Por qué nos gusta el fútbol | QUO

(publicado en el número de mayo de 2010 en la revista mexicana QUO)

Nos gusta el fútbol porque un jueves cualquiera, después de la medianoche, cansados o aburridos, podemos desparramarnos sobre el sillón, prender la televisión y concentrarnos, como si hubiéramos estado esperándolo toda la vida, en un partido de la Liga portuguesa, u holandesa, o en dos enjambres de camisetas que tardamos en distinguir pero finalmente desciframos: los rojos y negros son de Corea del Norte; los amarillos, de Bahrein. Nos gusta el fútbol porque no tardamos más de dos minutos en encontrarle el relato a cualquier partido, en elegir por qué equipo hinchar (¡Vamos Bahrein!), en incorporarnos de golpe, como si nos hubieran electrocutado, cuando un fútbolista del que no sabemos nada da tres pasos hacia adelante y descarga un zapatazo tremendo que hace vibrar el travesaño y se va al córner.

Nos gusta el fútbol porque cuando prendemos el televisor y encontramos un partido, comprendemos enseguida ese ballet de piernas arriba, gruñidos aéreos y agarrones fugaces. Entendemos la sintaxis de cada movimiento: si un jugador aprieta los dientes y se lanza en una carrera hacia la nada, sabemos, un segundo antes, que se lanzará hacia la bola con temeridad –los ojos cerrados, los tapones al cielo– y que recibirá, dentro de treinta segundos, una merecida tarjeta amarilla. Eso nos da placer: nos da placer reconocer que las elecciones de los fútbolistas no son infinitas; que la capacidad de sorpresa, cuando uno entiende la respiración de un partido y ha acomodado su propia respiración a la respiración del partido, sólo es posible dentro de un margen relativamente pequeño de opciones; y que cuando esa sorpresa finalmente ocurre, cuando uno o dos fútbolistas se asocian, espontáneamente, creando belleza y geometría en medio del fango y la desesperación, tiene un valor doble.

También nos gusta el fútbol porque nos permite ser hinchas. En algún lugar remoto de nuestras mentes sabemos que ser hincha es una pasión un poco ridícula, más de niños que de hombres, de cavernícolas que de oficinistas, pero igual disfrutamos de la facilidad y la energía con la que nos dejamos ir. Sentimos la sangre subir hasta el cráneo, la mandíbula batiendo descontrolada y el exabrupto, inesperado, un poco vergonzante pero siempre liberador: “¡Árbitro atorrante!” Nos gusta la sencillez de nuestra pasión por el fútbol, que nos pide poco y nos pide cosas simples. No es como la política, donde las pasiones simples son dañinas y las pasiones complejas dejan de ser pasiones; tampoco es como el arte, donde la pasión es un buen punto de partida pero casi nunca de llegada; mucho menos es el fútbol como la ciencia, donde la duda y el método son más importantes que el color de una camiseta. Nos gusta enamorarnos del fútbol porque es un amor irresponsable, que necesita poco de nosotros –sólo fidelidad y alboroto– y nos necesita sólo una vez por semana.

Nos gusta el fútbol porque es racional, pero también porque es salvaje. Porque tiene reglas claras y sencillas, pero también porque esas reglas claras y sencillas dejan un enorme margen para el caos y la libertad. Cada partido empieza idéntico a todos los demás partidos que ya hemos visto –minuto cero: veintidós flaquitos en pantalones cortos, todos muy serios, distribuidos simétricamente por la cancha–, pero un segundo después, apenas se mueve la bola y se quiebra el orden inicial, es distinto e irrepetible. Como los días de nuestras vidas, que se repiten y se diferencian, acumulándose unos tras otros, con una cadencia hipnótica y agradable. Nos ocurre lo mismo cada vez que nos hundimos en la placenta tibia de un partido: queremos que al mismo tiempo reproduzca la memoria y la tradición del fútbol –su esencia genética, que llevamos incrustada desde chicos en nuestra cabeza y nuestros corazones– y que también sea un talismán del presente, ofreciéndonos un acontecimiento único. El partido que veremos esta noche será malo o bueno, pero será siempre irrepetible, ontológicamente singular; el que no lo vea se perderá, para su propia desgracia, un acontecimiento histórico. Por eso el fútbol nunca nos decepciona: porque aún el 0-0 más aburrido y rocoso, de la liga más irrelevante del mundo, con los jugadores más torpes del planeta, es un partido que –solos, de madrugada, con cerveza o helado, en calzoncillos o en pijama– vale la pena ver.

Nos gusta el fútbol por su belleza, por la brillantez milagrosa de una jugada espontánea –un taco, una pared, una triangulación que ni siquiera nosotros, con la perspectiva de la TV o la altura de la tribuna, habíamos anticipado–, pero también nos gusta por su fealdad, por sus largos minutos de juego espeso, espástico, torpe hasta la indignación. El fútbol es Atenas pero también es Esparta; se hace con artistas y con guerreros, en jardines o en junglas, con compás y con martillo, con curvas perfectas o con horribles autogoles parabólicos. Y nos gusta precisamente porque es ambas cosas; fue hermoso cuando Zidane se enroscó sobre su cadera y sacó aquel misil en la final de la Champions League de 2002; y es conmovedor cada vez que un equipo chico se deja el alma en la cancha, jugando mal, tirando pelotazos a cualquier parte, para ganarle a un rival superior pero antipático y pretencioso. Nos gusta admirar a Messi –contener la respiración cuando arranca sus slaloms imposibles, menear la cabeza cuando (otra vez) logra escapar vivo– y también nos gusta admirar a Puyol, el emocionante defensor central del Barcelona que demuestra cuán lejos se puede llegar en este deporte con mucha voluntad, algo de inteligencia y otro poco de talento.

