Anoche, DVD: Pizza, Beer and Smokes, película que vimos todos en aquella época en la que parecía estar pasando algo con el cine argentino. Algo bueno finalmente pasó, pero fue mucho menos de lo que muchos optimistas, entre ellos yo, creíamos que iba a ser. Pizza, Birra, Faso, siete años después, en la pantalla de la computadora de I., con subtítulos en castellano, aún es una buena película. Es más, aliviada de su mochila política, es una película aún mejor que antes: en 1998 vimos Pizza como parte del antimenemismo estético, esa campaña cultural cuyo objetivo era político: desalojar a cierto personaje funesto de la Casa de Gobierno. Veíamos a los personajes de la película como víctimas del neoliberalismo y como una cosa nueva, que antes no existía: la marginalidad flamante de los noventa. Muchas excursiones de Palermo a la villa (Beatriz Sarlo, Juan Castro) volvían con crónicas estetizadas de la miseria y la humillación. Allí se insertaba Pizza, y eso, puedo verlo ahora, le hacía mal a la película. Vista ahora, sin la almohada política apretándole la nariz, la película de Stagnaro-Caetano brilla nueva, con colores y matices que mi lectura cómplice de 1998 había pasado por alto. El Cordobés, por ejemplo, deja de ser una víctima y se transforma en un hombre desesperado, un tipo sin paz que se escapa siempre para adelante, que no sabe cómo hacer para parar de mandarse cagadas y de ser tan insoportable. La falta de paz del Cordobés, que antes atribuíamos a la depauperización cavallista, tiene ahora mil sabores, se paladea y se siente con más fuerza. La película ha ganado autonomía y frescura: si antes necesitaba ser cortada y pegada junto a otros colegas de la crónica marginal, ahora vuela sola, con sus propios códigos internos, que son muchos. Una ventaja que tiene ahora, además de que el objetivo político se ha cumplido, es que aquellas excursiones literarias a los indios de Ingeniero Budge ya no existen: el valor artístico de la pobreza y la marginalidad ha caído. Y no es que Pizza haya dejado ser una película política y que yo celebro eso. Todo lo contrario: creo que sigue siendo una película tremendamente política, pero en el sentido amplio, que es el mejor de los sentidos para una película.
De hecho, hoy vi también Z, de Costa-Gavras, una película abiertamente política, que usa el melodrama (música fuerte, edición agitada) para ponernos nerviosos e identificarnos con los buenos de la película, los pacifistas-progres-internacionalistas, contra los malos, la derecha-familiar-nacionalista que quiere aplastarlos (es curioso que ahora los pacifistas y muchos progresistas son nacionalistas: mucho ha cambiado la cosa desde los sesenta). La película esta buenísima: veanlá si no la vieron (yo la vi entera por primera vez hoy). Toda esa sensación (falsa) de que en los sesenta las cosas eran de verdá.

[ Finalmente me curé de mi adicción: el lunes a la noche, en el invierno virtual de 2019, desinstalé y borré el Football Manager de mi disco rígido. Vuelvo a ser un hombre libre, aun cuando me queda la espina de no haber ganado la Copa Libertadores (perdí, dirigiendo a River, las semifinales de la Copa de 2019 contra Boca. Tres días después gané el Clausura de 2019, pero no sirvió de consuelo, y decidí renunciar y retirarme). Tengo tanto tiempo ahora, que no sé qué hacer. Arranqué con un par de libros —qué dura, qué patética y culposa es la lucha libro vs. videojuego por el tiempo de mis neuronas—, habrá referencias al respecto. ]

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