsea, un libro entrañable, duro y divertido, que tiene su misma voz y su misma honestidad. Antes había escrito (pero lo publicó después) Memorias de un delivery, un conjunto de crónicas locas y arrebatadas sobre su experiencia como repartidor en bicicleta en un restaurante de comida kosher en Manhattan.

En estos años he contado la historia de Joaquín en decenas de fiestas y reuniones, y a todo el mundo le parece fascinante. Cuento que no pudo viajar a Bogotá, en 2008, para la presentación de su propio libro (porque no hubiera podido entrar otra vez a Estados Unidos); o cómo dedica muchos de sus días libres a pagar una entrada y ver en el cine cuatro o cinco películas una detrás de otra; o los periódicos encuentros y desencuentros, eufóricos y desgarradores, con su novia de (casi) toda la vida; o su boda, finalmente, de la cual fui único testigo, y su épica visita a Medellín, hace unos meses, por primera vez después de 13 años.

No conozco a nadie que, después de conocerlo, no sienta cariño por Joaquín, o no se sienta intrigado por este tipo inteligente, irónico y de buenos modales que durante el día corta quesos caros para señoras de barrios altos y por la noche aprovecha sus contactos de prensa en Colombia para ir gratis a todos los festivales de cine de la ciudad. “Es una especie de genio incomprendido”, me dijo una vez un amigo.

Es posible que Joaquín sea un genio, pero también es un tipo testarudo. Cuando me suena el teléfono y veo en la pantalla un número desconocido que empieza con 212 (Manhattan) o 718 (Brooklyn), estoy casi seguro de que es Joaquín, que se niega a tener celular y me llama desde teléfonos públicos siempre distintos. Yo, como si fuera Mitchell, le digo a Joaquín que, si quiere volver al mundo de las personas normales, debería comprarse un celular. Pero él, como si fuera Gould, responde: “Me gusta el silencio. No me gusta la cosa tecnológica todo el tiempo: lo adictiva y anodina que es a veces”.

Creo que algo, sin embargo, está cambiando, y que mi Joe Gould está listo (o casi listo) para salir de su guarida: “Me siento limpio, renovado, sin angustias ni rabias”, me escribió hace poco, después de su viaje a Medellín. “Listo para volver con los quesos y las cosas buenas y malas de NY. Pero también a buscar nuevas oportunidades académicas o laborales".