Loser Wins | TP

[ publicado en Los Trabajos Prácticos ]

Siempre me ha dado bastante vergüenza participar en debates frente a
gente que no conozco bien: tengo la sensación de lo que estoy a punto
de decir es terrible, y que el destinatario de mi puñalcito retórico no
sólo se va a ofender sino que va a pensar que soy una mala persona, un
agrandado, un ignorante o una combinación variable de cualquiera de las
tres. En mis diálogos conmigo mismo –en la moto, en el subte, en el
primer intento de cada noche por tratar de dormirme— mis opiniones son
devastadoras para casi todo el mundo, y en esos monólogos contra la
almohada, en las noches que no imagino goles de tiro libre o pases-gol,
invento debates con enemigos a los que destruyo y ellos, lejos de
enojarse, se quedan mudos ante la revelación que han supuesto mis
argumentos.

En la vida real eso no pasa, no sólo porque casi
nunca vi a nadie reconocer su derrota en una discusión –en la oratoria
hay muchas maneras de hacerse el lesionado o fingir un codazo del
rival—, sino porque además cuando llega el momento de la verdad, de
decir algo hiriente o desmoralizador, al final no hago ninguna de las
dos cosas: tartamudeo, contemporizo, digo “sí, bueno, en algún punto
tenés razón”, cosas así. No sé bien por qué es: la tribuna psi dirá que
tengo pánico a caer mal, lo que es un poco verdad; pero también creo
que es porque soy un poco cobarde y porque en el fondo me doy cuenta de
que tampoco vale tanto la pena. Esto lo digo sin ninguna ironía: estoy
bastante podrido de las discusiones en las que dos o más personas se
pelean desde sus trincheras a ver quién dice el lugar común más
contundente o quién pone al otro en la chicana más perversa. En el
fondo, y en la superficie, no es más que otra medición de penes, como
ver quién tiene el auto con más chiches o el gato con más tetas. Me
gusta discutir con gente con la que me parece que tengo algo en común,
pero no todo, y que en el chapoteo del charquito del medio podamos
hacer avanzar algún tema, sacarnos de encima algún mito: salir un rato
de la trinchera y jugar a la pelota, como los soldados franceses y
alemanes en el video de Pipes of Peace, de Paul McCartney, al que no he
vuelto a ver desde Johnny Allon circa 1984 y cuyo populismo sensiblón,
exagerado por tambores militares y esa flautita, todavía me pone
nostálgico.

Aún así, pese a mi complejo de que tengo aversión
al conflicto, de que prefiero demorar las soluciones de todas las
cosas, mi participación en TP ha sido sorprendentemente polémica: de
hecho, y esto lo digo con mucho orgullo, soy el colaborador de TP que
más veces ha sido atacado e insultado en las propias páginas de TP, con
mucha diferencia sobre el segundo. En páginas como ésta me dieron para
que tenga, en orden cronológico, Guillermo Piro, Ernesto Semán, Roberto
Gargarella, Tomás Abraham y Gustavo Noriega. [Quintín no me prendió
fuego: me fue tostando de a poquito.] De todas estas personas, la única
que respondió a una humillación mía anterior fue Gargarella, cuyo
artículo sobre la televisión rompió un fusible en mi cerebro y me llevó
a escribir en un tono que casi nunca había usado y no he vuelto a usar.
Los demás, algunos con más humor, otros con menos, saltaron motu
proprio, como animados por una misión humanitaria y la necesidad de
devolver al mundo a la senda de la virtud.

En mi vida privada
no tengo nada de masoquista, pero, por alguna razón, como decía un
amigo de Christopher Hitchens sobre el propio Hitchens la semana pasada
en el New Yorker, en la vida pública de TP he descubierto con no poca
sorpresa que me excita que me fajen. Quizás “excitarme” sea un poco
exagerado, pero debo decir que cada uno de estos artículos me
confirmaban que mi puñalcito había tocado un nervio sensible, y que
sólo por eso ya todo valía la pena.

Hace un par de semanas
leí, por motivos profesionales, Enemigos, la larga entrevista que
Ernesto Tenenbaum le hizo a Claudio Loser por email y que fue publicada
en forma de libro el año pasado. Es un libro que muchas veces está a
punto de conseguir un milagro pero al final siempre se queda corto, y
en el epílogo Tenenbaum decide mandar todo a la mierda. Hay momentos en
los que Tenenbaum, baluarte del antimenemismo y del progresismo
mediático reciente, parece tener ganas de entender, de saber por qué
los tipos del FMI hacían las cosas que hacían. Pero al final no lo
hace. Es inquietante, en cambio, que Loser sí se permite reconocer
errores y que sea él quien está mucho más predispuesto a salir de su
trinchera. También es posible que Loser tenga más errores para
reconocer que Tenenbaum, pero al final me quedó la sensación de que
Loser era un tipo obcecado y triste pero bienintencionado, y que
Tenenbaum era igual de obcecado, algo menos triste y menos
bienintencionado. El periodista quería que el entrevistado le admitiera
y pidiera perdón por todas las acusaciones que él tenía guardadas en el
bolsillo desde hace diez años, como hago yo en mis divagaciones
pre-sueño o esperando el subte los días de lluvia. Cada vez que Loser
le contestaba algo sensato que no cuajaba con su denuncia, Tenenbaum se
enojaba. Cuando Tenenbaum, en cambio, demostraba que se estaba burlando
del riesgo país sin saber cómo funcionaba, Loser no aprovechaba para
clavarle una daga. (Enemigos, por otra parte, aunque esto es algo
menor, es probablemente el único libro de la historia en el que el
nombre del autor del prólogo está mal escrito: Fernando Henrique se
llama Cardoso, no Cardozo.)