Nos gusta el fútbol porque es imposible de controlar: ni Messi ni Pelé ni Maradona ni Zidane podrían, si los pusiéramos a prueba, hacer el mismo disparo cinco veces seguidas. Cada tiro es un mundo en sí mismo, como un milagro cósmico, un poco distinto (pero nunca idéntico) al próximo y al anterior. Michael Jordan podría pasarse un día entero lanzando y encestando tiros libres; en el fútbol no hay ningún tiro comparable en el que uno pueda apostar con tanta confianza por la infalibilidad del mejor jugador del mundo. En el fútbol, el mejor del mundo no es tan bueno, porque no juega solo: el mejor necesita del peor, y de los no tan buenos. Y eso, por razones que no alcanzamos a comprender del todo –quizás porque nos gusta sentirnos parte de equipos, porque creemos que los buenos amigos no sólo son talentosos sino también generosos–, también nos gusta.

Nos gusta el fútbol porque nos gusta leerlo como una metáfora de nuestra sociedad, con sus clases sociales –popular, platea, palcos–, sus gestas antiimperialistas –apertura del Mundial de 2002: Francia 0-Senegal 1– y su capacidad para sublimar conflictos que, sin el fútbol, quizás serían más peligrosos. No nos gusta el fútbol cuando excita a los nacionalistas y a sus gritonas declaraciones de amor patrio, que con demasiada frecuencia se afilan hasta transformarse en puñales de xenofobia y chauvinismo. Pero sí nos gusta, porque lo hemos visto y lo hemos calculado, que el apogeo de los Mundiales de Fútbol como espectáculo global, en el último medio siglo, ha coincidido con la reducción al mínimo de las guerras entre países. Por eso decimos: mucha gente se vuelve loca con el fútbol y suelta pavadas que no debería; pero si este coliseo romano es el precio que hay que pagar para canalizar el nacionalismo y la pulsión de guerra hacia una actividad que puede ser alegre o estúpida, pacífica o tormentosa, pero casi siempre inofensiva, entonces no es un precio demasiado alto.

Nos gusta el fútbol también porque nos permite volver a sentirnos varones en un mundo (afortunadamente) cada vez menos machista y donde es cada vez más difícil sacar a pasear nuestro machísimo gorila interior. Nos hemos acostumbrado a vestirnos mejor, a comer sano, a expresar nuestros sentimientos, a tener jefas mujeres, a solucionar los problemas hablando, a controlar nuestro temperamento: a, por decirlo con una expresión popular, ponernos en contacto con nuestro “costado femenino”. Todo esto ha ocurrido, a veces a nuestro pesar, pero en general es bueno que haya ocurrido. El fútbol, entonces, es la válvula de escape que usamos para abandonar nuestros Dr. Jekyll urbanos y correctos y vestirnos, durante dos horas, con nuestros disfraces de Mr. Hyde y recordar cómo éramos –brutos, sucios, borrachos, cabezas huecas– antes de convertirnos en los hámsters domesticados que somos ahora.

Nos gusta el fútbol porque, aun con los cambios producidos en las últimas décadas, y los miles de millones de dólares que vuelan a su alrededor, y los dictadores y sinvergüenzas que intentan usarlo para su provecho político, el fútbol ha mostrado una extraordinaria fortaleza: su esencia, la pelota, como ha dicho el poeta contemporáneo Diego Maradona, “no se mancha”, y eso es algo casi milagroso. Debajo de las capas de publicidad, las estridencias del circo y los tironeos a los se ve sometido cada día por quienes quieren contagiarse un poco de su espíritu indomable, el fútbol se mantiene firme, razonablemente puro, entregado finalmente a lo que quieran los únicos que verdaderamente tienen algo para decir sobre él: los jugadores y los hinchas.

Nos gusta el fútbol, finalmente, porque nos permite conectarnos de formas profundas y misteriosas con nuestros padres y nuestros hijos. Con nuestros padres porque, aunque nunca nos dijeron que nos querían, nos llevaban al estadio y, mientras nos guiaban de la mano entre la multitud, nos daban un momento de intimidad mágica, que compensaba la ausencia de palabras. A nuestros hijos nos gusta decirles que, en muchas cosas, el fútbol es como la vida: que si tenemos un poco de talento y trabajamos en equipo, si detectamos cuáles son nuestras virtudes y entrenamos duro para ser los mejores jugadores posibles, es muy difícil que nos vaya mal en el partido de la vida. Nos gusta decirles que, como juegan el Arsenal y el Barcelona y los demás equipos que nos gustan, lo más importante es ser generoso, inteligente y buen compañero. Que en la vida uno pierde muchos partidos, pero lo importante es no perder de vista el campeonato. Nos gusta decirles, aunque no sepamos si tenemos razón, que en el fútbol, como en la vida, no ganan los malvados, sino los mejores.

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4 comments
  1. Sebas said:

    que lindo, cuanta mágia…

  2. Por qu C3 A9 nos gusta el f C3 BAtbol quo.. Great idea :)

  3. Por qu C3 A9 nos gusta el f C3 BAtbol quo.. Not so bad :)

  4. Por qu C3 A9 nos gusta el f C3 BAtbol quo.. May I repost it? :)