Estoy en Oakland, la hermana fea de San Francisco, del otro lado del puente. La última palabra que dije fue hace seis horas: después compré un libro con una mueca, que quiso ser una sonrisa, compré la entrada del cine en una máquina y, en otra máquina, saqué el boleto del subte que me trajo hace un rato hasta acá. La última persona con la que hablé es Tom James, el jefe de prensa de los Spurs, que me llamó para decirme que el lugar del entrenamiento de mañana es a 30 kilómetros de donde me había dicho antes. Otra mueca: me estoy quedando en este motel feo y bordó, en esta ciudad inodora, en parte porque queda cerca del Oakland Coliseum, el escenario inicial.
    No sé qué hacer con la fealdad. Porque me pone. Si ahora, hoy, después de caminar estas calles otra vez vacías, con carteles chinos y talleres mecánicos en quiebra,  tuviera que elegir entre una playa de estacionamiento de Oakland y una callejuela bucólica que baja en zigzag las barrancas de —por decir un lugar común de la pulsión por el medioevo— Segovia, elijo este páramo y sus fracasos, aun temiendo caer en la caricatura del pibe de American Beauty que filmaba aquellas bolsas en el aire.
    En el cine, en San Francisco, un viejo sentado en la fila de adelante —éramos cuatro en la sala— tosía sin parar. Vi Ellie Parker, película que se olvidará pronto pero que tiene a Naomi Watts en el 90% de las tomas. Hacía tiempo que no iba al cine solo, y volvió a gustarme: escuchar mis pasos en la vereda después, a la salida, como si todavía estuviera adentro de la película; ese placentero y autoindulgente zumbido de irrealidad. En esos minutos tiernos, uno se siente mejor de lo que en realidad es. Para eso sirve ir al cine solo: por esos minutos hasta la esquina, la taciturna espera del semáforo, uno y el universo.
    Hice tiempo en una librería setentosa de gran nombre (A clean well-lighted place for books) y dueña, me acabo de enterar, del codiciado dominio bookstore.com. Me compré un librito sobre Susan Sontag y Pauline Kael, críticas mujeres y contemporáneas, las dos judías, las dos madres solteras; una puritana, seria, académica y perfecta (Sontag) y otra peleadora, vulgar a propósito, personal e irritante (Kael). De las 25 páginas que leí, creo que me quedo con Kael —que si quiero, o si puedo, ser una de las dos, prefiero, tendré que, ser Kael—, pero sospecho que el autor también —"I admire Sontag, but I love Kael", dice el chabón— y es posible que esté siendo engañado por un libro adorable y pizpireto.

3 comments
  1. Rodrigo said:

    Pues no te olvides de pasarte a San Francisco, aunque sea una noche. Podrías comprobar si el barrio The Mission sigue entre los preferidos por los trendies del lugar, esta zona era la elegida para vivir por latinoamericanos y lesbianas (ya sé una mezcla explosiva), pero está lleno de bares donde beber buenos cócteles (la gente se sienta sola y se puede tener una conversación sin problemas con el de al lado) y observar a la fauna de esta ciudad-paraíso de pecadores, o por lo menos era así en 1997.

  2. Iñaky said:

    Querido y taciturno amigo desconocido, I ain’t got no home, ain’t got no shoes
    Ain’t got no money, ain’t got no class
    Ain’t got no skirts, ain’t got no sweater
    Ain’t got no perfume, ain’t got no bed
    Ain’t got no mind… pero I’ve got life , I’ve got my freedom!
    Café en Sausalito y todo volverá a su ser.
    Saludos desde Madrid.

  3. Hernanii said:

    colegas, gracias por las recomendaciones y por nina simone, pero ya estoy de vuelta en el bajo cero de noo yawk. en el tajo.