Hernanii Mundial #6 | TP

[ publicado en Los Trabajos Prácticos ]

En un momento del segundo tiempo del partido de Argentina, esta mañana, cuando el equipo ganaba 3-0 y no estaba en una fase especialmente brillante, Riquelme se la dio de taco a Sorín en la mitad de la cancha y Eric Wynalda, ex futbolista y ahora comentarista de ESPN2, dijo: “Los argentinos jugan al fútbol con todo el pie: le pegan a veces con el empeine, a veces con la cara interna, a veces de taco (back-heel), a veces con el pie entero, tienen una amistad íntima con la pelota”, y me sentí orgulloso, no porque lo haya dicho Wynalda, que no es un gran comentarista como tampoco fue un gran jugador, sino porque tuve la sensación de que Argentina estaba comunicando esa imagen a los cientos de millones de personas que veían el partido: el resto del mundo, aunque no nos guste, generalmente no hincha por nosotros, que solemos ir por la vida pregonando los “dientes apretados” y el “comer el hígado” de los rivales. Ahora es imposible no hinchar por un equipo que juega así, que juega en serio, con la pelota contra el piso y yendo para adelante, con el plantel probablemente más petiso de todo el Mundial, que hoy no pegó una sola patada y que tampoco hizo tiempo. Argentina jugó un partido perfecto de fútbol y también dio una lección moral sobre por qué ganar “cueste lo que cueste” sirve de poco: sólo ganando así, teniendo la razón y la fuerza, sin bidones ni bravuconadas, es como vale la pena salir campeón. Esto es, parafraseando al Negro Dolina, que prefería “perder con los amigos que ganar con los indeseables”, ganar con los amigos.

Y en todo esto, me doy cuenta ahora, súbitamente, tiene mucho que ver Pekerman: mirando a la Argentina joven de hoy pasándose la pelota en el campo rival –“teniéndola” pero lejos de Abbondanzieri, con un ojo siempre puesto en el arco de enfrente—, repartiéndose los goles entre muchos, elaborando los goles entre muchos, me acordé de los equipos de Pekerman de Qatar, Malasia y el Amalfitani: esa bondad algo zonza pero severamente anti-viveza-criolla de chicos sanos que van a los torneos como a un campamento, aun cuando ahora son todos millonarios y algunos tienen egos difíciles de apaciguar.

El gol de Cambiasso es como el segundo gol de Diego a los ingleses pero con todo el equipo: para una Argentina que hoy veía a su equipo feliz dentro de la cancha y al propio Maradona, en otra postal feliz, saltando con su mujer y su hija en la tribuna, el gol de Cambiasso puede convertirse en uno de esos momentos en los que el espíritu de los tiempos queda cristalizado y se convierte en bisagra. Con Diego recuperado y la propia Argentina bastante recuperada, este equipo puede representar –aun perdiendo en segunda ronda, pero mostrando esta alegría de vivir— un verdadero cambio en el estado de ánimo del país. Los futbolistas son un grupo en general bastante poco politizado, pero que al mismo tiempo, quizás justamente por eso, están mucho más en contacto con el humor social que las cabezas parlantes, los rosqueros y los analistas políticos. Yo hace tiempo que tengo la sensación de que la Argentina real está mucho más reconciliada consigo misma, después de la dictadura, de la inflación y de los noventa, de lo que el Gobierno y sus críticos nos dicen que está. Este equipo de futbolistas, al igual que aquellos adolescentes de Qatar y Malasia y el entrañable y admirable equipo de Bielsa de los Juegos Olímpicos de Atenas, puede empezar a amplificar esta idea y contagiarla fuera del silencio privado.

Estoy en un día optimista, lo sé, pero hoy Argentina mostró un equipo fabuloso y adorable, Diego le dijo al mundo (sin decirlo) que ya no podían seguir riéndose de él, y además clasificamos para la segunda ronda del Mundial, que de todas maneras es lo único –de toda la parrafada de más arriba— comprobable empíricamente. 

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