Conocí la expresión "echar un polvo" y su significado una noche de, creo, 1987, viendo en ATC Estoy en crisis, una película con José Sacristán que tiene 2,9 puntos en IMDb. Sacristán, separado y en crisis, se pone patético y trata de levantarse a una pendeja hippie-ecologista que, en un momento, en una casa en el campo, le dice, exhausta:

"Bernabé, si lo que quieres es echarte un polvo, venga, hagámoslo ahora",

y se saca la remera y se queda en cueros. Un momento glorioso para mis trece años, cuando la búsqueda de piel en TV era agotadora y casi siempre poco fructífera. Tan glorioso que entendí todo a medias.
    Algún día de la semana siguiente, me sentí listo para compartir mis nuevos conocimientos sobre sexo con algún compañero de colegio. Nuestras conversaciones sobre sexo, en un colegio de varones solos, eran esotéricas a veces y delirantes la mayoría. Saliendo de La Mema, un bar lácteo en downtown San Isidro al que íbamos a almorzar a veces, le dije a uno que, juro, no me acuerdo quién es (Tengo la sensación de que era Tito Sanjurjo, pero para esa época Tito ya se había ido del colegio):
   —Che, ¿sabés cómo se dice ‘coger’ en España?
   —Foshar.
   —No. ‘Polvo’.
   —Echar un polvo —me corrigió.
   —Bueno, no sé. ‘Polvo’, lo vi en una película.
   —’Echar un polvo’ se dice. Y se dice acá. Re común. En España es ‘foshar’.
   —Ah.

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