Andrés Romero quiere perdonarse

En septiembre de 2008 seguí a Andrés Romero durante uno de los torneos más importantes del PGA Tour, la gira de golf de Estados Unidos. Escribí sobre aquel fin de semana una nota para Brando que al final, por problemas de logística posteriores, no pudo ser publicada Casi dos años después, la publico acá, en exclusiva planetaria. La nota tenía este copete-sumario sugerido:

Andrés Romero será el mejor golfista argentino de la historia cuando aprenda a perdonarse a sí mismo

Habiendo visto el rendimiento del Pigu en 2009 y 2010, creo que la tesis central de la nota se mantiene en pie. El texto empieza así: 

Un jueves de mediados de agosto, poco después del mediodía, Andrés Romero se preparó para su primer tiro en el hoyo 17 de la cancha del Ridgewood Country Club, un larguísimo par 5 con curva a la izquierda. Sus compañeros de salida, el sudafricano Ernie Els y el estadounidense Ben Curtis, ya habían jugado sus tiros igual que la mayoría de sus colegas del torneo: conservadoramente, rectos, hasta justo antes de la curva. El tucumano Romero, de 27 años, rotó los pies un poco a la izquierda y quedó casi de frente al bosque de robles y arces rojos. Tiró su drive por encima de los árboles, con la esperanza de caer del otro lado. No lo logró. La pelota quedó entrampada en una maraña de yuyos y hojas secas varios metros dentro de la maleza.

Después de un tiro semejante, hasta los golfistas más temerarios aprenden la lección y juegan, en el turno siguiente, a poner la pelota en el fairway y a tratar de perder la menor cantidad de golpes posible. Para Romero, en cambio, no había elección posible: quiso salvar el hoyo desde el bosque y volvió a salirle mal, porque la pelota cruzó el fairway, baja y rápida como un misil, y aterrizó del otro lado, al lado de un roble gigante, todavía sin visión directa del hoyo. Els y Curtis, que seguían jugando conservadoramente, habían dejado sus segundos tiros al borde del green. Cien metros detrás de ellos, Romero, vestido con una remera turquesa y un pantalón gris de Adidas, uno de sus patrocinadores, se negaba a darse por vencido: iba y volvía desde la pelota hasta el lugar desde donde podía ver la bandera, buscando el efecto hacia la derecha que le permitiera esquivar el árbol, picar en el fairway y rodar hacia el green.

Se escuchó un Oooohhhhh de admiración desde el grupo que estábamos siguiendo al grupo, en la primera vuelta de The Barclays, uno de los torneos más importantes del año de la gira estadounidense. Romero había clavado la bola en el green y, dos putts después, había conseguido salvar el par del hoyo, el mismo resultado obtenido, siguiendo los manuales, por Els y Curtis. “Esto es Romero en estado puro”, me dijo en ese momento Marcos Virasoro, traductor-jefe de prensa-acompañante de Romero en sus viajes por Estados Unidos, mientras caminábamos al tee del hoyo 18. “Apunta todos los tiros a la bandera. A veces le sale mal, pero, como tiene un talento enorme, casi siempre puede recuperarse rápido”.

En el fin de semana que compartimos en Nueva Jersey, durante su razonable (pero no espectacular) participación en The Barclays, el torneo que abre la serie de cuatro playoffs con que cierra la temporada de golf en Estados Unidos, ésa será una de las sensaciones más indelebles sobre el juego de Romero: para él, cada tiro es el fin del mundo. Su caddie desde hace dos años, Coco Monteros, un tucumano de ojos grandes y sonrisa permanente, ve las ventajas de esta forma de ser: “Con Andrés nunca te aburrís, porque nunca sabés qué va a pasar”. Verlo jugar una vuelta entera es acostumbrarse a las sorpresas: cada tiro puede ser un sablazo al agua o una caricia desde el búnker que pica y muere a un palmo del hoyo.

