TP y Obama | Brando

Después de tres meses de silencio, vuelvo, pero con más ánimo de contador o actuario que el de posteador genuino. Vengo aquí a dejar constancia, como hacía antes, de mis participaciones en Los Trabajos Prácticos, que, al contrario que este blog, ha logrado resucitar. Volvimos hace dos semanas y por ahora llevo escrito dos dailies. El primero empieza así:

Cómo seguir después de esto, ¿no? Qué nervios. Porque tenemos ganas de
vaciarnos, de apretar los ojitos y gritar todo eso tan interesante y
profundo que tenemos guardado desde hace dos años. Elegimos, sin
embargo, contenernos, como si viajáramos barranca abajo en bicicleta;
apretamos los frenos con la esperanza de tener razón y de que allá
abajo estén las chicas lindas con canastas de frutas y sonrisas como
medialunas que nos habían prometido. No nos desangraremos; haremos todo
midiendo cada paso, calculadamente. Preferiremos uno largo que uno
intenso.

Y sigue así, acá. Esta semana, sacudidas ya las ambiciones y las grandilocuencias del debut, seguimos de esta manera, con este primer párrafo:

El sábado me regalaron un CD con una hora y media de canciones latinas
de los años ’90. El domingo, cuando me puse a escucharlas, mi cerebro
me recordó enseguida qué poco me gustaban aquellas canciones en su
momento, hace 15 años, cuando de golpe las fiestas y los bares se
convirtieron en eventos tecno-tropicales que los porteños, animales de
clima templado, bienintencionados pero torpes, maltratados por la
evolución del homo sapiens en la flexibilidad de nuestras caderas,
bailábamos más o menos pero intentábamos absorber hasta el fondo su
espíritu “divertido”, ese gran imperativo social que va y viene pero
que a mediados de los ’90 estaba en su pico máximo: la diversión era la
única emoción posible. Otra vez hablo en primera persona del plural, y
no debería, porque yo no bailaba nada, nunca. Ninguna de estas
canciones.

El daily sigue acá.

Aprovecho también para poner un link a la nota-ensayo que escribí el mes pasado sobre el candidato demócrata a la presidencia de EE.UU., Barack Obama, y que fue publicado en la tapa de la revista Brando, de Buenos Aires. Primeros dos párrafos:

En septiembre de 1960, dos meses antes de ganar las elecciones, John F. Kennedy dio un famoso discurso en Houston, en el que prometió a los estadounidenses que su catolicismo no interferiría en su trabajo como presidente. “Cualquiera que sea su religión privada –dijo Kennedy–, para un funcionario público nada debe ser más importante que la Constitución.” Fue un discurso fundamental para el candidato demócrata, porque le permitió controlar el temor –muy extendido entre los pastores protestantes que lo escuchaban aquella noche en un teatro del centro de Houston y en buena parte del país– de que, si ganaba, Kennedy iba a obedecer más al papa Juan XXIII que a la Constitución del país. (El anterior candidato católico, hacía ya treinta años, había perdido las elecciones por afano después de que los diarios mostraran una foto autografiada del papa Pío XI.) El discurso de Kennedy, sincero, sereno y sensato –no escondió su religión: tan sólo prometió que no afectaría sus decisiones en la Casa Blanca–, está considerado hoy como un hito de su campaña, fundamental para su victoria posterior.

En marzo de este año, en la mitad del proceso de las primarias demócratas, Barack Obama dio otro discurso famoso, en el que también prometió a los estadounidenses que una parte de sí mismo no influiría en el resto de su trabajo como presidente. Obama habló en una sala llena de banderas estadounidenses en Filadelfia, la cuna de la Constitución, y habló sobre las relaciones entre blancos y negros como ningún otro candidato o presidente lo había hecho nunca. Su discurso fue sincero, sensato y emocionante: les dijo a los estadounidenses que era el momento de estar cada vez más unidos, sin prestar atención a las diferencias de color, pero también les recordó a los votantes blancos que la bronca de algunos dirigentes negros –la ocasión era rechazar los encendidos discursos del pastor de su iglesia– estaba asentada en siglos de discriminación y esclavitud. También fue un hito de su campaña, y lo colocó en el panteón de los grandes oradores de la historia de Estados Unidos: Abraham Lincoln, Kennedy, Martin Luther King Jr. El país se detuvo, y durante días no pudo hablar de otra cosa: acostumbrados como estaban a las campañas políticas basadas en soundbites –frases cortas y punzantes, más cerca del eslogan que del argumento–, los norteamericanos no podían creer que un político, un candidato a presidente, dedicara cuarenta minutos a desarrollar y completar un razonamiento –brillante, emotivo– en televisión en directo.

El resto, acá (pdf). Cuando tenga novedades, vuelvo. Espero que sea pronto.

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1 comment
  1. hugo said:

    bueno loco al fin!!!
    bienvenido a tu blog !!