Hernanii, desde la línea de fondo | TP

Hace veinte años jugaba mucho al tenis y cuando me aburría en las
fiestas familiares, porque no me interesaba la conversación o porque ya
había escuchado esa misma conversación mil veces, imaginaba en mi
cabeza puntos heroicos de mis cabalgatas sobre el polvo de ladrillo:
iba de un lado a otro de la cancha, patinando hacia los flejes,
devolviendo bombazos imposibles y definiendo el punto con un drop
abierto que cruzaba la red apenas y después se hundía casi sin picar.
Cuando terminé el colegio dejé de jugar al tenis, por lo que mis
desvaríos tenísticos fueron reemplazados –en reuniones familiares o de
trabajo, en viajes en tren sin libro o madrugadas en boliches ya sin
destino posible de levante– por ejercicios futbolísticos, casi siempre
tiros libres: de zurda, la única pierna que manejo decentemente, por
encima de la barrera, con la pelota primero inflándose, como tomando
impulso, y después finalmente agarrando el efecto en medio del aire y
acelerando con furia hacia el ángulo del palo lejos del arquero; o al
palo del arquero, precisamente, uno de los tiros libres más
subvalorados por la intelligentzia del fútbol, que adora los
tiros libres por encima de la barrera pero cree prosaicos o
utilitaristas los tiros libres al palo del arquero. (El tiro libre al
palo del arquero es una batalla mental con el arquero: yo creo que él
cree que yo creo que voy a pegarle por encima de la barrera. Gana quien
acierta el intervalo de la dialéctica.) También me imaginaba dando
asistencias o rebotando paredes imposibles: frenar la pelota contra el
pie un segundo de más, como para que los defensores adviertan la
demora, pierdan tensión y vengan hacia mí; saben que soy lento, y que
podrán quitarme la bola sin problemas; es en ese momento de mis sueños
de vigilia cuando, con el empeine o con el taco, le doy un cortito
latigazo a la pelota, que sale rápida, zumbando cerca de los tobillos
rivales, pero frena enseguida, exhausta pero divertida, justo frente al
compañero que había visto salir corriendo cuando los demás estaban
frenando. El sueño terminaba ahí; no me interesaba ver el gol ni
festejar abrazado contra el corner ni recibir el reconocimiento de mi
compañero por la pelota que le acababa de dar. Lo mío, en sueños y en
el fútbol de la vida real, siempre ha sido la asistencia; meto pocos
goles, recupero pocas pelotas y corro la mitad de lo que debería; pero
tengo un gen geométrico-futbolístico que me señala pases al vacío como
si estuviera viendo la cancha para por televisión. En los últimos años,
la simulación de la lentitud se ha convertido en lentitud, y los
defensores caen menos en la trampa. Pero en sueños todavía estoy en
buena forma, y me gusta recibir la bola, que viene rápida, patinando
sobre el pasto sintético mojado de alguna cancha de Brooklyn,
deflactarla apenas con el empeine derecho, soltar la cadera como si
estuviéramos a punto de hacer el pase, y en el movimiento siguiente,
casi como si estuviéramos dando un paso, ordenarle a la pelota que se
dirija hacia aquel hueco, detrás de ese defensor central alto y
patilargo, que no sabe bien dónde está parado y justo delante de Tony,
nuestro compañero turco, rápido y atolondrado, que llegará a la pelota
a toda velocidad, como hace todas las cosas, y le pegará al arco, sin
pararla ni nada, y errará el tiro por cuatro o cinco metros.

[ El resto, acá. ]

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