Frío y nada | TP

Mientras el intenso
calentamiento global de los últimos días tiene a los porteños
derretidos sobre enchastres y pegotes varios, los residentes de Nueva
York y aledaños disfrutamos de un insólito invierno benigno: ayer hizo
14 grados; la mínima de hoy, seis. Parece un invierno de Buenos Aires,
ese monstruo al que odiaba en el primario cuando salía de mi casa a las
6.50 de la mañana, pero que ahora, comparativamente y porque nunca más
volvía a despertarme a las 6.50, se ha transformado en un cachorrito
sin colmillos. Más de un taxista me ha dicho: “Frío era el que hacía
cuando yo era pibe. Esto no es nada. Ya no hace más el frío de antes”.
Y yo no quiero repetir lo que dicen los taxistas, porque es algo que
está mal visto y porque además siempre aplico la navaja de Occam en
contra de la nostalgia: si no sé qué opinar sobre un tema y alguien, en
un asado o en un bar o en un mail, me pide una respuesta contundente,
me fijo qué opinan los nostalgiosos y yo encaro para el otro lado. Es
una chiquilinada que, como todas las reglas, puede provocar problemas y
pifias monumentales, pero la mayoría de las veces, debo decirlo, me
deposita en el bando de los buenos o de los cancheros
autorreferenciales…

[ el texto completo, en Los Trabajos Prácticos ]

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