Joaquín Botero | Espíritus libres

La Universidad de Antioquia, de Medellín, publicó hace unos días un libro con perfiles de algunos de sus egresados más famosos. Hay perfiles de Francisco 'Pacho' Maturana ("Odontólogo, 1972"), Fernando Vallejo ("Bachiller Liceo, 1959") y mi amigo Joaquín Botero ("Comunicador Social, 1999"), entre muchísimos otros. La gente de la universidad me pidió hace unos meses que escribiera yo el perfil de Joaquín, que comió conmigo hace un rato y me trajo un ejemplar del libro, intitulado 'Espíritus libres'. El perfil es bastante corto. Acá está–

A principios de los años ‘40, un escritor llamado Joseph Mitchell conoció en las calles de Nueva York a un carismático vagabundo que iba siempre cargado de papeles y decía que estaba escribiendo el libro más largo de la historia. Mitchell se hizo amigo de este curioso personaje, que había estudiado en Harvard, venía de una familia patricia y había elegido voluntariamente vivir en los márgenes de la sociedad. En 1964, publicó un largo perfil sobre él en The New Yorker, llamado “El secreto de Joe Gould”.

A veces, exagerando un poco, pienso que Joaquín Botero –periodista de la Universidad de Antioquia, portador un de emblemático apellido paisa, habitante de los márgenes literarios, geográficos y laborales de Nueva York– es mi Joe Gould. 

Releyendo las decenas de emails que Joaquín me ha enviado en todos estos años, me detengo en éste, de abril de 2007: “Trabajé en el mercado de comida hasta el 24 y desde entonces me he dedicado a lo que tanto soñaba: estar acá leyendo y viendo películas. Duermo seis horas en la noche y durante el día tomo tres siestas”. Creo que el mensaje lo describe perfectamente: el escritor bohemio que elige un trabajo poco calificado a cambio de tener tiempo para escribir, leer libros y ver películas.

Sobre sus años como empleado de Garden of Eden, una cadena de mercados delicatessen, Joaquín escribió El jardín en Chelsea, un libro entrañable, duro y divertido, que tiene su misma voz y su misma honestidad. Antes había escrito (pero lo publicó después) Memorias de un delivery, un conjunto de crónicas locas y arrebatadas sobre su experiencia como repartidor en bicicleta en un restaurante de comida kosher en Manhattan.

En estos años he contado la historia de Joaquín en decenas de fiestas y reuniones, y a todo el mundo le parece fascinante. Cuento que no pudo viajar a Bogotá, en 2008, para la presentación de su propio libro (porque no hubiera podido entrar otra vez a Estados Unidos); o cómo dedica muchos de sus días libres a pagar una entrada y ver en el cine cuatro o cinco películas una detrás de otra; o los periódicos encuentros y desencuentros, eufóricos y desgarradores, con su novia de (casi) toda la vida; o su boda, finalmente, de la cual fui único testigo, y su épica visita a Medellín, hace unos meses, por primera vez después de 13 años.

No conozco a nadie que, después de conocerlo, no sienta cariño por Joaquín, o no se sienta intrigado por este tipo inteligente, irónico y de buenos modales que durante el día corta quesos caros para señoras de barrios altos y por la noche aprovecha sus contactos de prensa en Colombia para ir gratis a todos los festivales de cine de la ciudad. “Es una especie de genio incomprendido”, me dijo una vez un amigo.

Es posible que Joaquín sea un genio, pero también es un tipo testarudo. Cuando me suena el teléfono y veo en la pantalla un número desconocido que empieza con 212 (Manhattan) o 718 (Brooklyn), estoy casi seguro de que es Joaquín, que se niega a tener celular y me llama desde teléfonos públicos siempre distintos. Yo, como si fuera Mitchell, le digo a Joaquín que, si quiere volver al mundo de las personas normales, debería comprarse un celular. Pero él, como si fuera Gould, responde: “Me gusta el silencio. No me gusta la cosa tecnológica todo el tiempo: lo adictiva y anodina que es a veces”.

Creo que algo, sin embargo, está cambiando, y que mi Joe Gould está listo (o casi listo) para salir de su guarida: “Me siento limpio, renovado, sin angustias ni rabias”, me escribió hace poco, después de su viaje a Medellín. “Listo para volver con los quesos y las cosas buenas y malas de NY. Pero también a buscar nuevas oportunidades académicas o laborales".

 

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