Hace cinco minutos. Llegué al café que me hace de oficina algunas tardes. Cola para pedir; las mesas llenas. Hoy es semi-feriado, por Martin Luther King. El pibe antes que yo en la cola pide té y me contagia; reemplazo el dry capuccino doble previsto. El pibe, rubio, probable empleo en  NYU, que está a tres cuadras, o en alguna otra universidad, onda moderada —su despeine no comunica bohemia sino desequilibrios psíquicos; su abrigo, azul con botones grandes, es demasiado conservador— agarra primero una bolsa de papel del mostrador y después dos o tres hojitas de una pila de post-its blancos. "Qué raro", pienso, y voy a sentarme a la mesa grande, donde ya hay otras personas: empotro mi laptop PC entre las casi todas Macs de ellos, pongo a The Jam en el iTunes, me conecto a la red de redes y hago como que me pongo a trabajar. Frente a mí, una mujer de veintilargos o treintaypocos apariencia de soltera; morocha, ojos azules, pestañas largas, pecas: atractiva, aunque con una mueca algo dura alrededor de los labios, secuela de los años de competencia laboral y sexual.
    Pasa media canción y siento, sombre el hombro izquierdo, el zumbido de un brazo que cruza y deja, sobre la Mac de mi compañera de mesa, un post-it blanco manuscrito con lápiz negro. El rubio despeinado vuelve rápido a su mesa. La chica lo lee y se derrite en una sonrisa cortés pero también genuina; alguien ha abierto una compuerta, pienso. La chica, con jeans y un tapado de lana multicolor en tiras horizontales, va hasta la mesa del rubio y de su amigo, que tiene decidido aspecto de nerd y que con su sola presencia está, sin saberlo, perjudicando a su amigo. La escena me hace acordar a un amigo mío que hace diez o más años escribía y les daba poemas a chicas anónimas en el Retiro-Tigre de TBA: las primeras veces fracasó, y nos burlamos de él; después empezó a tener éxito; esas chicas empezaron a darle sus teléfonos, y él, a visitarlas en Saavedra y en Olivos. Esta mujer, a un metro de distancia, sonrió hace cinco minutos con el papelito en la mano y supuse que así habrán sonreído las receptoras de los poemas improvisados sobre un template flexible de mi amigo (iba a linkear a su blog, pero no lo voy a hacer; no sé cuánto incluye él esta etapa en su autobiografía), en aquellas siestas post-facultad de principios de los noventa.
   Giro y trato de ver la conversación entre el rubio y mi vecina de mesa. El rubio se levanta para acercar una silla, pero ella le dice pará, no, está bien. Hay unas sonrisas, una charla de cuarenta segundos y un regreso. El rubio y su amigo se pertrechan para los menos nueve que hace afuera y se van. Ella, cuando se queda sola, mira el papelito —que no tiene un poema, según mi espionaje de reojo, sino lo que parecen dos preguntas y respuestas multiple-choice con pretensiones supongo humorísticas o adorables: más osito de peluche que mariscal de campo— y vuelve a sonreír. Hay un número de celular en el papelito, que empieza con 646. Me parece que no lo va a llamar. No importa: el intento del flaco me parece conmovedor, y me recuerda lo salvaje que puede ser la jungla de la soltería —esos cazadores-recolectores de sexo— pero de lo fácil que puede ser todo si no nos lo tomamos demasiado en serio. Al final no pasó nada: la chica sigue aquí. Hace un buen rato que no sonríe.

2 comments
  1. Majo said:

    De pronto me vino a la memoria un fitito naranja, parado en un dia de lluvia esperando que cambie el semáforo de Av. Madero y Belgrano. Las fotocopias se mezclaban con las canilleras y ejemplares de Página/12, asi que para entrar cada uno hacia su propia perforación y acomodaba los pies. Hablando de quien sabe que, de pronto cruza la calle una pareja de novios besandose durante todo el trayecto…El comentario de quien iba al volante fue:qué envidia”, y sonó a mucha envidia!!
    Ahí terminé de comprobar que esa actitud de superado e impermeable no pasaba de eso, y moria por una linda novia que lo arrumaque!

  2. Hernanii said:

    Majo, el conductor del Fiat 600 naranja no recuerda la anécdota, pero tampoco la desmiente. Dice, en su defensa, que tenía 19 tiernos años. Tampoco desmiente el aspecto del piso de su auto.