No quería quitarles protagonismo a las fotos que están más abajo, pero algún día tenía que volver a postear: feísimo ejemplo estaría dando si el cambio de estado civil me congela el blog u otras partes. Estuvo Pedro madrileño el fin de semana, con su melancolía binacional y su sonrisa de ecografía. Paseamos, jugamos al fútbol —le di las dos asistencias, casi lo único que aún puedo hacer sobre el bizcochuelo astroturf de Chinatown, de sus dos buenos goles— y mitigamos, tratando de no quejarnos, la soledad de posprogresistas. Pedro, de Izquierda Unida a la nada, a este aire incómodo de incomprensión y mezquindad. Después del partido, tomando un Gatorade turquesa y todavía transpirando, le escuché decir: "El Mundo no es un diario de derechas", a Tomás, un argentino con canilleras y buenos pulmones. Me consultaron. Empecé mi respuesta con "Bueno…", pero sin ganas. Cómo cansa dar siempre una respuesta con matices. Lo mejor de las ideologías es el refugio, como con los clubes o los sindicatos, y el archivo de respuestas fáciles. Pero cómo seguir con aquellos compañeros de viaje y esos lugares comunes.
     El domingo, primer día de pulovercito. Saqué las medias de una caja de zapatos y las puse a la vista. Guardé las Havaianas.

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