Hernanii, a la selección | TP

Grondona, como Kirchner, tomó la decisión en un departamento nuevo de Puerto Madero y rodeado de pingüinos – sus hijos
–, sin atención para comisiones o instituciones. La fase actual del
kirchnerismo, la menos robusta o asentada desde 2003, ha contagiado su
volatilidad a Julio Grondona, un tipo que había hecho de la estabilidad
todo pasa – un mantra. Ahora, cuando no parecía necesitarlo, Grondona ha apostado fuerte: Diego es un huracán.

Mucho
más, sin embargo, apuesta Maradona, que ha decidido poner en juego un
activo más solemne: el amor del pueblo. Los argentinos hemos jurado, en
estas últimas dos décadas, que estábamos dispuestos a todo por Diego,
ese ángel que nos había dado tantas alegrías. Pero lo decíamos a medias: a Diego lo queríamos, lo adorábamos,
pero no nos lo tomábamos demasiado en serio. Quizás por la merca,
quizás por su inestabilidad general. Diego sabía esto: siempre se
sintió en inferioridad de condiciones, subestimado, tratado como el
payaso del cumpleaños. Diego era siempre bienvenido para festejar pero
se quedaba afuera de las conversaciones entre gente grande. Diegooo,
Diegooo, le cantábamos, le frotábamos el afro. Diego, sos un fenómeno,
decíamos todos. Pero no dirijas nuestros equipos. No es lo tuyo. ¿Para
qué querés dirigir, si ahí estás tan bien, con Cóppola y los gatos?
¡Diego capo!

Todo esto ponía probablemente de los nervios a
Maradona, que siempre se consideró no sólo un talentoso sino un tipo
que entiende mucho de fútbol. Algo que, por ejemplo, nunca intentaron
el Burrito Ortega o el Pájaro Caniggia o, en el futuro, Leo Messi.
Estos otros saben que son o han sido intuitivos, feroces e
irracionales. Diego, en cambio, decía que había geometría detrás de
cada jugada suya. Siempre presumió de saber mucho de fútbol, pero nunca
le hicimos mucho caso. Lo tratamos, como a Charly García, como a un
pibito adorable pero inservible. Se cansó Diego y esta vez hizo lobby
como nunca para quedarse con el cargo. Tan podrido estaba que prefiere
poner en juego todo ese amor declarativo, toda la simbología
patriotística reciente –Diego como el Che post-violencia, Diego como
otra Evita sacrificada–, para bajar a tierra y ganarse el amor real,
que es la confianza, al frente de la selección. Y no hay manera más
rápida de perder el amor y el prestigio que como técnico de la
selección argentina: en el próximo año, Diego deberá bajar de su Olimpo
actual al barro de las conferencias de prensa, los titulares
insufribles –“La selección ganó, pero no convenció”– y esos malditos 90
minutos sobre la raya de cal donde no alcanza con ser hincha y revolear
el buzo dando saltitos. Me lo imagino vistiéndose bien, con saco y
camisa, cruzado de brazos frente al banco de suplentes, sin hacer mucho
quilombo, tomándose el trabajo de entrenador muy en serio. Incluso
sobreactuando su seriedad, asumiendo con todos los tics y las jergas el
papel de “técnico serio”.

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  1. Me lo imagino vistiéndose bien, con saco y camisa, cruzado de brazos frente al banco de suplentes, sin hacer mucho quilombo, tomándose el trabajo de entrenador muy en serio. Incluso sobreactuando su seriedad, asumiendo con todos los tics y las jergas el papel de “técnico serio”…