Manu Ginóbili | Brando

En el número de la revista Brando que mañana llegará a los kioscos, esta nota con y sobre Manu Ginóbili, para la que pasé tres días en California el mes pasado.

Tarde inmóvil de domingo en Sacramento, capital de California. En el lobby del Hyatt local, el murmullo de los empleados aguarda a los San Antonio Spurs, cuyo jet privado, según nos avisan por teléfono, ya aterrizó en el aeropuerto. Afuera, un otoño benigno y dorado engaña al visitante, que ve postales en cada esquina pero ningún restaurante abierto: naturaleza muerta. Llega el ómnibus, y un grupo semidormido de hombres de gran escala entra sin entusiasmo. Tim Duncan camina despacio, un poco ajeno a todo, quizá contagiado por la melancolía de la tarde de domingo. Fabricio Oberto aprieta a su mujer contra su axila derecha. Bruce Bowen habla en castellano con su mujer cubana y con su hijo de un año. Manu Ginóbili –chomba negra hasta los muslos, khakis grises– entra último, algo más excitado que los demás.
–Dame un minuto que subo al cuarto y bajo –se excusa.
Manu va hasta una palangana de metal con hielo y bebidas, de la que saca una Gatorade rosada. A su lado, un homeless joven y bajito agarra, del mismo lugar, botellas y paquetes al azar y encara hacia la calle. Manu, divertido, no puede creer el descaro del pequeño saqueador. Dos de los empleados de los Spurs comparten la broma, pero no dicen nada, y dejan ir al barbudo de ojos celestes, que pasa a mi lado evaluando su botín de bebidas energéticas y barras de cereales. Cinco minutos más tarde, Ginóbili baja del ascensor al trote: “Vení por acá, que vamos a estar más tranquilos”, me dice. Caminamos hasta el restaurante del hotel, que está cerrado y en sombras. Manu se desparrama sobre uno de los bancos de cuerina, yo me siento en una silla, a un metro de distancia. La penumbra apenas me deja verlo. Juega con una pelusa de su suéter y no parece sobreactuar nada. “La gente en Argentina me ve como un pibe normal, como el hijo de cual
quier familia”, dirá dentro de un rato. Durante tres días en California, veré a Manu en entrenamientos, en hoteles y en la cancha, contra los Sacramento Kings y los Golden State Warriors, e intentaré descifrar cuánta distancia hay entre el Ginóbili privado, el que se describe a sí mismo como un “pibe normal” al que no le gustan los lujos ni se desvela por las tentaciones de la fama, y el Ginóbili público, la superestrella que gana ocho millones de dólares por año y es una de las figuras principales del mejor equipo de la mejor liga del mundo. No hay mucha distancia, me daré cuenta en estos días: Manu es un millonario que no compra autos, ni ropa, ni relojes; apenas reconoce su debilidad por las computadoras, un vicio financieramente inofensivo. Lo que sí hay es desenfoque: el resto de los mortales vemos en Manu, como en muchos otros ídolos deportivos, sólo lo que queremos ver.

[ El texto completo, acá (pdf con las páginas de la revista, 350KB). ]

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2 comments
  1. pepe said:

    muy linda nota hernaii. me gusta también el formato de tu página, supongo que vendrá del lado de typepad.
    saludos,

  2. Hernanii said:

    gracias pepe. el formato, en efecto, viene de typepad. pero mi html ha mejorado desde entonces, así que por ahí me animo a un rediseño pronto.