Perón asistió a la fiesta del Autódromo | TP

La semana pasada, antes de volver a Brooklyn, pasé por el sótano de la
casa de mis viejos y rescaté las dos últimas cajas de libros que me
quedaban en Buenos Aires. Me senté frente a la tele durante la previa
del River-Boca y decidí, mientras sacaba los libros de las cajas y
estornudaba por el polvo húmedo que se me metía en la nariz, cuáles
merecían el viaje transcontinental –cuáles merecían, de alguna manera,
seguir siendo parte de mi vida– y cuáles habían envejecido o habían
perdido la chispa que en algún momento habían tenido para mí. No eran
muchos los libros que tenía que revisar ni fueron muchos los que
finalmente decidí meter en la valija. Pero sí me acuerdo que me costó
mucho tomar la decisión sobre Una enciclopedia de datos inútiles y Segunda enciclopedia de datos inútiles,
dos libros de Homero Alsina Thevenet publicados por De la Flor que leí
cuando tenía, creo, 14 y 15 años y que en ese momento me parecieron
apasionantes: hoy, después de Google y la Wikipedia, no sirven de
mucho, pero me acuerdo que aquellos artículos aleatorios sobre cine,
historia, sexo, gramática, la Guerra de los Cien Años, lo que fuera, me
abrieron una puerta a mundos absolutamente desconocidos para mí, y que
mi adolescente cerebro de periodista (desde chiquito me gustaba saber
un poco de todo y mucho de nada) los disfrutó muchísimo. Tanto que
durante años seguí entrando a La Boutique del Libro de San Isidro, a la vuelta del colegio, para ver si Alsina Thevenet (que murió en 2005 y ahora está siendo rescatado por unas obras completas aparentemente interminables)
había publicado la tercera enciclopedia, como si fuera una cosa anual o
bianual. Me acuerdo que me gustaba, a los 14 años, caminar por la calle
o por el colegio con el libro y que la gente o mis parientes me
preguntaran, con una condescendencia un poco patética, que los hacía
sentirse muy inteligentes, para qué quería yo una enciclopedia de datos
inútiles. A mí, lejos de ofenderme, estos comentarios me hacían sentir
una conexión con Alsina Thevenet, del que no conocía nada de nada, ni
siquiera sabía que era crítico de cine, y con una comunidad hipotética
de lectores de la que tampoco conocía nada pero sabía que en algún lado
tenía que existir: todos ellos y yo sabíamos que el título de aquellos
dos libros era un chiste y que nada de lo que uno lee es inútil ni tampoco demasiado útil.

[ El resto, acá. ]

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