Romero parece disfrutar su falta de regularidad, probablemente orgulloso de ser un talento natural en un circuito donde abundan los golfistas con swings esculpidos al milímetro con horas y horas de video y entrenadores. Aquella noche comimos en “Papa-Razzi”, un restaurante-cadena de comida italiana en el borde de un enorme centro comercial de Nueva Jersey, casi debajo del cruce de dos autopistas gigantescas. Del otro lado de la mesa, Ángel Cabrera, el Pato, y su caddie comentaban la vuelta del día y cuál era la mejor táctica para el hoyo 17. Romero, que comió penne con pollo y tomó Sprite, dijo, con una carcajada: “¡En el 17 yo la mandé a la jungla!”.

Y sigue así:

En el mundo del golf argentino, muchos creen que el Pigu Romero será en el futuro el mejor golfista argentino de la historia, título que hasta ahora está en manos Roberto De Vicenzo. Tiene el talento y es joven, con lo que todavía le quedan al menos dos décadas para mejorar y conseguir resultados. Ya ganó torneos en Europa y en Estados Unidos y estuvo a dos golpes el año pasado de ganar el Abierto Británico, el torneo más prestigioso del mundo. Jugando así –brillando dos días y hundiéndose otros dos, entrenando menos que la mayoría de sus rivales y tocando poco los palos cuando vuelve a Tucumán a ver sus amigos y su familia– ha llegado fácilmente a ser el 25º del mundo, en apenas dos años de carrera internacional. Fácilmente podrá entonces llegar a ser número 10 o 15, dicen a su alrededor, cuando consiga asentarse y minimizar los efectos de estilo de todo-o-nada.

Romero, como De Vicenzo y casi todos los grandes golfistas argentinos, llegó al golf profesional después de una infancia como caddie y gracias a los aportes de mecenas particulares. Su primer sponsor fue el empresario tucumano Guillermo Cotella, a quien el Pigu le llevó los palos durante años en la cancha del Jockey Club de Yerba Buena, un suburbio acomodado de la capital provincial. (Cotella es el autor del sobrenombre Pigu, pero ya nadie se acuerda de dónde viene.) El fondo de la humilde casa de los Romero –padre changarín, ocho hermanos– daba a la cancha del Jockey. Desde los ocho años, Pigu llevó los palos de los aficionados locales y, los lunes, el único día permitido, jugaba todos los hoyos que podía. “A los 11 o 12 años jugaba muy bien el green, mucho mejor que ahora”, dice Romero. “Ahora lo juego bien, pero la verdad que en ese entonces jugaba muy, pero muy bien el green”.

Como Cabrera y De Vicenzo, Romero también tiene un swing poco académico, aprendido a los golpes y prácticamente sin ayuda. Al Pigu a veces lo asesora su tío, Miguel Romero, y, en los torneos más importantes, contrata a Mariano Bartolomé, un argentino residente en Miami que también ha trabajado con Cabrera. “Me conoce bien”, dice Romero. “No trata de arreglarme el swing sino de corregir lo malo que pueda tener en ese momento. No toca otras cosas”. Esas otras cosas son las que complican la relación de Romero y Cabrera con los entrenadores estadounidenses: los dos tienen swings tan personales y tan llenos de errores que algunos asesores se los quieren cambiar del todo, adaptándolos al modelo perfeccionista de los gringos. Bartolomé, hijo de Norberto Bartolomé, un conocido ex entrenador en Argentina, sabe de dónde vienen y les permite mantener sus imperfecciones.

