Una extraña variante de restaurante étnico en Nueva York son los restaurantes mexicanos regenteados por chinos: son unos pasillos finitos de azulejos blancos, encandilados por el neón del techo, con fotos desteñidas de tacos moribundos en una pared cerca del techo. Parecen el comedor de una morgue y casi nunca hay nadie. No sé si son muchos, pero había uno a la vuelta de nuestro departamento en Christopher Street, en Manhattan, y hay otro acá a la vuelta, sobre Court Street, con el malísimo nombre de "The Fres Co. Tortilla".

Anoche volvíamos a casa sin mucho hambre, crepitando sobre la nieve recién caída —la primera del año, lavada poco después por la lluvia de la madrugada—, y le pedí a I. parar ahí, por primera vez en los casi dos años que llevamos en Brooklyn. Todo era muy barato: un dólar los tacos, tres las quesadillas. Dos dólares los Jarritos de mandarina. Era muy sospechoso ver a los dos chinos del fondo, afanados y saltarines, lidiando con las quesadillas y los burritos. Me da más confianza la quietud paquiderma de los cocineros mexicanos. La china de la caja, bajita y malhumorada, gritaba consigna para sus esclavos-primos del fondo. No se entendía nada de lo que decía salvo las palabras clave: "¡Chon huei hi mei TACO choi!", "¡BURRITO mei gun chei pai!"

Mientras la oía dar sus órdenes, me acordaba de los relatores de la televisión árabe, a los que escucho a veces cuando veo partidos de la Liga española por Internet: "¡Jramdi jramdi arresjoi bulum AGÜERO!, ¡Birrijaia birrijaia AGÜERO! ¡AGÜEROOOOOO!"

Una palabra me puso a pensar en posibles declinaciones de los chinos al final de las palabras, como los rusos de ahora o los romanos antiguos: "¡Guacamo-na!", gritaba la china. "¡GUACAMO-NA!" Las quesadillas y los tacos, que comimos en casa viendo Trust the Man, una película floja pero por encima de las mínimas expectativas de una noche de domingo de invierno, estaban buenísimos.

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