Nueva York, diez años después | L&S

El mes pasado publiqué en la revista mexicana Life&Style un largo texto sobre el décimo aniversario de la destrucción del World Trade Center. Es una nota sobre Nueva York. Empieza así:

En agosto de 2003, un accidente en una planta generadora en Ohio dejó sin electricidad a los más de 13 millones de habitantes del área metropolitana de Nueva York. El corte llegó a las cuatro de la tarde de un caluroso jueves de verano y duró hasta la mañana siguiente. En aquellas horas de oscuridad, miles de oficinistas volvieron a sus casas caminando, porque los trenes habían dejado de funcionar; neoyorquinos espontáneos dirigieron el tránsito en las esquinas (y los conductores obedecieron); vecinos que no se conocían salieron con velas a la calle a comentar las noticias; los bares, a oscuras, vendieron barata la cerveza que no podían refrigerar.

A pesar de la penumbra, la ciudad pasó la noche en paz. No hubo saqueos ni carnavales de histeria colectiva: Nueva York se tomó el apagón de 2003 con un espíritu de comunión y sabia resignación muy distinto de la paranoia y la ferocidad que habían dominado el apagón anterior, en el verano de 1977. Sintiéndose ciega y desesperada, aquella Nueva York había amanecido con decenas de muertos, cientos de comercios saqueados y edificios incendiados y miles de detenidos.

¿Qué había cambiado en esos 25 años? Muchas cosas. La ciudad, por un lado, ya no era la misma: expuesta a la oscuridad, la Nueva York de los ’70 –prácticamente quebrada, vaciada por el exilio a los suburbios y azotada por una ola de delincuencia– había elegido tratarse a sí misma como un campo de batalla. En una situación comparable (comparable pero no idéntica, porque las condiciones nunca son idénticas), la Nueva York de 2003, próspera, pacificada y orgullosa, eligió controlar sus peores impulsos y tratarse a sí misma como un jardín urbano, y no como un campo de batalla.

También hubo otro ingrediente. Este espíritu zen y colaborador probablemente habría tenido menos potencia si Al-Qaeda no hubiera clavado dos años antes, el 11 de septiembre de 2001, su penosa daga en el corazón simbólico de la ciudad. En los días posteriores al apagón, diversos comentaristas y expertos dijeron que esta nueva “responsabilidad cívica” de los neoyorquinos, su espíritu de “deber público”, había que agradecerlo, al menos en parte, al “residuo” de los atentados de 2001, que habían encendido en los vecinos una sensación de “vulnerabilidad colectiva” y los había llevado a elegir la cortesía a la bronca, la resignación a la protesta y la generosidad al saqueo. Los atentados, en su brutalidad, habían despertado en los neoyorquinos la sensación de hogar.

El resto está acá, en un PDF muy livianito de cuatrocientos y pico de KB.

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