Con una curita en el dedo gordo de la mano izquierda, y agotado después de casi 72 horas consecutivas de mudanza —escribo estas líneas colgado del wi-fi de alguno de mis nuevos vecinos de Brooklyn: gracias—, hago pública la depresión que me provocó hoy la lectura de los diarios argentinos: pasaron 30 años y el diálogo de sordos cabezas duras, con marxistas y clasistas todavía con voz y pedantería como para hablar en voz alta, se mantiene igual.
    Públicamente, hemos avanzado muy poco: la discusión pública en Argentina es aún muy pedorra, apriorística, para exaltar a los colegas y no convencer a nadie. En privado, sin embargo, me parece que la sociedad la tiene más clara: que cada uno de los argentinos sabemos qué pensar sobre los 70, y que todos, o casi todos, parados en la ducha a las ocho de la mañana, cuando nadie escucha lo que estamos pensando, estamos más o menos de acuerdo; una resignación, una culpa, unas ganas de que nos empujen un poco, pero no mucho, hacia la verdad; y otro poco, pero tampoco tanto, hacia el futuro. No es tan difícil. Desde la anulación de las leyes ‘del perdón’ es aún más fácil. Cuando los papagayos que tienen secuestradas las cátedras y los micrófonos nos dejen pagar por nuestro rescate, seremos un poco más libres. Pero, después de leer lo de hoy, para eso todavía parece faltar un poco.
    Pero no era de eso de lo que quería escribir, y no sé por qué al final lo hice. Mi intención era citar un párrafo que me pareció revelador el viernes, en el Financial Times, en un artículo de Daniel Cohn-Bendit sobre las protestas estudiantiles de París (hay que registrarse). Dice Danny el Rojo, líder de las protestas Mayo del 68:

“The young people have a negative vision of the future. May 1968 was an
offensive movement, with a positive vision of the future, but today’s
protests are all against things. They are defensive, based on fear of
insecurity and change.”

Miedo al cambio. Quizás Danny quiera salvar su propio papel en la Historia, y eso lo lleva a tratar mal a los jóvenes de hoy, pero para mí refleja muchas cosas. Sostengo desde hace un tiempo, aunque no lo digo mucho en público —lo pienso en la ducha, a las ocho de la mañana, cuando nadie puede escucharme— que la revolución en la vida privada por la libertad que se produjo a partir de los ’60, y la revolución de libertad económica que vino apenas después, son en realidad el mismo proceso. La izquierda habitual apoya la libertad personal (derechos sexuales, derechos reproductivos, derecho a las drogas, derecho a elegir profesión) pero pide control económico; la derecha habitual pide control personal y libertad económica. Es un torniquete de contradicciones, con la mayoría de nosotros apretados en el moño del medio, sudando nuestras gotitas de libertad. Estados de ánimo disfrazados de sistemas políticos. Leyendo los diarios de hoy queda más claro que nunca.

2 comments
  1. Diego said:

    Habrá que votar a Hillary Clinton para tener un mundo mejor.

  2. Hernán said:

    diegote,
    mi mujer ya votó por hullary y, por lo que me ha dicho, volverá a hacerlo. pero mi último párrafo era más una cosa de microclima entre nosotros, una discusión por el placer de la discusión en sí. a la hora de las políticas públicas, supongo que sería más “realista”, por no decir “pragmático”, que queda feo.