Fútbol en Brooklyn

Llevo un par de meses jugando al fútbol, o intentándolo, en la cancha de básquet del gimnasio que está a la vuelta de casa. Al principio no quería ir, porque el programa del gimnasio (pdf) dice que los lunes, después de las 7:30pm, es "Co-Ed Soccer Night (Pick up games)". Co-Ed quiere decir mixto. Como soy argentino, y los argentinos tenemos reglas muy claras para estas cosas, supuse que nunca iba a jugar. Un par de noches, sin embargo, espiándolos desde el piso de arriba, transpirando en la máquina elíptica, riéndome-ahogándome con algún episodio viejo de Seinfeld en la pantallita de mi trotadora, vi que había solamente una mujer, y que además jugaba bastante bien. Dejé el automatismo rioplatense y me presenté el lunes siguiente, con mis Topper verdes descoloridas y una remera gris con agujeros, como para diferenciarme lo más posible de los gringos *brutos* que tenían botines nuevos y camisetas del Manchester United (¡o de Boca!) pero jugaban pésimo.

Descubrí rápido que no eran ni tan gringos ni jugaban tan pésimo. El parquet de madera lustrada, poco habitual en las canchas porteñas, y la pelota bien inflada, patinosa como una bola de bowling, conspiraban contra mi pausa y mi toque de primera, las dos únicas cualidades futbolísticas que, a estad edad y con este cuerpo, todavía puedo ofrecer. Como además los muchachos juegan con las paredes, lo que provoca jugadas eternas y alocadas de varios minutos sin interrupciones, en aquellos primeros partidos me sentía como un tenista argentino en Wimbledon: viéndola pasar en una superficie que no se acomodaba a mis deseos de lentitud.

Más me molestaba el sistema de juego. Dos equipos de cinco, con arcos grandes pero sin arquero, para acelerar la rotación, y los partidos a un gol. Había veces que a algún distraído le pasaba la bola por abajo de la suela y el partido duraba cinco segundos. Lo peor no es era sino la conformación de los equipos: algunas noches somos 17; otras, 23; otras, 19. Si hay dos tipos esperando para jugar, no se suman a alguno de los equipos ya armados, sino que rompen algunos de los que acaban de perder y se llevan a los tres que les faltan. Cuando somos 17, la aritmética es fácil; cuando somos 26, como anoche, la cosa se complica, porque uno ya no sabe cuándo le toca jugar. Ayer, por ejemplo, después de cada gol, salían al trote siete u ocho tipos hasta la cancha y empezaban a mirarse unos a otros, con las manos en las caderas, hasta que los más débiles de carácter pegaban la pera contra el cuello y se volvían al banco de suplentes. Yo generalmente soy uno de ellos, en parte porque soy débil y en parte porque considero que mi deber es preservar el grupo y mejorar nuestra experiencia futbolística. Es por eso que el otro día le presenté mis ideas a Marcello, un treintañero italiano bajito y bonachón que parecía tener cierto ascendente sobre los demás y me había dicho que llevaba más de un año viniendo los lunes.

"Marcello", le dije hace dos semanas, después de haber jugado y perdido juntos, mientras tomábamos agua. "Esto es un quilombo. Uno nunca sabe cuándo le toca jugar. Además, los equipos se desarman todo el tiempo. No es nada competitivo. Hay muchos pibes que no les importa perder o ganar, que no ponen ganas, y yo creo que es porque no se sienten parte de un equipo. ¿Por qué no hacemos tres o cuatro equipos semi-fijos cada noche y los que se van sumando entran como suplentes de esos equipos? Creo que eso le daría más seriedad, partidos más chivos, algo más divertido". (No dije quilombo: dije mess.)

Marcello miró para abajo, hizo una cosa rara con los labios y me contestó: "No, no sé. A mí me parece que está bien. Acá venimos a conocer gente, a hacer amigos. Si se hace un poco competitivo, después la gente empieza a pelearse. ¿Para qué cambiar? Así está bien."

Así no está bien, pensé yo, pero no dije nada más. Me quedé pensando en si esta insistencia mía por darle tensión competitiva a los partidos tenía que ver con el hecho de ser argentino. A los argentinos no nos excitan mucho los esquemas colaborativos: son las tensiones las que nos encienden y sacan los mejor, y a veces lo peor, de nosotros. En la piletita tibia del consenso, organizamos carreras a ver quién llega primero a la orilla. También como futbolistas amateurs: estamos acostumbrados a partidos buenos: cualquier decena de porteños, por más pataduras que sean, jugan cinco contra cinco una hora entera a cara de perro, con espesor táctico y llevando la cuenta de los goles. Hacer cambios en los equipos, aun en los partidos desiguales, es horrible; jugar cuatro contra cinco, cuando algún falluto no llega a tiempo, es una tragedia; y aceptar que alguien juegue en jeans o alpargatas, como se presentó ayer un jamaiquino simpático y gambeteador, absolutamente impensable. En enero empieza un torneo al que me invitaron otros amigos: no veo la hora de que empiece. Llevo demasiado tiempo sin insultar a un árbitro.

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4 comments
  1. Juan Pablo said:

    Me alegra Hernan que no te hayas retirado de las canchas!

  2. Catire said:

    Es tal cual la descripción. En Barcelona reservamos cancha todos los miercoles a las 21hs. 50% agentinos – 50% franco/catalanes. Primer partido empezaron los roces entre argentinos de equipos contrarios (fue como volver vivir). Después vino un roce con un francesito que jugaba con antejos (si anteojos), cosa que ya me dio bronca (por la falta de sacrificio que supondria que el tipo juege con anteojos). A partir de ahi cada roce (digo roce y no foul) los fraco/catalanes se quedaban parados a las putedas: “Oshhtia que ha sido ful tio”. “Andá a cagar o a jugar al tenis. Como queres que te saque la pelota pidiendote permiso???”.
    Conclusión: El miércoles siguiente y los sucesivos fuimos siempre argentinos.
    Supongo que los raros somos nosotros. No se.
    Abrazo.

  3. Juan said:

    Adhiero al comentario de Catire, también juego en una liga amateur de futbol 5 en barcelona, en un equipo 90% argentino vs equipos 100% catalanes
    para empezar somos los unicos que le hablamos al arbitro y le discutimos todos los fallos, esten bien o no :)
    somos los unicos que nos puteamos entre nosotros del tipo “pero pelotudo, no me viste solo? pasala, forro” vs el “a por todas, juanki!” de los españoles
    es divertido ver la cara de los españoles cuando nos puteamos, vamos primeros y creo que somos el equipo con mas amarillas (y en argentina tendriamos el premio fair play)

  4. mauro29 said:

    Si estuvieras en BA con esos conceptos seguramente formarías parte de LFL (http://loonesfutbol.blogspot.com/), donde las reglas de convocatoria y asistencia son claras y severamente sancionadas en caso de no respetarlas.
    Saludos.