Esto también le ha permitido a Romero mantener su estilo directo de intentar sacar lo máximo de cada tiro. Un sábado de julio del año pasado, ese agresividad le jugó en contra. Después de una última ronda increíble en el Abierto Británico, con 10 birdies en 16 hoyos, Romero se encontró al tope de la tabla de posiciones y a dos hoyos de ganar el torneo más deseado por los golfistas y un millón y medio de dólares en premios. En el hoyo 17, Romero mandó su primer tiro al pasto alto y el tiro de rescate no funcionó: rebotó en una pared y salió de los límites de la cancha. Perdió tres golpes de ventaja en los últimos dos hoyos y no pudo acceder al desempate. “Lo que pasó ese día me ayudó a madurar. Quizás hasta haya sido algo positivo”, dice Romero, que la semana siguiente ganó el Abierto de Alemania con una autoridad habitualmente reservada a jugadores diez o quince años mayores que él.

* * *

El Barclays se juega en la cancha del Ridgewood Country Club, en medio del continuo suburbano de Nueva Jersey, a alrededor de una hora al noroeste de Nueva York. Dentro del club, aquel mismo jueves por la mañana, el sol ha secado el pasto y hace bastante calor. Cientos de oficinistas y jubilados, vestidos con el uniforme casi obligatorio de chomba-bermudas-zapatillas, avanzan por los hoyos, hablando en voz baja y tomando cerveza.

Seguir a un jugador durante dieciocho hoyos tiene una cadencia particular, que se va haciendo más placentera a medida que avanza el día. Es una enorme pérdida de tiempo, porque la sucesión de golpes a veces se demora hasta el infinito, pero la sensación de caminar tantas horas en silencio –a veces llega el zumbido lejano de la autopista, o el susurro de los que comentamos una jugada– y en contacto con la naturaleza (aunque sea una naturaleza diseñada y manicurada hasta el mínimo detalle) le dan al día una cualidad levemente bucólica, a mitad de camino entre el lirismo naturalista y los auspicios de las multinacionales.

Somos unas cien personas las que hemos decidido esta mañana seguir al trío compuesto por Romero, Els y Curtis. Repetimos setenta veces la misma ceremonia: caminamos hasta donde quedaron las bolas, nos callamos cuando los voluntarios de chomba verde y bermudas marrones nos piden que nos callemos, intentamos ver la bola viajando por el aire –al principio del día la vemos poco; al final, casi siempre–, agachamos la cabeza y volvemos a caminar. Sabremos si el tiro ha sido bueno si los que están doscientos metros más allá rompen en un aplauso. Le pediremos a la bola “¡Baje, baje!”, tratándola de usted, si vemos que el tiro de Romero se está yendo un poco largo, o “¡Vaya, vaya!” si vemos que se está quedando un poco corta.

Cuánta gente sigue a cada grupo depende, por supuesto, de la popularidad de los golfistas y de cómo les esté yendo en el torneo. En un momento, vemos pasar a nuestro lado al grupo de los estadounidenses Bubba Watson, John Rollins y Matt Kuchar, tres jornaleros del tour, avanzando bajo el sol casi en soledad, casi como un grupo de amigos jugando por su cuenta. Cuando juega Tiger Woods, en cambio, las multitudes se tornan difíciles de manejar. Romero jugó una vez con Woods y es una de las experiencias que más recuerda de su carrera. Tiger, lesionado, no está jugando este torneo, y algunos de sus rivales agradecen la tranquilidad generada por su ausencia.

Otra de las sensaciones que genera ver de cerca el juego de los profesionales es el asombro ante la precisión y la consistencia con la que le pegan a la pelota, lo poco que se equivocan en un juego donde es muy fácil equivocarse y donde cada error se paga duramente. Aun los malos tiros son, vistos desde un costado y con perspectiva amateur, bastante razonables. Las pifias que uno ve en una cancha de fútbol o de tenis también existen en el golf, pero ocurren mucho menos a menudo de lo que deberían, teniendo en cuenta que cada swing es una lotería y que en cada golpe el golfista empieza de cero, como si fuera su primera vez.

