Hernanii Mundial #3 | TP

[   publicado en Los Trabajos Prácticos   ]

La República Checa, esa niña bonita a la que le sobran los novios,
acaba de conquistar otro enamorado: Quintín, quien se colgó de una
frase mía de anoche y se lanzó en liana rumbo a un panegírico del
equipo que debutó ayer en la historia de la Copa del Mundo con una
convincente victoria contra Estados Unidos, un equipo higiénico pero
livianito. Ojalá los checos tengan destino de “semifinales (por lo
menos”, como le augura Q. –o le auguraba hasta la lesión de Koller, ese
Delorte súbitamente reconvertido en Van Basten—, porque eso
significaría, de darse los resultados normales, que República Checa
derrotará a Brasil en octavos. Estoy un poco triste por la pobre imagen
de Estados Unidos –pese a las críticas, el técnico confió en los dos
pibes que lo llevaron a cuartos en el Mundial pasado y que ahora andan
bastante flojitos, DaMarcus Beasley y Landon Donovan—, como estoy igual
de triste por la derrota de Ghana: no tengo ni un gramo de grasa
anti-imperialista en mi barriga, pero en los Mundiales no puedo evitar
hinchar por el más débil, y me jode, irracionalmente, que ganen los
favoritos. Rápidamente me doy cuenta, empero, que no puedo vivir de
sorpresa en sorpresa, y que debo buscar excitación en otras áreas de mi
vida.
Italia-Ghana fue un partidazo, el más intenso hasta ahora del Mundial,
quizás junto con el Argentina-CIV. Digo “intenso” siguiendo la antigua
calificación de El Gráfico, en cuyo ránking de calidad de los partidos
ponía a “intenso” por encima de “discreto” (y de “mediocre”) y por
debajo de “bueno”. Italia fue intensa y no fue amarreta, o por lo menos
fue mucho menos amarreta que la Italia narcotizada por el Mundial 82
había usado desde entonces y que creía que el cerrojo y el pelotazo
podía sacar campeón del mundo a un equipo de leñadores. El mediocampo
de Italia (Totti, Pirlo y los otros dos) tiene, hoy por hoy, más
talento que el de Argentina (Riquelme y los otros tres). Es una buena
señal de este Mundial que las dos potencias de la racanería, Alemania e
Italia, estén desregulando su fútbol hacia el libre comercio de las
jugadas imposibles y la toma de riesgos. Espero que el sindicato de
comentaristas, que se la pasa llorando por “el estado de las cosas”,
tome nota de la tendencia.
En la polla interna del laburo había puesto que Australia le ganaba a
Japón, un poco siguiendo mi berretín anti-favorito, pero durante el
primer tiempo me vi hinchando por los japoneses y su toqueteo
completamente inofensivo pero adorable. El 10, Nakamura, me hacía
acordar al pibe Manso, eterna promesa enclenque de Ñuls. Al final
ganaron los australianos, con cincuenta delanteros en la cancha, y yo
no sabía si estar contento o triste, porque por lo menos había acertado
el pronóstico.
Estoy viendo la mayoría de los partidos por Univisión, la principal
cadena en español de Estados Unidos, que transmite todos los partidos.
En inglés, ABC, una de las tres grandes cadenas, pasa los de Estados
Unidos y los de los fines de semana, y ESPN, el resto. Pero yo vi casi
todos por Univisión, en parte porque hasta mañana a la mañana, cuando
venga el Cable Guy, no tengo cable. Uno de los relatores es Bruno Vain,
un ex TyC que hacía La Magia de la NBA y que relata, probablemente sin
saberlo, bajo el influjo del paradigma Araujo: chistes malos, alguna
grosería, ningún respeto por los débiles, la canchereada constante. Su
comentarista es Enrique Borja, un ex futbolista mexicano que acierta
poco y sufre para estructurarse alrededor de sujeto y predicado, pero
le perdonamos todo porque parece un abuelo bueno. En otra de las
parejas relatoras, el comentarista es José Luis Chilavert, que opera
sin disimulo sus intenciones de ser el próximo técnico de Paraguay: en
el partido contra Inglaterra, todos sus comentarios eran en contra de
la selección de su país (“es lamentable el estado físico de algunos
jugadores, no se puede venir al Mundial de vacaciones”), incluso
criticando al árbitro cuando pitaba a favor de los guaraníes. Mañana
voy a ver si me paso a ESPN, que son más aburridos pero parecen ver los
partidos desde más cerca, son mejores leyendo los cambios tácticos y,
como están en una cruzada evangelizadora para seducir al público
estadounidense, dan mucha información sobre los jugadores y los
equipos. Es raro vivir el Mundial acá, donde a casi todo el mundo le
importa un carajo: también es refrescante, porque no tengo que soportar
la unanimidad patriota habitual en Buenos Aires ni el bombardeo
publicitario en celeste y blanco. Estoy viendo el Mundial, viendo los
partidos, con una jefa brasileña que se apiadó de su tropa
hispanoparlante, nos puso una tele y nos dejó hacer lo que quisiéramos
mientras no cerremos tarde.
No tengo la autobiografía necesaria para opinar en detalle como Quintín
sobre los árbitros: sólo tengo la impresión de que la solitaria tarjeta
roja y los cero penales registrados hasta ahora no están cumpliendo su
apocalíptico panorama de que el cuerpo de árbitros de la FIFA se había
convertido en una nueva Gestapo en pantalones cortos. Por el contrario,
el no-cobro de algunas jugadas, especialmente la del gol de Japón, le
están dando a este Mundial un aire de libertinaje siga-siga que puede
ser beneficioso para que otros sectores, especialmente técnicos y
periodistas, saquen a pasear su sensualidad y dejen el botonismo de
lado.

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2 comments
  1. calixto said:

    y pegue, y pegue, y pegue h pegue. poner en su lugar a quintín le agrega sabor a tus comentarios.

  2. Sebas said:

    Grande h! Se extraña las largas charlas de futbol… Me encantó el comentario a cerca de Koller “un Delorte subitamente reconvertido en Van Basten”, muy bueno tanto como escribir “Ñuls”… cuanto futbol.