Esta mañana perdí el celular, por sexta vez en mi vida. Estuve llamando después, pero siempre me atendía mi propia voz, a veces después de sonar y otras directamente: es odiosa la voz de uno mismo cuando el teléfono lo tiene otro. Esta vez lo perdí en un lugar cerrado, entre medio de veinte personas que, como yo, esperábamos para hacernos el examen médico para la grincard en una descascarada y chiquita clínica en el borde de Chinatown. Una de ellas se llevó el teléfono. Miré al ghanés Kofi Okon —sintagma de diario deportivo: "el Olympique ganó con un gol del ghanés Kofi Okon y otro del senegalés…"—, a quien espié garabatear su nombre en el formulario, pero no parecía nervioso. La familia guyana —los primeros guyanos de mi vida; de etnia india (de la India, no aborígenes); el doctor Blau les devolvió los formularios y les pidió los completaran "en alfabeto occidental"— jugueteaba en mi ex asiento, y buscaron con ganas, sin encontrar el aparato. Audrey Rojas, dominicana de 16 años (todo redondo: ojos, cara, boca, papada, caderas; lo digo como piropo), negó tenerlo. El doctor Blau, un tipo dicharachero que por momentos me caía bien pero después se parecía demasiado al médico de los Simpson, dice en un momento: "Voy a llamar al número del celular de él. Si alguno tiene el teléfono metido en el bolsillo, que lo saque ahora, se haga el gil y lo deje en el piso. Estoy marcando, ¡está llamando!" Pero atiende mi contestador. Blau, el más barato de los 15 médicos que llamé de una lista de 100 que están autorizados a hacer el examen, no parece demasiado preocupado, y ahora empieza a dudar de mí: "¿Seguro que lo trajiste?" La historia de mi vida. "Sí, sí. Hablé con mi mujer [primera mención pública no-irónica de I. como ‘wife’] y después me lo puse abajo de la pierna. Cuando me llamaron para el test de HIV me levanté y lo dejé ahí. Y ahora [cuarenta minutos después] no está". Mi candidato más fuerte es un enano sudafricano de nueve años, James Berry, rubio, pecoso, diabólico, con la camiseta del japonés Matsui de los Yankees, que ya se había ido, junto con su sufrida madre lectora de Stephen King.
    Es la segunda vez en mi vida, además, que un teléfono me dura menos de diez días. Este me lo había comprado el domingo pasado y era una cosita antiestética, sin marca ni lujos y bastante difícil de usar, pero también el más barato para los boludos sin seguro. La vez anterior había sido en 2001, en una sucesión algo patética: en ambas ocasiones me dejé el Star-Tak digital en un taxi no-radio-taxi en la puerta de mi casa cerca de las cuatro de la mañana de un día de semana; las dos veces estaba bastante borracho y las dos veces, separadas por muy pocos días, volvía de salir con la misma mujer, que insistía en no darme pelota. Imagínense mi sensación de fracaso en aquel ascensor de la calle Arenales, contra cuyo espejo medía cabezazos sobreactuados: dos veces rechazado sexualmente e incapaz de cumplir un mínimo requisito de orden mental. Afuera había corralito, pero yo tenía otros problemas.

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