Anoche, durmiendo solo porque I. pasó el fin de semana largo en Boston, el primer mosquito de la temporada: habrá muchos más. Cambiamos un departamento de ventanas cerradas y aire acondicionado por un departamento de ventanas abiertas y olor a tierra y flores: es un entorno literariamente más interesante, pero nos cagaremos de calor. Esta mañana, la cósmica sensación de aguantar el viento en la cara, cruzando el Brooklyn Bridge en remera, sobre la Vespa gris, ni una nube, aun cuando estuviera yendo a trabajar a las 10:30am de un lunes feriado: detachment: yo mismo mirándome desde un helicóptero, como en los créditos de una película de los ochenta, con Kenny G de fondo: un barbudo panzón con cara de dormido y casco blanco entra a Manhattan, se hunde en la gran ciudad; cualquier cosa puede ocurrir. Después de una primavera corta e indecisa, fácil de odiar, Nueva York finalmente ya huele a Buenos Aires en noviembre: el olor de la basura en las caminatas de madrugada, las conversaciones en voz baja con el coreano del deli que me vende cigarrillos, a las dos de la mañana, por US$7,30. La extraña sensación de leer libros específicos, no elegidos libremente, porque tengo que escribir uno: me gustaba la cadena caótica de leer lo que tuviera a mano, como si no fuera importante, esos libros comprados meses antes y olvidados pero que descubro, como a un regalo, cuando me planto frente a la biblioteca y digo, sin esperanza, "qué leer". Pasar la tarde esperando que a alguien se le ocurra, poniendo la voz de Gianola, gastar a Kirchner, que hoy dijo "No les tengo miedo" a los milicos menos amenazantes del último siglo. Después de meses, ayer volví a comprar el Times del domingo: me duró menos de una hora. Estoy leyendo pocos diarios, y no sé si echarme la culpa de algo o perdonármelo con la excusa de que cada vez hay más músculo en Internet que en la inercia del papel. Probablemente deba leer más diarios, pero cada vez tengo menos ganas. Mi diario es Bloglines.

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