Más tarde, en el lobby de un Courtyard Hotel, la cadena de categoría intermedia del grupo Marriott, Romero se ha quitado la gorrita de béisbol con la que juega siempre, se ha dado una ducha y ha salido del ascensor hablando por teléfono con Tucumán. Su perra, una rottweiler, acaba de tener cachorritos. Nada parece ponerlo más contento a Romero que las novedades sobre sus perros (tiene cuatro rottweilers en su casa de Yerba Buena). Ha sido un día de buen juego pero de resultados no muy buenos: hizo 72 golpes, uno sobre el par, y está en mitad de tabla; si mañana no tiene un buen día, podría quedarse fuera de competición el fin de semana.

De todas maneras, sonríe. Cuando juega, Romero no habla con nadie y apenas hace gestos que revelen su estado de ánimo. Uno puede saber si un tiro le gustó viendo qué hace después con el palo: si se lo da a Coco, significa que el tiro le gustó; si se lo queda, y lo mueve, golpeando el aire, quiere decir lo contrario. Cuando no juega, en cambio, Romero suele estar de buen humor. Sus compañeros del tour no lo saben, porque es tímido con las personas que no conoce y todavía maneja bastante poco el inglés, por lo que los contactos con Els, Curtis o quienes sean cada día sus compañeros de ronda suelen ser de unas pocas líneas. “Me llevo b
ien con todos”, dice. “Será que hablo poco. Dicen que hacés más amigos cuando hablás poco. Así dicen acá”.

Lo mismo le pasa cuando tiene que hablar con periodistas o en público. Da respuestas cortas y sólo después de un rato se siente cómodo. En privado, fuera de las canchas y sin grabadores cerca, su personalidad cambia: es jodón y sociable, se ríe con frecuencia y le gusta estar rodeado de amigos. Lo que de peor humor lo pone es jugar mal: le cuesta todavía recuperarse de los errores. Le pasará este fin de semana y también dentro de dos semanas, en St. Louis, en la tercera etapa de los playoffs, cuando después de una muy buena primera jornada, juntó el sábado dos bogeys con un cuádruple bogey para terminar 44º, en el par de la cancha. Sentado de espaldas a la puerta del Courtyard, en la mesa de una cafetería casi vacía, cerca de donde el español Sergio García conversa en inglés con dos tipos de aspecto dudoso, el Pigu intenta definir el límite de hasta dónde uno se puede perdonar a sí mismo.

–¿Influye mucho en tu juego estar de mal humor después de un golpe? –le pregunto.
–Sí, lamentablemente influye bastante. A mí me pasó en el torneo de la PGA, que en el hoyo 16 hice ocho. No se me pasaba el mal humor y no se me pasaba. Después, encima, doble bogey en el 18. Pero después metí un putt de lejos para par, después otro putt de lejos para par y ya después volví a estar más tranquilo.

–¿Se puede aprender a tranquilizarse?
–Se aprende, pero el problema es que uno no se sabe perdonar. Un bogey te lo perdonás, un doble bogey te lo perdonás. Pero un cuádruple bogey, como hice yo aquel día, ya es más complicado. Cada vez que vas a pegar un tiro estás escuchando que el cerebro te dice “¡cómo vas a hacer 8!” y estás queriendo recuperar uno o dos golpes de los cuatro perdiste en ese hoyo.

–¿No creés que hay una relación entre esto y el hecho de que forzás cada tiro al máximo?
–No sé, toda la vida jugué así. Puedo jugar como juegan ellos [sus colegas más conservadores], pero no me llama la atención. Hoy estoy donde estoy por jugar como juego. La verdad es que no sé si hay una manera de sacar lo malo y mantener lo bueno. Igual tampoco es que tiro todas a cualquier lado, de vez en cuando también tiro a buena.

