Mi progresismo urbanístico, sacudido

Tenía que sacarme el otro día unas fotos carnet para los trámites migratorios. Como hombre criado en la ciudad tradicional, me dirigí entonces hacia Stark, la "casa de fotos" del barrio. Adentro, el local emitía todas las señales del comercio independiente: el desorden provocado y permitido por el trabajo del día a día, una penumbra inexplicable, cierto exceso de personal, sobre todo de sobrinos e hijos de vecinos. Me atendió el dueño, un gordo con apenas dos arbustitos de pelo encima de las orejas y unos ojos mezquinos y cansados. Le pregunté cuánto me costaba sacarme las seis passport photos que necesitaba. El hombre golpeó las teclas de una calculadora ochentosa —grande como un libro, panel solar, teclas ruidosas— y me contestó: "Errr, around 38 bucks". Me molestó el "around" —¿Cómo que "around"? Dígame el precio exacto!", pensé pero no dije— pero sobre todo me mataron los 38 dólares, cifra muy por encima de lo que estaba dispuesto a pagar. Soy muy malo regateando, nunca lo hice en mi vida y tengo decenas de anécdotas vergonzantes al respecto, como cuando en Tánger accedí a comprar unos bongós por 30 dólares y, cuando estaba pagando, el pibito vendedor me dice "No, dejá, dame veinte" y su amigo, un minuto más tarde, camino al ferry, viene y me dice "Los podrías haber sacado por cinco". Sin embargo, por alguna razón, frente a aquel comerciante grasoso y malvado dije el otro día "Voy a dar una vuelta y vuelvo". El tipo instantáneamente respondió "Te puedo hacer un 10% de descuento, eso sería —tanc, tanc, tanc: sus dedos como chorizos contra las teclas— treinta y tres con ochenta". "Bueno, gracias, me fijo", y caminé hacia la puerta. Cuando puse la mano en el picaporte, escuché: "¡Veintisiete!"
    A la vuelta de Stark, en Bleecker y Grove, está Howard’s Mailboxes, otro local de barrio que usamos para mandar cartas o redireccionar nuestro correo cuando nos vamos de vacaciones. Fedexeé un libro a México y después les pregunté a Howard y sus empleados dónde podía sacarme las fotos carnet. "En Stark", me contestaron todos. "O en CVS", acotó desde el fondo uno de los pibes de Howard. "¿En CVS? ¿Te parece?", contesté, intentando no dejar salir mi arrogancia urbanística. Nosotros vamos muy poco a CVS, una cadena de hiper-farmacias de aspecto berretón, como un Farmacity pobre. Vamos poco a CVS como vamos poco (nada) a Dunkin’ Donuts o cualquier otra de esas cadenas "sin alma" que rompen la textura del barrio: nosotros, urbanitas comprometidos, (casi) sólo compramos en negocios locales. El CVS cerca de casa está pared con pared con Stark, sobre Christopher a diez metros de la Séptima Avenida. Entré, pedí sacarme las fotos, vino una negrita pizpireta con una cámara digital, bajamos una pantalla blanca justo frente a la heladera de Häagen-Dazs, hicimos clic y a los dos minutos, con un kioskito-impresora de Kodak, tenía 16 copias de mi careto apenas despeinado por la módica suma de 7,98 dólares. Me quedé pensando, por supuesto: uno trata de favorecer la vida de las ciudades, que no se conviertan en estacionamientos e hipermercados, de mantener y enriquecer su musculatura, sus redes, con negocios locales, plazas, sin torres… Pero así se hace muy difícil: 30 dólares por seis fotos contra 8 dólares por 16 fotos es una diferencia de precio demasiado grande. Dicen que un conservador es un progresista después de haber sido asaltado. Bueno, la ineficiencia de Stark está haciendo temblequear mi histórico y muy analizado progresismo urbanístico (o urbanismo progresista). Quizás en el fondo lo que queremos es comprar barato. Snif.

1 comment
  1. Una cosa es ayudar a los negocios del barrio y otra cosa es dejarte jinetear. Hiciste bien. No sé si viviendo en NYC tendrás coche, pero deseo que no tengas que caer nunca en las garras de un mecánico de acá (que no son los de allá y los que para mi son verdaderos mecánicos que “arreglan” algo roto y no se dedican a cambiar piezas…), ahí vas a saber lo que es una jineteada… :-)
    Luis