El peronismo basilista | TP

Hace poco más de un año, Alfio Basile y Cristina Kirchner estaban en
sus mejores momentos de popularidad. Uno era el entrenador de un equipo
que había ganado, en la Copa América, cinco partidos seguidos, algunos
por goleada y otros jugando muy bien, como la semifinal 3-0 contra
México. La selección, con su juego vistoso y cercano al paladar
rioplatense –los lugares comunes no son míos–, había enamorado al
público, que batía récords de audiencia para ver a Riquelme, Messi y
sus compañeros. En los días anteriores a la final con Brasil, el
péndulo ideológico parecía haberse movido hacia el lado de Basile y los
defensores de ese vago conjunto de ideas conocido como la nuestra,
según el cual la fuerza predominante en un partido de fútbol no son los
sistemas tácticos o los entrenadores sino el talento y la viveza de los
futbolistas. Basile y su gente –notoriamente, el periodista Horacio
Pagani– podían quitarse de encima a sus críticos fácilmente, como a
mosquitos, acusándolos de estar ideologizados o prejuiciosamente en su
contra. El 0-3 contra Brasil, y la explicación de Basile de que
Argentina había perdido porque sus jugadores habían tenido un mal día,
fueron las primeras grietas en un esquema de pensamiento que en los
últimos dos o tres años había sido mayoritario.

Al mismo
tiempo, Cristina Kirchner estaba a punto de recibir de su marido una
situación política y económica mejor que la del 99% de los presidentes
entrantes: tropas políticas y números económicos obedientes, una
campaña electoral de baja intensidad, sólo unas pocas nubes –inflación,
Moreno– en el pronóstico, todas manejables. A los críticos podía
quitárselos de encima igual que Basile: acusándolos de ser de la
contra. Pero ni siquiera hacía falta. Aunque había ruido en el ambiente
–columnistas y políticos protestaban y se quejaban–, nadie le hacía
mucho caso. Hasta marzo, el kirchnerismo, como piloto automático a
cargo de dirigir un país, parecía invulnerable.

Ambos, Basile
y Kirchner, estaban orgullosos de cosas parecidas: de no hacerle caso a
nadie, de despreciar las opiniones o las modas intelectuales del
Hemisferio Norte, de sentirse en sintonía con la manera argentina de
hacer las cosas. No les duró mucho la sensación de invencibilidad.
Entre marzo y julio, Cristina bajó a tierra para negociar con los
dirigentes de las cámaras agrícolas, arremangándose en tareas que hasta
poco antes había tenido la esperanza de evitar. Su popularidad bajó a
niveles normales o subnormales. Había llegado la hora de hacer política.

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1 comment
  1. Majo said:

    Donde dice invencibilidad leí imbecilidad. Fue involuntario, pero qué bueno seria que algunos tuviesen por un rato esa sensación y corrigieran a tiempo.
    Y la popularidad de Cristina, segun el termómetro de la calle y no de TN bajó mucho, mucho.Al limite de la subnormalidad, que no sé cual es