No es que quiera ahora caerle
encima a Tenenbaum, que me parece en general un tipo bastante abierto
al diálogo y a decir lo que piensa. Lo que sí creo es que en algún
momento sí tuvo ganas de entender al enemigo, de abrir una pequeña
grieta en su propio relato facilongo, pero que al final arrugó, en
parte por las famosas presiones del entorno. Lo dice él mismo, al
principio del libro: sus compañeros de Veintitrés y sus amigos lo
gastaban porque tenía relación con un tipo del FMI.

Pero estoy
hablando demasiado de Tenenbaum, quien, repito, me sigue cayendo bien.
Lo que quería decir es que leí el libro al mismo tiempo que en el mail
interno de TP empezábamos a masticar la idea de despedirnos. Como
Enemigos tiene un cierre deprimente —“el diálogo es imposible”—, me di
cuenta de que en algún punto en TP, con el cierre, le estábamos dando
la razón a los que se sienten cómodos en la guerra.

Después
también pensé, o por lo menos tengo esa sensación, que el folclore
kirchnerista con el que nos habíamos cebado hace un año, hoy está más
ablandado. Ya nadie se lo cree tanto. La caricatura de 2003-2004,
fanfarrona y prepotente, ha perdido lustre. Los propios kirchneristas
empiezan a admitir, por fin, muchos en privado, algunos como Artemio
López en público, altos grados de sanata e ironía en su discurso. Creo
que en ese sentido, ayudado por el solcito del crecimiento al 9%, el
clima algo ha mejorado. Nadie debate nada, nadie habla con nadie, pero
creo que la pátina pedante y patotera del primer kirchnerismo
intelectual se ha adelgazado o derretido. De hecho, creo que estos
últimos meses son los más herbívoros del gobierno de K, como si
estuviera corto de proteínas, muerto de ganas de dormirse una siesta
delarrúica hasta la campaña del año que viene.

Me gustaría
pensar que TP ha tenido algo que ver en todo eso, que un poco
contribuimos a que se discuta mejor. Y que si Tenenbaum escribiera hoy
ese mismo libro se animaría a tomarse menos en serio a sí mismo, y a
saldría a chapotear con Loser en el barro de Alsacia y Lorena con la
flautita de Paul McCartney de fondo.

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4 comments
  1. Fratan said:

    Me gusto tanto el articulo y la acordarme de Monsiur Allon que te busque el video de Macca en You Tube…

    Disfrutelo y si aparte queres saber la historia del video (que mi amigo L. me comento una vez que es verdad) en wikipedia esta todo el articulo sobre the Christmas Truce de 1914
    http://en.wikipedia.org/wiki/Christmas_truce
    Saluditos y confirmame si venis a la boda…
    Abrax
    f

  2. El trabajo en negro se cobró una VIDA
    El operador de una radio platense murió en Pinamar, como consecuencia de una bronquitis profunda. Estaba empleado en negro y viajó a la costa para operar una de las radios del “Grupo Cielo”, donde hasta horas antes de internarse estuvo tapado con una frazada mientras “volaba de fiebre”, según contó su mamá.
    Héctor Eduardo Toro tenía 34 años y hacía 12 que trabajaba para FM Cielo de La Plata. Centenares de fotos que guarda su mamá, Alicia Beatriz Osuna, corroboran la relación con la emisora, así como los164 CD´s con la publicidad que editaba; mientras que la relación con su propietario (o ex propietario después de este episodio), Guillermo Montes, puede corroborarse con la firma del contrato de alquiler de su último departamento en La Plata, del que fue su garantía.
    Toro, así lo llamaban, murió el viernes 17 de febrero en el hospital municipal de Pinamar, donde llegó demasiado tarde, en parte por su responsabilidad, ya que en un principiose negó a ir al médico porque no quería delegar su trabajo, y en otra por la irresponsabilidad de quien lo empleaba, que lo había trasladado a la costa atlántica sin los más mínimos cuidados y lo “hospedaba” en un container, de los mismos que se utilizan para trasladar mercancías, junto a conductores y periodistas platenses que desde hace años viajan todas las temporadas de verano a la costa.
    “Temblaba de fiebre, temblaba. Sacaba la mano y seguía operando tapado con una frazada”, relató Alicia; quien luego de lo ocurrido mandó una carta documento al propietario de la radio, que le respondió que “no conocía” a su hijo.
    Los empleados de la emisora no quieren hablar del tema por miedo a arriesgar su trabajo, pero sus padres parecen decididos a salir en su defensa, alertados por la muerte de Toro, y porque aún no hay empleados legalizados que justifiquen la operación de la FM 103.5, su portal llamado Infocielo http://www.infocielo.com, ni sus puntuales panoramas de noticias.

  3. Paul McC said:

    che, que los franceses y alemanes no chapoteaban en alsacia y lorena (frontera francoalemana) sino al norte de parís(frontera francobelga), que no es trivial esto, que sino inglaterra no se metía en la guerra…

  4. Yorch said:

    Jaja (no suelo utilizar onomatopeyas de este tipo, me parecen ridículas, pero el momento lo merece). Bien, Hernán, parece que sigues siendo el mismo sesudo de hace años. Y sigues aún dándole vueltas al acertijo de las honduras propias y las ajenas, cómo cuando confesabas con cierto pudor que por lo común apenas sí alcanzabas a proclamar un fundamento, condenado a simpatizar siempre con algún aspecto de los lados confrontados, cayendo así en el tópico gallego del “depende” o del “es un modo de verlo” (perdona que te ponga en evidencia ante tus lectores como una mamá contando encantadoras historietas que no vienen al caso). No sé si sigues calibrando la romana o estableciste conclusiones inalterables, pero te mando un abrazo fuerte desde España, Hernán Pa´hta