Despedida y abstinencia | Eclipse de Gol

Después de 34 días, terminó ayer mi diario sobre el Mundial en Mediotiempo.com. No las tengo bien contadas, pero creo que suman todas juntas unas cuarenta y cinco mil palabras. Estoy contento de haberme sometido a un esfuerzo así, pero también estoy contento de que haya terminado. Mil quinientas palabras publicables por día son al mismo tiempo un ejercicio buenísimo y una tortura oriental. Espero canalizar un poco de esa energía vacante acá en el blog. Así empieza la última columna:

Después de ver casi todos los partidos solo, mi mujer decidió ayer
finalmente entusiasmarse con el Mundial y sentarse frente a la
televisión para ver el segundo tiempo de la Final entre España y
Holanda. La relación de mi mujer con los deportes es muy peculiar,
porque oscila entre la indiferencia total y el fanatismo más absoluto.
Ayer, después de cuatro semanas de un interés levísimo (me había
consolado cuando perdió Argentina, se había enterado del gol de Donovan
contra Argelia, pero poco más), decidió que hinchaba por Holanda y
treinta segundos después estaba acurrucada en el sofá, nerviosa y
desesperada como el más tenso de los hinchas holandeses.

Cada vez que España mandaba un centro al área de Stekelenburg, por más
inofensivo que pareciera, mi mujer tiritaba de miedo en su lugar. Cuando
Robben quedó solo frente a Casillas, mi mujer encadenó tres grititos de
anticipación y dos grititos de desilusión. Yo, que me tomo esta
ceremonia muy en serio y con bastante poco sentido del humor, había
elegido ver casi todos los partidos del Mundial sin compañía. La miraba
entonces desde un costado sin comprender su flamante fanatismo, pero
recordando que algo similar nos había ocurrido en mayo, durante los
Playoffs de la NBA.

Empezamos viendo a San Antonio, el equipo por el que hincho normalmente
(en buena parte porque ahí juega y es estrella mi compatriota Manu
Ginóbili), pero cuando los Spurs perdieron contra Phoenix, hicimos
fuerza por Phoenix, porque admiro mucho la manera de jugar de Steve Nash
(un tipo muy futbolero que juega al básquet como si Pirlo o Riquelme, o
Pavel Pardo, jugaran al básquet). Y cuando Phoenix perdió la Final de
la Conferencia Oeste contra Los Angeles Lakers, cambiamos de costa e
hicimos fuerza por los Celtics, sin tener razones demasiado fuertes más
allá de que mi mujer vivió casi una década de su vida en los suburbios
de Boston.

Lo sorprendente de esta migración, que yo me tomaba sin demasiada
seriedad (el deporte es más divertido cuando uno hincha por alguien),
era que mi mujer parecía morir un poco con cada derrota del equipo que
habíamos elegido seguir. Y lo mismo le pasó ayer: sus ideas sobre
Holanda eran pocas y difusas, pero en un momento apretó un interruptor
en su cerebro y se convirtió en su aficionada número uno. Media hora más
tarde, durante el tiempo extra pero antes de que terminara el partido,
su cerebro volvió a mover el interruptor hacia el otro lado, porque la
pasó a buscar una amiga y se fue de casa sin importarle el destino de
sus nuevos-amados compatriotas. Una hora después me mandó un mensaje de
texto: "¿Cómo terminó el partido?"

[ El resto está acá. ]

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