Jueves a la
noche, fútbol en el East River Park. Cero grados. Cuartos de final de Urban
Soccer, un campeonato con buena fama pero equipos regulares (somos Florentia). El árbitro,
gordito, salvadoreño, camiseta amarilla y negra, parece una abeja. Son las
nueve: río negro a un costado; autopista y ciudad del otro. Nuestros rivales:
americanos rozagantes, saludables como caballos, en sus primeros empleos
después del MBA, endeudados con sus universidades. Juegan como
los americanos: higiénicos, funcionarios; se pasan la pelota con corrección y
burocracia, industriosos para correr y sacrificarse por el equipo. Los primeros
cinco minutos siempre parece que te van a pasar por arriba; casi nunca pasa.
Trabo yo, que juego sin canilleras y llego tarde a los cruces, y robo
pelotas. Ellos juegan en silencio, susurrándose mensajes de apoyo. Nosotros
tenemos en el fondo a Maurizio, fotógrafo
italiano, bajito y ladino, un Joe Dalton: caga a patadas a todo el mundo,
insulta al árbitro y a sus compañeros, pero juega bien. Es rápido, y un soldado
táctico: no pierde la posición, no gambetea y mueve al resto del equipo como
con joystick; como si tuviera una misión.
    La cancha
es larga y angosta, seis contra seis, con unos arquitos más chicos que los de
hockey. Primer tiempo cero a cero: boqueo en el descanso como Diego post-1995; las manos en los riñones, la boca abierta
y los ojos achinados, ardiendo los pulmones en cada respiración. En el segundo
tiempo me pongo guantes, como colombiano en el Monumental. Mi tarea es tener
la pelota: el césped, un sintético esponjoso y amable, deja hacer: toco de
primera, saco el culo contra mi marcador, hago un amague y la paso para atrás.
Correr no puedo: estoy en sótano físico, y bajando; el frío lo pone más
difícil. Un ataque de valor y me tiro al suelo: foul. Está prohibido arrojarse;
festejo, porque nunca fui de ir al suelo.
    Bisagra en
el partido. Ellos cometen el error de tirar un corner al voleo, como en un once
contra once, falla de improvisados; la descuelga el arquero y me la da.
Salgo a toda velocidad –velocidad moderada, diría un amigo en una anécdota
famosa—, sintiendo la presión de no hacer macanas. Dos contra dos. Se acerca
un galgo desde la izquierda; Pablo pica hacia el área,
seguido con tristeza por el larguísimo defensor, que no sabe si ir con él o
cerrarme el paso. Temo lo peor: no veo soluciones fáciles. En los últimos años, mi único aporte al fútbol
ha sido entregar pases de gol, tarea valorable que he cumplido con algún éxito,
pero que resulta insuficiente si desperdicio oportunidades como ésta. Allí voy,
cegado, como en un túnel, escuchando mi respiración y las voces en mi cabeza:
no dés un pase de compromiso; esto tiene que ser gol. Mi marcador, un fideo
Asian-American, más cerca; Pablo se va, sacudiendo la mano izquierda; Maurizio
pega un alarido desde el fondo que no entiendo. Desacelero. Momentos de gran
tensión: siento el temblor físico del Asian-American a un metro, y pierdo por un
segundo el control de la pelota, lo que me desespera. Temo que, si bajo la
vista para recuperarla, después no tendré tiempo de levantar la cabeza y
entender el paisaje. De golpe, una intuición; una orden inexplicable de mi
cerebro, comodidad con una vida entera jugando al fútbol. El defensor que iba
con Pablo frena, me mira: es el momento. Un chorro de
euforia me llena el pecho aún antes de cualquier movimiento: sólo la alegría
pre-racional de que algo bueno es inminente. La pelota me había quedado pegada
al tobillo derecho, por lo que tengo que hacer el pase con efecto, para que no se me
choquen los talones, casi como con top. La bola va bien, traccionando con
piques mínimos: pasa firme junto al pie derecho del defensor –allí está
su peso, no puede hacer nada–, pierde potencia y le llega a Pablo medio metro
delante. Ahora tiene que hacer el gol, que no es fácil, con los arcos pequeños
y los arqueros del torneo bastante buenos. Ahí va. Del rubio ahora sólo veo el culo, girando
desesperado. Pablo tira cruzado de zurda, con el pie
entero, más ganas de penetrar que de colocar; un disparo adulto, sin firulete
narcisista ni brutalidad al bulto. Veo el manotazo del arquero, su chasquido, y por un
segundo no sé dónde está aterrizando la pelota. En estas décimas se juegan mi
credibilidad y mis futuras convocatorias al equipo, en el que juego mi tercer
partido después de una performance digna (seis puntos) en un partido que
ganamos y otra mala (cuatro puntos) en uno que perdimos por mucho. Llega
finalmente el ronroneo sintético de la pelota bajando por la red. Pablo
festeja, la abejita señala la mitad de la cancha y yo respiro. Siento más
alivio que alegría: pospongo mi retiro.
    Ahora,
anuncia Maurizio: catenaccio. El 2-2-1 (ocupando yo el ‘1’ de delantero, para
no ocasionar problemas defensivos) se transforma en un
3-2-0. Los minutos pasan sin zozobra. En un momento mando un pase treinta
metros hacia atrás. Hago siempre la misma: me la pasan, la tengo un segundo y
se la tiro a Giovanni o a Maurizio, como Rocchia o Fantaguzzi en el Ferro en
los ochenta. Los italianos nunca putean un pase atrás. No pateamos más al arco;
ellos tampoco. Los americanos terminaron terceros en la liguilla y nosotros
sextos, pero en este país obsesionado con los playoffs, con jugarse las cosas a
todo o nada, nos dan una segunda oportunidad. Ahí está; terminó: ganamos. Sale
vapor de mi cuerpo. Los italianos están chochos: para ellos ganar 1-0 es la
perfección del fútbol. Contamos anécdotas del partido, saludamos a los rivales,
que no parecen desilusionados, caminamos hacia la FDR Drive. Los tanos se ponen kilogramos de abrigo y suben a sus Vespas. Yo me levanto la capucha del buzo y
camino entre los Housing Projects para tomarme el 21, un bondi, vehículo con
mala prensa en esta ciudad, para parias o distraídos. Que frío que hace. Se me
va secando el pelo; me duele el cráneo como si fuera de aluminio. En la campera
transpirada tengo ‘Vivir afuera’. Ahí viene el bondi.

6 comments
  1. ea said:

    muy bueno, viejo!!!

  2. nico c said:

    enorme gordo. gran gol y mejor relato. ¿segurola? un poroto.

  3. jx said:

    un placer y para nada moderado!

  4. ea said:

    lástima lo de “vivir afuera”…

  5. sl said:

    cuál es la lástima, ea?

  6. ea said:

    tiene usted razón, sl. nada de lástima.