Hernanii, en Rusia y sin Navidad | TP

La única persona que me dijo “Feliz Navidad” este año fue Igor, con acento en la o,
el portero del hotel de San Petersburgo donde pasamos unos días la
semana pasada. Nadie más. En San Petersburgo, el 25 de diciembre fue un
día como cualquier otro de invierno –dos agradables grados bajo cero,
algodoncitos tenues cayendo lento desde el cielo, hielo negro y barro
eterno en las veredas–, con todos los negocios abiertos, las rutinas
inalteradas y el piloto automático de la vida cotidiana incrustado en
las caras de los nativos. Nadie parecía demasiado al tanto de que medio
planeta, empezando en Helsinki, a un par de horas en tren hacia el
oeste, estaba casi detenido, celebrando algo que ya nadie sabe bien de
qué se trata pero que no por eso lo hace menos agradable o inevitable.

Estoy
en Moscú, visitando a la familia de mi mujer. La Navidad es acá todavía
un idea a prueba, recuperada hace quince años después de más de setenta
años prohibida. Y donde además, por culpa del calendario juliano aún
preferido por la Iglesia Ortodoxa, se festeja el 7 de enero. (Toda
Rusia usó el calendario juliano hasta 1918. De hecho, la famosa
Revolución de Octubre fue en noviembre.)
Como para el 7 de enero ya vamos a estar de vuelta en Brooklyn, este
será para mí un fin de año sin Navidad. No creo haberla extrañado.

* * *

La gente me pregunta cómo está mi ruso. Yo les digo nimnoshka,
un poquito, y después intentamos hablar en inglés. Entiendo un poco y
puedo tener conversaciones cortas, pero a esta altura de mi matrimonio
debería hablarlo mucho mejor. A principio de año me esforcé bastante
por aprender y progresé mucho. Después perdí un poco el entusiasmo,
algo de lo que me arrepiento, porque podría estar estas dos semanas
comunicándome mejor con mi familia política.

Lo que sí leo
bastante bien es el alfabeto ruso. Con eso me distraigo en los viajes
en auto, mientras los otros hablan de otras cosas. Yo miro por la
ventana, mientras nos movemos despacio por el tráfico infame de la
ciudad, y voy letra por letra, concentrándome, hasta descubrir pequeñas
gemas de la transliteración. Leo, en neón rojo sobre un fondo de madera
oscura, la “С”, la ese; a su lado, la “У”, casi igual a la “u”
castellana; después, la “Ш”, hermosa, una especie de “sh” inglesa; y
para ese momento ya me estoy dando cuenta, cuando pongo el primer ojo
sobre la “И”, la “i”, de que esa falsa cabaña a la que se entra por una
escalerita hacia abajo es un restaurant de “Суши”, o sushi.

Los
rusos pasan todo a su alfabeto tal como suena. El “business center” del
hotel se llama, en letras rusas, “bisnes center”. El viernes
caminábamos con Irina y una de sus amigas del colegio por Arbat –la
vieja peatonal comercial que durante décadas fue un páramo y ahora,
aunque a medias, ha renacido– y yo paraba, con el reflejo de dos
décadas haciendo lo mismo, en cada puesto de libros usados. Los
puestitos eran parecidos a los de Buenos Aires, Nueva York o Madrid,
pero los libros, obviamente, eran distintos e indescifrables, como
escritos en clave por espías de la KGB. Lo
único divertido para mí era leer los nombres de algunos autores, letra
por letra, hasta que cayera la ficha. Ver, por ejemplo:

Шекспир

Y darme cuenta, de a poquito, de “Yécspir”. O Shakespeare. García Lorca era más literal:

Гарсиа Лорка

Y
así hasta el infinito. Cada palabra occidental transliterada al ruso
aún me genera una pequeña risita, pero con los días el efecto va
perdiendo fuerza. Las que son letra por letra, como “Интернет”,
Internet, ya me parecen un embole. Las divertidas son, como en la tapa
de la GQ rusa:

Хью Джакман

Jiu Dshakman. O Hugh Jackman. El jiu
me parece un obra de arte: la jota suave, la “Х”; y la “Ю”, o “iu”, una
letra hermosa, con forma de astronauta; separadas por la “ь”, que no es
una letra sino un modificador inteligentísimo que obliga a parar la
pelota, ablandar la lengua y pronunciar ambas letras como se merecen.
Sin la “ь”, el nombre de Jackman sonaría más como “Ju”.

[ sigue acá. ]

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