Blibrop1000267La última vez que estuve en Buenos Aires me compré este librito que se ve aquí a la izquierda, en una de las librerías de Corrientes, pero no en una de las grandes con saldos o cafeterías, sino en una chiquita y abigarrada que nunca me había llamado la atención. Tres pesos me costó el libro, que me sedujo con su nombre, ese desparpajo de gauche divine que la seriedad del progresismo cultural se ha permitido cada vez menos. Es un librito irrelevante (la editorial, se lee chiquito, arriba a la derecha, es Jorge Álvarez) pero con el encanto de esa cosa de escritores más o menos buenos, más o menos originales, que publicaban seguido y con, me parece, menos conciencia sobre su propia "obra".
    Este libro son todos cuentos con protagonistas terratenientes o hijos de jueces: los dos mejores, los de Marta Lynch y Beatriz Guido, tienen protagonistas varones: uno, estudiante secundario fascistoide, mata a la amante del padre; el otro, un fracasado que ni siquiera sabe ser un diletante, pierde un campo en Azul después de aceptar regalos sexuales de las clases bajas. El de Abelardo Castillo, que no está mal, no merece estar en la antología: San Pedro no califica como burgués en ningún imaginario (y menos la profesión de bioquímico que tiene el único personaje cajetilla del cuento). En fin, un librito algo fuera de foco, donde son casi mejores, por incomprensibles y entrañables, las minibiografías de cada autor al principio de los cuentos que los cuentos mismos

Marta Lynch asume sus contornos hasta identificarse tan plenamente con ellos que sus planos dejan de limitarla. Y sin embargo, con frecuencia, le endilgan contornos irreales.

(A Abelardo Castillo) le queda chico el marxismo, prefiere el materialismo dialéctico que lo comprende y extiende el radio de acción, pues teme que un rudo esquematismo excluya, por ejemplo, a Sartre.

Lo leí en el sistema de transporte público del estado de New Jersey, a donde viajo ahora todos los días, aunque en el fondo sea sólo cruzar un río y trepar una escalera mecánica hasta un gigantesco cubo de acrílico azul que, si fuera más alto, podría ver desde mi propia ventana de Manhattan.

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