Autobiografía de Ricardo Caputo | Gatopardo

Gatopardo publicó este mes la nota más larga que escribí en mi vida: algo más de diez mil palabras, o sesenta y pico mil caracteres. Es sobre Ricardo Caputo, un asesino serial argentino que mató a cuatro mujeres en Nueva York y Ciudad de México en los años '70. Empieza así:

Lo primero que me acuerdo de la mañana cuando volvimos a Estados Unidos desde Mendoza, en 1994, es que el abogado nos había mandado una limusina al aeropuerto. Ahí nos subimos, mi hermano Alberto y yo, y fuimos directo a Manhattan, a la oficina de Michael Kennedy, el abogado, donde ya nos esperaban mi mujer, Susana (a la que Kennedy y Alberto habían traído desde Guadalajara), y los productores y técnicos de la cadena ABC, que estaban preparando todo para la entrevista. Yo me sentía nervioso y un poco angustiado porque ya no tenía tantas ganas, como antes, de confesar mis crímenes y entregarme a la policía.

Kennedy, un tipo grandote y conversador que había defendido a Ivana Trump y que era una especie de vocero de los sandinistas nicaragüenses en Estados Unidos, me dijo que no me preocupara, que las preguntas estaban pactadas de antemano. Alberto, que unos años antes se había hecho millonario gracias a un estudio de fotografía que tenía con su mujer —ellos procesaron, por ejemplo, parte del famoso libro Sex, de Madonna—, miraba desde un costado. Después de un rato llegó el periodista, que me saludó cortésmente. Yo tenía puesta una camisa bastante fea —azul y blanca, con anchas rayas verticales— y se me notaban en la cara el cansancio del viaje y la humillación de tener que revelar en público mi pasado espantoso. Se encendieron las luces y empezaron las preguntas, que contesté despacio y en inglés. Una parte del diálogo, emitido esa misma noche en un programa muy popular que se llamaba Primetime Live, salió publicada en el diario Clarín, de Buenos Aires:

—¿Mató usted a Natalie Brown? —me preguntó el periodista, que se llamaba Chris Wallace. 
—Sí, señor —respondí, bajando un poco la cabeza. 
—¿Mató a Judith Becker? 
—Sí, señor. 
—¿Mató a Barbara Taylor? 
—Sí, señor. 
—¿Mató a Laura Gómez? 
—Sí, señor.
—¿Por qué las mató? 
—Creo que fue por mi niñez.
—¿Recuerda el día que mató a Natalie Brown? 
—Sí, me acuerdo que fue un sábado. Agarré un cuchillo, pero no sabía lo que iba a hacer. La oía gritar y la veía borrosamente. Veía líneas blancas, rojas y azules y muchos puntos. Había puntos por todos lados. 
—¿Era consciente de que la estaba acuchillando? 
—No. Sabía que estaba haciendo algo malo, pero no sabía qué estaba haciendo. 
—¿Sabe por qué mató a Judith Becker? 
—No, estaba mentalmente enfermo.
—Hay mucha gente que piensa que usted es un asesino frío. 
—No, señor. ¿Por qué habría de matarlas? ¿Para qué? No tendría sentido. Sólo estando loco podría haber hecho esto. 
—¿Cuál era su nombre cuando estaba con Laura Gómez? 
—Ricardo Martínez. 
—¿Sabía que ella estaba embarazada? 
—No. ¿Estaba embarazada? No…

Cuando terminaron las preguntas, oí los pasos apurados de un grupo de policías acercándose por la escalera y los vi entrar a la sala de reuniones de Kennedy, quien los había llamado y advertido de mi presencia. Me levantaron, me esposaron y me llevaron a la cárcel del condado de Nassau, cerca de Nueva York, donde me estaban investigando por el asesinato de Natalie. Me acuerdo especialmente de aquel día porque aquellos fueron los últimos minutos de mi vida que pasé en libertad, fuera de la cárcel. Fue el día en el que, después de veinte años fugitivo, viviendo vidas más o menos normales con nombres falsos pero con familias verdaderas, decidí entregarme. También fue el día en que los diarios de Nueva York empezaron a llamarme The Lady Killer, por haber "seducido" y asesinado a cuatro mujeres, y en el que, en Argentina, el Clarín empezó a agrupar las notas sobre mí con el cintillo: "El argentino que no podía dejar de matar". Me llamaban "asesino serial", una etiqueta que nunca, nunca reconocí como propia para mí o mis errores. Yo no quería matar. Es más, decidí entregarme porque no podía soportar las pesadillas, las alucinaciones y las voces que me hablaban: la culpa. Como le dije una vez a Kennedy, y él mismo repitió en una de las audiencias: "Prefiero vivir con mi cuerpo encerrado y mi mente libre, antes que con mi mente encerrada y mi cuerpo libre".

El resto, en el sitio de Gatopardo, está acá. ]

1 comment
  1. Rolando López said:

    Hola Hernán: Soy Rolando López de Mendoza, te mandé un mail a tu correo; por si no te llegó te dejo el mío. Es para una consulta.
    rolilopez2000@yahoo.com.ar
    te mando un abrazo y espero que andes bien.