Carta desde Nueva York | Clarín

La primera vez que vine a Nueva York fue en enero de 1992, como parte de un intercambio estudiantil que nos permitía, antes de encerrarnos dos meses en escuelas nevadas del Medio Oeste, unos días de turismo y museos en Nueva York y Washington. En Nueva York, donde las chaperonas no nos dejaban salir de noche ni tomarnos el subte, muchos de nosotros, malcriados por infancias en climas templados, usamos gorros y guantes por primera vez en nuestras vidas. Y protestábamos. En algún lugar de nuestras cabecitas enfermas, muchos de estos adolescentes argentinos –entre los que había un hijo de senador peronista y un futuro apertura de Los Pumas– todavía habríamos preferido pasar el verano con amigos o novias o novios en Pinamar o Villa Gesell que con un grupo de contemporáneos desconocidos recorriendo museos y consulados.

En cualquier caso, cuando llegamos a Manhattan nos declaramos rápidamente embobados por la ciudad, nos envolvimos en varias capas de abrigo y salimos a enfrentarnos al frío. Pateamos los escombros negros de la nieve vieja, nos patinamos sobre el hielo traicionero de las veredas y fuimos embestidos por las manadas de turistas foráneos y oficinistas nativos; sólo asomábamos las manos de los bolsillos para fumar o sacarnos fotos con unas camaritas que no servían para casi nada. Volvíamos al hotel bastante temprano, porque en la Nueva York enojada y paranoica de 1992 el consejo habitual para los turistas extranjeros (que nuestras coordinadoras cumplían con énfasis religioso-militar) todavía era: “No salir de noche”.

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