Jonathan Franzen | La Nación

El nuevo ADN Cultura, de La Nación, que desde hoy sale los viernes, lleva una nota mía sobre "Freedom", la nueva novela de Jonathan Franzen, que, como Barack Obama, leí en un fin de semana largo de playa y huracán en la costa de Massachusets. La nota empieza así:

A mediados de agosto, Barack Obama fue a la única librería de Vineyard Haven, la playa de Massachusetts donde estaba pasando parte del verano, compró Matar a un ruiseñor para sus hijas y se llevó de regalo, dos semanas antes de su fecha de lanzamiento, un ejemplar de Freedom , la monumental y desgarradora nueva novela de Jonathan Franzen. La foto de Obama con el ladrillo multicolor bajo el brazo provocó la protesta de los dueños de otras librerías, que aparentemente estaban rechazando clientes que entraban a pedir la novela, diciéndoles que sólo estaría disponible a partir de septiembre. ¿Hordas de lectores contando los días para comprar una novela seria y ambiciosa, de un escritor serio, ambicioso y adorado por la crítica, como si fueran fans de Harry Potter, de Crepúsculo o de la última Playstation? No tanto, pero casi.

La ola de entusiasmo colectivo alrededor de Freedom (Libertad) había empezado un poco antes, cuando la mueca cascarrabias de Franzen apareció en la tapa de la revista Time debajo del título "Gran novelista americano", un juego de palabras con aquel nirvana narrativo (la "Gran novela americana") que durante décadas obsesionó a buena parte de los escritores estadounidenses de posguerra. La revista Time ya no tiene el peso simbólico ni la influencia cultural que tenía veinte años atrás, pero su decisión provocó un sacudón en el mundo literario neoyorquino, especialmente porque hacía más de diez años que la revista no ponía a un escritor en su tapa (el último había sido Stephen King). ¿Qué hace Franzen ahí?, se preguntaban quienes conocían su fama de ermitaño. ¿Y qué significa para la literatura?: ¿es bueno, porque la populariza, o es malo, porque la banaliza? Unos días después llegaron las exultantes críticas de los principales diarios y revistas del país: "Una obra maestra de la narrativa estadounidense", arrancaba la reseña del suplemento de libros del New York Times . La revista Esquire reactivó el mito que volvió locos a Norman Mailer, Saul Bellow y tantos otros. Dijo, sobre Freedom : "Es la Gran novela americana". El más ambicioso fue quizás el crítico de The Guardian : "Es la novela del año. Y del siglo". A partir de septiembre, sin embargo, el éxito de Freedom , que debutó en el número uno de la lista de best-sellers del New York Times , dio paso a otra conversación. La novela, que cuenta la construcción y ruina de un matrimonio de Minnesota desde fines de los años 70 hasta la elección de Obama, empezó a ser valorada no sólo por sus méritos sino también como ejemplo de la capacidad de los novelistas con buenas antenas psicológicas para capturar la imaginación de las sociedades sobre las que escriben.

Y sigue así. Los editores, además, agarraron dos párrafos de la nota original y los convirtieron en un recuadro sobre las referencias a Argentina, que se puede leer acá o, ya que estamos, acá abajo:

La Argentina tiene un cameo corto pero sustancial en Freedom , no muy lejos del final. En uno de los baños de Estancia El Triunfo, un resort-hotel con spa y caballos cerca de Bariloche, Joey Berglund, arrodillado frente al inodoro, encuentra su anillo de casamiento en su excremento y tiene la epifanía moral que lo devolverá mejorado a Washington. Es un momento bien franzeniano, asqueroso y divertido al mismo tiempo. "La civilización aquí se parecía a la civilización en todos lados", dice Joey sobre Buenos Aires, como un piropo. Mucho peor lo va a pasar dos días después en Bariloche, donde compite sexualmente con Félix, un instructor de equitación que habla siempre en castellano y siempre demasiado rápido.

En la entrevista que le dio a Time , Franzen explicó: "Para mí, ahora, hacer algo nuevo no es desarrollar una forma de novela nunca vista en la Tierra". En la Argentina, donde los críticos y escritores tienden a preferir una idea de novela más cercana a la experimentación que a la emoción, Freedom es una novela difícil de explicar. Para César Aira, por ejemplo, lo que hace Franzen ya lo habría hecho Balzac hace 150 años. Para Beatriz Sarlo, Franzen probablemente sería un autor de lo que llama "literatura de calidad", que parece un elogio pero no lo es. En los momentos en que Freedom falla, uno tiene ganas de darles la razón a esas perspectivas: no hay nada más calcificado que una mala novela realista. Pero cuando Freedom funciona (y funciona casi siempre), su lectura genera un placer que hace innecesarias las proyecciones teóricas. Cuando la vieja novela realista es capaz de generar esa chispa de conexión entre lo humano y lo cósmico o lo personal y lo político,se hace difícil desear su desaparición. Porque nos hace sentir un poco más ingenuos y menos cínicos. Nos hace sentir, aunque sea por un rato, menos solos.

 

 

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