Las enfermeras eran todas de nacionalidades distintas. Maggie, nacida en EE.UU. de padre ecuatoriano y madre irlandesa, tenía mandíbula de boxeadora, pelo mostaza y todo el espíritu de la vieja escuela. Hoy, muchas enfermeras, especialmente las filipinas, que están por todos lados, se sienten parte de la gran industria de la atención al cliente: te miman, te tratan bien, hecen lo que les pedís. Maggie no. Una mañana me vinieron a buscar para hacerme un ecocardiograma y yo, con el desayuno a mitad de camino, pedí cinco minutos. Treinta segundos más tarde entró Maggie, me agarró del brazo, me sentó en la camilla y dio luz verde para que me saquen. Cuando volví, el desayuno ya no estaba. El último día le dije a Maggie: "El otro día jugaron, acá en Jersey, Ecuador e Irlanda al fútbol". No me contestó nada, apenas un gesto que quiso ser de sarcasmo pero fue más bien la revelación de que el tema no le hacía gracia. Insistí (me parecía divertido: Irlanda, Ecuador, Irlanda-Ecuador, ¿no debía ir sí o sí  ella a la cancha en un partido así?). Contestó sin mirarme: "No, no, no sé el resultado. Pero sí que debe haber sido un partido interesante para mirar. Muy interesante. Se deben haber dado con todo esos dos".

Esperando para el ecocardiograma, el último día de internación, me estacionaron la camilla al lado de la de un raro viejito que no hablaba ni se quejaba. Al rato, de la nada, me contó en castellano que se llamaba Francisco Cruz, que era de Puerto Rico, que tenía 82 años y que no tenía idea de por qué estaba ahí. Tres horas antes, estando solo en la casa de su hija en Queens, había venido la ambulancia y se lo había llevado. Tenía pasaje para volver a San Juan al día siguiente. Cuando salí del estudio, Cruz ya no estaba allí. Cuando pregunté por él, me dijeron: "Lo llevaron a otra área. Estaba aquí por error".

Ya casi no tengo fiebre. Diría que ya me siento bien, si no fuera porque cada día me siento mejor. El sábado para mí fue un muy buen día —leí el diario sentado en una silla, recibí amigos en un patio de luz natural que teníamos cerca—, pese a que, en sentido estricto, me sentía mal y estaba débil. Lo que te pone de buen humor es la narración de ir mejorando. Me gusta convalecer. (Y me parece un verbo muy literario: varios famosos convalecientes han
escrito grandes vólumenes en hotelitos de la campiña europea,
recuperándose de sus tifus y sus fiebres.) Recuerdo con tibieza las semanas que pasé en casa después de la primera operación, en 1984, sin ir al colegio. Me gustaba la atención que me prestaba todo el mundo y disfrutaba la épica de superarme día a día.

Yo recién ahora me reconozco como ser humano autónomo —levantarme, ducharme, tragar, escribir—, pero mis éxitos del jueves pasado —caminar hasta el baño, dormir dos horas seguidas— me emocionaban de la misma manera. Ahora soy un gil cualquiera que se pasa cinco horas seguidas viendo deportes en tevé (Boca; Spurs); la épica ha quedado atrás. Por suerte.

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6 comments
  1. federico zaldua said:

    huevo viejo!
    me gusto tu frase
    “Diría que ya me siento bien, si no fuera porque cada día me siento mejor”

  2. Catire said:

    Notable mini historia de Maggie y la de Francisco que no tenía ni idea de por que estaba ahí. Genial. Que bueno Dogor que seguis recuperando. No puse comentario en el post de la multa de la moto: me paso 3 veces acá en Barcelona, y yo prefiero ir a comprar el estereo todas las semanas. Abrazada, CAtire

  3. Raúl Ignacio said:

    Por suerte estás mejor. Un saludo y que sigas así.

  4. Jack said:

    Mestro Francisco ! parece que supo resumir la sensaciòn que tenemos de tanto en tanto en nuestro paso por la tierra…
    Tus dotes de observaciòn siguen intactas también: corazón nuevo, mente vieja, agudez de siempre… Negro vamos carajo ! El único que jugó en contra de tu quore fue el Cúcuta !
    abrazo de los smarties

  5. camilo said:

    hernán: alegría leerte de nuevo. el mensaje que dejé era bastante pedorro pero quería que al menos te hiciera sentir un poco acompañado. con maría nos alegramos mucho de que todo esté marchando y espero en breve hablar con vos (ya me compraré micrófono). un abrazo grande para vos y la enfermera irina,
    c.
    ps. no sé porqué, pero de un tiempo a esta parte, francisco no puede dormir sin el mono que le regalaron con irina.

  6. Majo said:

    De pronto me sentí viendo un capítulo no estrenado de ER, con la diferencia de que las enfermeras de la ficción siempre son simpáticas y empáticas.
    Qué bueno que ya estés en tu casa, que estés bien y que Irina te acompañe, no hay nada mejor que un conyuge buen enfermero!
    Besos y saludos de mios y de Pablo. El viernes brindaremos a tu salud!