Ayer vi morir a un hombre en el comedero para oficinistas donde almuerzo casi todos los días. Yo había bajado a comer tarde, como a las tres, una hora a la que ya no se puede comer casi nada; todos los kioskitos del patio de comidas (chino, panini, plato del día, salad bar) estaban cerrados menos uno, el de las pizzas. Los empleados del lugar, todos latinoamericanos, incluida una señora argentina que ya me caló y que cuando pago en su caja me pregunta "hola, che, ¿cómo estás?", estaban limpiando, preparándose para irse a sus casas en Hoboken o Newark mientras conversaban a los gritos unos con otros. Pedí, y obtuve, dos pedazos de pizza poco atractivos y me senté en uno de los boxes del patio central a terminar de leer a Pinker.
Noté unos movimientos raros a mi derecha en un momento, en la zona donde unos oficinistas mayores y cansados, al borde de la jubilación o del retiro voluntario, juegan al ajedrez todos los mediodías. Pensé que a alguien se le había caído algo, o que había una pelea en susurros cuyos detalles no me llegaban con claridad. Seguí leyendo y comiendo, bajo el tibio neón amarillo, apoyando el salero sobre la página impar para poder leer sin manos.
Cuando iba saliendo, el revuelo ya era mayor, y entre las patas y los apoyabrazos de las sillas y las mesas lo vi ahí, tirado, con la camisa abierta y el pecho gris chato. Un tipo de unos 60 años, panzón pero no gordo, pelado, una nariz enorme. Había una pasta blanca en sus labios. Dos compañeros le daban puñetazos en el pecho, en un torpe intento de resurrección, y los demás mirábamos o hacíamos lo que podíamos. Había piezas de ajedrez en el suelo y un café sin tocar en la mesa de al lado, con el New York Post abierto en la página de deportes. Llegó la ambulancia, llegaron un rubiecito y una rubiecita que insertaron tubos y aplicaron maniobras. Un frenesí de diez minutos. Yo ya me había tenido que ir del otro lado de la pared de vidrio esmerilado, por lo que aún podía ver la escena, pero fuera de foco. Otros curiosos, masticadores de manzanas y bebedores de Snapple,  me acompañaban. La máquina que registra los latidos hacía "piiii….". Después de un rato, los enfermeros se miraron, menearon la cabeza como en una serie de televisión (¿quién copia a quién?) y su pusieron de pie. "Please, move on, people. There’s nothing to see here", escuché de parte de un guardia de seguridad negro y alto que estaba equivocado: si ver morir a una persona le parece "nothing to see" no sé qué le parecerá interesante a él. Pero me fui. Fumé un cigarrillo en el muelle, uno de los cuatro que fumo cada día, con Manhattan del otro lado, negándose a explotar la primavera. Sin pensar en la muerte: nunca he podido pensar en la muerte, no entiendo la fascinación por pensar la muerte, casi todo me parece una gran sanata; ni siquiera sé si le tengo miedo a la muerte. Ni siquiera entiendo la pregunta. No sé qué quiere decir.

7 comments
  1. christian said:

    Encore moi
    Leo el ultimo post
    – me acuerdo del inicio de la hojarasca de GGM,
    – la muerte y todo eso: leer HTW hasta el final

  2. calixto said:

    la muerte está en cada una de tus palabras. pensás en ella. sólo que no te obsesionás por ella. la muerte es eso, el fin de algo. y hasta que no te toca no pasa. eso es lo divertido. la muerte está en todos lados.
    (la semana que viene hacemos un skype.)

  3. Mariano said:

    Hace poco, en otro post tuyo, comenté algo que me ronda en la cabeza cada vez que leo este tipo de historias. No sé si el comment se borró, o qué, pero no quedó.
    Lo repito, porque además a vos te dio la misma sensación:
    “Qué loco, vivir en Nueva York es vivir en una película”. Tengo que vivir en Nueva York, tarde o temprano.

  4. Nelson said:

    Empezas a pensar en la posibilidad de la propia muerte cuando se muere alguien a quien queres y que te quiere… tambien cuando nace alguien a quien vas a querer y te querra. Es decir pensas en la propia muerte cuando la vida se pone mas rica, mas compleja, con mas capas.
    No solo vivir en NY es una pelicula, vivir (a secas) es una pelicula.

  5. Mariano, si te mudás a Nueva York ya sabés en qué calle vivir, no? Es una calle barata pero muy enquilombada.
    A los demás: de qué hablamos cuando hablamos de la muerte. ni puta idea. no me entra en la cabeza. pero es un defecto mío.

  6. Majo said:

    Hay una edad – la siniestra que va entre los 13 y los 17- donde uno piensa mucho en la muerte, y en lo tristes que se pondrian nuestros padres y amigos. Donde iremos a parar, natalio ruiz? es un pensamiento fugaz casi diario.
    Después pasa, hasta que tenés chicos y hay otra dimensión, pero no se piensa seguido en la posibilidad de no estar. A no ser que te dé una isquemia y estés internada por cuatro dias con 15 médicos encima, que te revisan hasta demostrarte que sos igual a los manuales: venitas, arterias, coágulos, etc. Y ahi sí, pensás en la muerte, pero no sabés bien qué pensar.

  7. Viste morir a alguien, presumiblemente de un ataque al corazón y pensaste en la muerte ¡fumando!. Sos un optimista.