Ayer lo vi jugar a Messi: se para contra la raya con las manos en la cintura, como si no le importara, como si estuviera un poco enojado, hasta que le pasan la pelota y de golpe es como si se encendiera, corriendo más rápido que los demás y tomando casi siempre buenas decisiones. Ayer fue el mejor de la cancha, pero lo vi chiquito porque sólo jugó el segundo tiempo y nosotros estábamos del otro lado del estadio de los NY Giants, donde el Barsa le ganó fácil 4-1 al equipo de mi ciudad, jeje, los tristes Red Bulls.

Muy buen estadio el de los Giants, con pasto de verdad, escaleras mecánicas, doscientos puestos de cerveza y tribunas bien cerraditas que le daban un aire futbolero que ninguno de nosotros, los que muníamos entradas obtenidas de favor vía procesos diplomáticos, esperábamos encontrar. Era tan latinoamericano el clima que la voz del estadio dio las formaciones y los avisos en castellano: "Con el uno, Tony Meola", decía, por ejemplo, sobre el stallonesco arquero de los Red Bulls que tiene como mil años pero se atajó todo.

Nos prestaron un Volvo blanco ochentoso con el que partimos desde Brooklyn como si nos esperara un viaje de cientos de kilómetros, y no los 8 o 10 kilómetros que separan al estadio del Central Park. Para los neoyorquinos, un poco porque es verdad y otro poco porque les parece gracioso repetirlo, todos los viajes a New Jersey son una aventura que puede terminar de cualquier manera. Estuvimos trabados en la boca del Lincoln Tunnel, trabados en la autopista pasando Seacaucus, trabados en la indescriptible cola para entrar al estacionamiento. Uno cuando va a estos lugares siempre se acuerda tarde de que hay otras 79.000 personas tratando de hacer lo mismo. Nadie se animaba a ir por la banquina hasta que una minivan polarizada intentó pasarnos por la izquierda y quedó justo al lado nuestro: el copiloto bajó la ventana, sacó el brazo y gritó hacia adelante: "Dale, pelotudo, la concha de tu hermana…" A pesar de todo, como había sido un día sensacional, ideal para la práctica de deportes o la lectura de revistas en un parque junto al río, aturdidos por el ruido del subte pasando sobre nuestras cabezas, nos manteníamos de buen humor.

Del partido no se puede decir mucho, sólo que me encantó ir a la cancha, aunque haya sido para un amistoso. Después de la escalera mecánica, cuando vi desde el pasillo el primer rectángulo verde de pasto, sentí casi la misma emoción que cuando empecé ir solo a la cancha, circa 1989, y, jadeando por los diez pisos de escaleras hasta la popular del Monumental, iba entreviendo el verde césped y se me ponía la piel —sin doble sentido— de gallina, aun cuando fuera para ver aquel amargo River de Merlo en el que el Tiburón Serrizuela, un central, jugaba con la 11 en la espalda. Nos sentamos en una platea media, rodeados de personas de todos los colores cuyo único vínculo común era la camiseta de Ronaldinho. Cada vez que la tocaba el 10 del Barsa medio estadio se ponía a gritar, y saltaban los flashes de las camaritas digitales. Dos o tres veces la gente se puso a cantar "Messi, Messi", supongo que alentados por los muchos argentinos que había, pero igual nos sentimos un poco orgullosos. Alrededor nuestro también estaban sentados los abonados a los Red Bulls, grupos de familias blancas que estuvieron callados hasta que Ronaldinho tiró una gambeta al borde de su área, se la robaron y Yuri Djorkaeff metió el empate.

Otra cosa buena de los amistosos es que repiten los goles y las jugadas peligrosas en las pantallas gigantes. El tercer gol me lo perdí porque estaba puteando a los que hacían la ola —los futboleros no hacemos la ola: nos cruzamos de brazos y hacemos puchero; preferimos ahogarnos en el océano humano antes que cooperar con tamaño espectáculo infantiloide—, pero lo pude ver otra vez en la pantalla gigante. Un amigo que estuvo en Berlín en la final del Mundial me contó que a la salida de la cancha la gente se preguntaba por qué carajo habían expulsado a Zidane, mientras en el resto del mundo ya llevábamos horas discutiendo sobre el tema. En fin. No estoy proponiendo que se usen las pantallas para las repeticiones, sólo diciendo que los distraídos así podemos tener una revancha.

El Barsa es un equipazo: se mueven todos todo el tiempo para todos lados. Eto’o un rato está pegado a la raya izquierda, y Ronaldinho en el medio de falso delantero; el vikingo Gudjonssen terminó jugando de media punta, y jugando bien porque es buenísimo; Xavi y Deco dándose vuelta y cayendo siempre donde está bueno aparecer. Ahora encima con Thuram en el fondo, que da un miedo terrible, no sé cómo van a hacer los demás para ganarle. Si mantienen "el hambre", deberían volver a ganar todo.

La vuelta a Manhattan fue tan dolorosa como la ida y, como en casi todos los viajes de vuelta, de a poco la gente se me empezó a dormir en el auto. Tardamos media hora en salir del estacionamiento y después me perdí la salida del Lincoln Tunnel. Tras una vuelta bastante larga, pudimos retomar por el Holland Tunnel, el pedazo de infierno por el que cruzo en moto casi todas las mañanas. Más colas, más peajes. Llegamos a casa alrededor de la medianoche. Al final ir a la cancha siempre es un programa que te saca seis horas brutas para darte una hora y media netas. Pero siempre, o casi siempre, vale la pena.

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4 comments
  1. Anonymous said:

    “El blog es un instrumento que tiene que ver con las nuevas tecnologías y que permite lo coral, lo polifónico y lo pluralista”.Dijo el pensador contemporáneo Daniel Tognetti. Uds que creen?

  2. Anonymous said:

    “El blog es un instrumento que tiene que ver con las nuevas tecnologías y que permite lo coral, lo polifónico y lo pluralista”.Dijo el pensador contemporáneo Daniel Tognetti. Uds que creen?

  3. Lo que decís de la ola en las tribunas me hace acordar al Mundial, cuando tantas personas se acuerdan de que son argentinas y sienten una extraña fiebre futbolera, que se les pasa ni bien quedamos eliminados. Algo parecido pasa en la Copa Libertadores, aparecen los recién llegados, que nunca han pisado una cancha de la D ni han corrido bajo pedradas, ni han ido presos, ni han llorado por un descenso en el 81.
    En el 98 pasé un mes y medio en Irlanda, y fui a jugar al papi fútbol. No había ni un hispanohablante, entonces me sentía raro gritando “Come on!”, como Hewitt. Hice un gol y mientras la pelota entraba la gente gritaba pero despacito, como regulado: “OOOOOOOOHHHHHHHHHHHHHHHH”. Muy raro. Recordé esto porque ir a la cancha en EEUU debe ser como ir a un asado en España, o jugar al papi en Irlanda.

  4. Majo said:

    Que Tognetti se parece bastante a Majul. Se creen más pensadores de lo que son en realidad.