Después de decir esto, Romero se ríe, como avergonzado de admitir que el tiro más arriesgado a veces quizás no es el más recomendable. Ésa es una transición que el Pigu deberá navegar en los próximos años. Es cierto que llegó a donde ha llegado gracias a su talento puro, y que es natural confiar en ello para llegar aun más alto. Pero también es cierto que cuando ese talento y esa naturalidad le fallan, cuando el lado oscuro de la espontaneidad lo lleva a jugar cuatro o cinco hoyos malos uno atrás del otro, tiene poco de dónde agarrarse para frenar la hemorragia. Quienes están a su lado creen que el tiempo, tarde o temprano, lo ayudará a serenarse.

El temor es repetir la caída posterior a su fulgurante aparición en el circuito, hace ya casi una década. Cuando tenía 16 años, el Pigu jugó la preclasificación del Abierto del Centro, en Córdoba. Fue por su cuenta, con plata prestada, no lo conocía nadie. Logró entrar al torneo y pasar el corte. Terminó 32º. Unos meses más tarde, pasó la preclasificación del Abierto del Norte, en Tucumán, en la cancha donde había jugado toda su vida. Esperó ansioso la llegada del torneo, en junio de 1998, pero se largó a llover y no paró después de varios días. “Me acuerdo clarita la tormenta”, dice Romero. “Los jugadores no pegaron un tiro, se volvieron todos para sus casas”. El torneo se hizo en agosto y el Pigu jugó como si le fuera la vida en ello. Jugó la última ronda con Eduardo Romero, el Gato (con quien no tiene ninguna relación de parentesco), y el héroe local de Tucumán, César Monasterio. El Pigu no ganó, terminó cuarto, pero todo el mundo dio por seguro que le esperaba una larga vida como profesional de golf. A él le costó un poco acostumbrarse a la idea. “El año siguiente no le di ni bola al golf. Perdí un año, un año y medio”, admite ahora, y sus ojos brillan recordando posibles noches de farra con los amigos. “Lo alcanzaba a Monasterio en el hoyo 11 cuando él iba a practicar. Yo caía a las 11 de la mañana y él ya estaba desde las siete en el club”. ¿Está muy arrepentido? No del todo. “También pasé buenos momentos”, dice. Pasarla bien cuando está en Tucumán es algo que el Pigu no negocia. Este año cumplió 27 durante el Abierto del Norte, pero no se le ocurrió posponer los festejos: el viernes por la noche, antes de la tercera vuelta, hizo una fiesta en su casa para 346 personas (se acuerda de la cifra exacta). Igual ganó el torneo, como ya había hecho en 2003, 2006 y 2007. “Y eso que en Tucumán nunca me acuesto temprano”, se ríe.

Romero por ahora confía en su talento y en tomar las cosas como vienen. Pronto cruzará la barrera de los 6 millones de dólares en premios. ¿Le alcanzará para ser el mejor golfista argentino de la historia? Tiempo tiene. Es una década más joven que Ángel Cabrera, que el año pasado ganó su primer major, el Abierto de Estados Unidos, y empezó antes que Cabrera a competir en el exterior. Eso debería dejarlo en una buena posición para darle al menos una buena década entre los diez mejores del mundo.

El fin de semana que compartimos en Nueva Jersey, sin embargo, no fue muy bueno para él. Después de aquel primer día raro, en el que jugó bien pero igual terminó uno sobre el par, vinieron un viernes y un domingo sólidos, de 68 golpes y pocos errores, envolviendo un sábado fatídico en el que se puso de mal humor después de errar un putt fácil para par en el hoyo 8. La bronca le duró una hora: cuatro bogeys seguidos coronados por un doble bogey en el 12. El desastre del sábado (cerró la ronda con 77 golpes) lo hundió en la tabla y le provocó tener que jugar al día siguiente a las 8.05 de la mañana, el horario reservado para los que vienen últimos. Ese domingo llegué un poco tarde, por una confusión con los trenes, y me perdí buena parte de su recorrido. Cuando al final de la vuelta le pedí disculpas, Romero sacó su vergüenza de golfista: “No es que vos llegaste tarde”, me dijo con una sonrisa. “Es que yo jugué demasiado temprano”.

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