Esta mañana, en el temido edificio de 26 Federal Plaza, sur de Manhattan, sede del infierno de la burocracia inmigratoria. Piso 31, oficinas de la Seguridad Social. Me recibe un guardia de seguridad negro y aburrido, que engancha la panza contra el borde un escritorio que se parece a un pupitre de primaria. "I need to ask for a Social Security Number", le digo. "What borough you live in?", me contesta. Me molesta la pregunta, porque yo había puesto mi código postal en la página de Internet y me habían dicho que tenía que ir ahí. "I live in the Village", le contesto, con poca precisión y algo de culpa, temiendo que si digo la verdad, "West Village", piense que soy rico y se genere un momento incómodo de exageración de nuestras diferencias de clase. Mis maquinaciones eran al pedo, porque me estaban preguntando otra cosa. "The Village is not a borough. What borough you live in?". "Oh, I’m sorry. Manhattan", contesto, un poco más despierto. "That’s right", dice el guardia de seguridad, satisfecho de haberme sometido a su lógica inútil, y me da un formulario.
    Me siento al final de las filas de sillas. Espío el formulario de la pareja de al lado. Son de Haití, tienen un hijo que llora poco. La chica tiene 19 años. Hablan entre ellos en un idioma incomprensible, que se parece al francés pero es otra cosa: si los franceses, cuando hablan, parece que estuvieran pasándose baguettes unos a otros, los haitianos parece como si se estuvieran tirando piedras, aún en los susurros burocráticos de esta parejita de emigrados. En el formulario me piden que indique mi raza. Las opciones son "Black (Non-Hispanic)", "Hispanic", White (Non-Hispanic)", "Asian, Asian-American or Pacific Islander" y "North American Indian or Alaskan Native". Pongo "Hispanic".
    Los haitianos, después de dar vueltas con el formulario y con mi birome durante media hora (hecho inusual: casi siempre soy yo el que en estas ocasiones
hace la horrible pregunta: "Sorry, can I borrow your pen?", con cara de
"soy un desastre, ya lo sé"), reciben ayuda de un compatriota, un negro algo mayor de barba blanca y aire de profesor uniersitario, con el que hablan en lo que parece un francés más ortodoxo, de baguettes y quesitos con olor. Él tipo les llena el formulario completo. Yo trato de leer The Plot Against America, de Philip Roth, pero me interrumpen sonidos de todo tipo, a los que me he hecho bastante menos tolerante en los últimos meses.
A34. Mi número. Voy a la ventanilla, que está justo al lado del guardia de seguridad de la entrada. "What borough you live in?", le pregunta a un chinito hiperkinético lleno de acné. "Social Security Number", contesta el chinito. "Sir, sir. What borough you live in?", y así durante cinco minutos: el tipo tratando de hacer su jueguito mezquino, tratando de aburrirse un poco menos en su trabajo, y el chinito dando saltitos sin entender nada. La mujer que me atiende tampoco entiende nada. Cada vez que muestro mi vieja visa de periodista empiezan los problemas y nadie sabe qué hacer. Ahora, otra vez lo mismo. La mina se pasea por la oficina preguntándoles a los colegas cómo ingresar mis datos. Yo espero y me desilusiono, como casi siempre. El trámite va a tardar bastante más de lo que esperaba. Por lo menos salgo rápido. Camino por Broadway hacia el Norte esperando la llamada de un amigo argentino de visita, con el que había quedado para almorzar. Pero mi amigo no llama, y hace frío.

Comments are closed.