Antimenemismo jeremíaco | TP

Muchos temas en el día de hoy, como diría Schmidt, y al mismo tiempo
ninguno. Sólo tengo sensaciones, como los futbolistas después de los
partidos o las vedettes antes de los estrenos o los chicos del MST un
sábado a la tarde con pancartas frente a la embajada de USA. ¿Cómo
estará ahora Buenos Aires? Noviembre siempre es un mes en el que me
gustaría estar en Buenos Aires. Pero me dicen que está haciendo
demasiado calor.
    Escena sórdida a propósito, para dar un
poco de pena y otro poco de envidia: estaba la semana pasada en un
motel de plástico en Oakland, que es como la Avellaneda de San
Francisco (California), viendo tele y me puse a ver Hoy y mañana,
película argentina contemporánea de crisis y cosas. La película sigue a
todas partes a una mina que está divina (Antonella Costa), pero que es
insoportable: antipática, amargada, mandona. Pero, como quiere ser
actriz, la están por echar de la casa y decide hacerse puta (¡oh, no!)
para conseguir la guita, entonces la película quiere que pensemos que
es una víctima y que el mundo es malo malo y que Paula, pobre, el
menemismo y todo eso. Paula vive en Palermo y labura en Godoy Cruz, lo
que es bastante incomprensible: no sé qué dice el manual del puterío,
pero supongo que una regla básica es yirar lejos de tu casa y, sobre
todo, lejos de Niceto, a donde vas a bailar tan seguido y a tomar “un
destornishador” que pedís como si estuvieras pidiendo veneno. Anyway,
la película es deprimente, porque es un bajón ella misma (la película
quiere ponerte triste, con martillazos en el dedo chiquito) y porque
basta, viejo, paremos de sufrir. En Oakland los moteles tienen Wi-Fi
gratis entonces salté de la cama y busqué críticas de la película y
fotos de Romina Ricci, que en la película aparece un rato haciendo de
puta-de-clase-media-con-hija pero a propósito y sin culpa. La película,
me entero, no le gustó mucho a nadie, salvo a los perezosos que
tipearon “crisis”, “indecible”, “desesperada” y “fragmentación” y se
fueron a dormir contentos. Hay un gallego, sin embargo, que me hizo
cagar de risa con una palabra que no se la había leído ni siquiera a
Wainfeld –el Wainfeld de hoy no dice “olisquear” ni “ignaro” pero sí “coherentizar”, palabro maderón–, y cuyo párrafo reproduzco a continuación:

“Han
circulado no pocos títulos con la debacle socioeconómica como
trasfondo, causando cierta saturación que haría que, en lugar de hablar
de los argentinos como damnificados, los catalogáramos como individuos
jeremíacos.”

¡Jeremíacos! Gran palabra, con connotaciones bíblicas y todo. Fui al diccionario, y García de la Concha me contestó:

jeremíaco,
ca. (De Jeremías, profeta hebreo del siglo VII a. C., por alusión a sus
célebres trenos o lamentaciones). 1. adj. Que gime o se lamenta con
exceso.

Llorón, bah. Alberto Alcázar, así se llama el hombre, nos acusa
de llorones, y acá en TP, que somos un poco contrera y un poco
vendepatria, vamos a decir: ¡El gallego tiene razón, viejo! ¡Paremos de
sufrir! ¡Y de llorar! ¡Y de echarle la culpa al árbitro! Lo digo de
verdad, pese a que los signos de exclamación puedan parecer irónicos,
como si me estuviera burlando de los pastores evangélicos, tarea
sancionada como aceptable en nuestro manual de disciplina progresista:
está permitido cagarse de risa de los evangélicos, en parte porque
algunos son chorros, pero la mayoría porque son grasas…

[ El texto completo, en Los Trabajos Prácticos ]

2 comments
  1. Catire said:

    Muy bueno lo de Jeremíaco Gordo !!

  2. Martín said:

    Basta de Antimenemismo!!!
    Herni, brillante tu reflexión. Películas como esa porquería que viste se hicieron en cantidades industriales. Como te imaginas, nunca les importó a nadie pero siempre le cayeron como anillo al dedo a mediocres críticos para rasgarse las vestiduras por los “desastres de los ’90”. Ya que estás, preguntales cuando filman la historia de una chica que se prostituye porque no le aumentan el sueldo, la inflación le come todos los ahorros, y el precio de un monoambiente (en dólares) se le hace impagable gracias a nuestro magnífico tipo de cambio, tan conveniente para los que quieren tener algo de su propiedad. La movilidad social descendente de la actualidad no parece preocupar a los cineastas, y menos a los críticos que les chupan las medias