Anoche, en el Chinese Bus, entre New York y Boston, sin poder dormir. Revolcándome en mi lugar, queriendo decirles a las minitas del asiento de atrás que por favor se callen, por lo menos un ratito, pero sin animarme.  Paramos a comer en el medio del continuo suburbano, algún paraje de Connecticut, en un Roy Rogers, un fast-food Clase B, como el que hace enojar a Michael Douglas en Un día de furia. Comemos patys y una coca. Volvemos al bondi, donde los estudiantes y los chinos que son su clientela principal —el viaje del Chinatown de New York al Chinatown de Boston cuesta 15 dólares— dormitan, aun a pesar de la música que, caminando por el pasillo silencioso, escuchamos salir de sus orejas y sus iPods. En Boston; es la una de la mañana y tomamos el último subte hasta Porter, una después de Harvard Square. Bajamos. Caminamos las cinco cuadras hasta lo de Ben. Arrastrando los pies bajo la llovizna tibia.

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