Cosas que estuve leyendo /2

Libros que
compré:
The Blank Slate, Steve Pinker.
Holidays on Ice, David Sedaris.
Disgrace, JM Coetzee.
The Fortress of Solitude, Jonathan Lethem.
The New New Journalism, Robert S. Boynton.

Libros que leí:
Atonement, de Ian McEwan.
Holidays On Ice, de David Sedaris.
The New New Journalism, Robert S. Boynton (25%)

La agente Duró le preguntó una vez a Sledge Martillo Hammer cuál era su libro favorito, y Sledge le contestó: "La Guerra y la Paz. La primera parte". Me acordé de Martillo Hammer estos días no porque la estuvieran repitiendo por televisión sino porque mientras leía Atonement, de Ian McEwan, me di cuenta de que me aburrían mucho las partes sobre la guerra, todo lo contrario que el detective peor doblado de la historia de la TV. Nunca tuve mucha pasión por los libros o las películas de guerra, y las casi cien páginas de Robbie Turner caminando por el norte de Francia, de vuelta a Inglaterra huyendo de los nazis, se me hicieron un poco largas. Eso no quita, querido amigo Nico C., que no me haya parecido un libro buenísimo, extraordinariamente bien escrito: pocas veces he sentido como en Atonement el placer de saborear los párrafos, verlos crecer con elegancia y con precisión, explotando en imágenes e ideas perfectas, sin exageraciones y escondiendo bien las muletas y los trucos. En un momento, Briony, una de las protagonistas, camina varios kilómetros por una Londres vacía a la que le han quitado todas las señales de tráfico y los nombres de la calles, para despistar a los alemanes que supuestamente están a punto de invadir: son treinta páginas conmovedoras. Quiero decir algo sobre los libros susurrantes: en general me gustan los libros que me hablan en voz alta, o que conversan como en una sobremesa. Y Atonement por momentos habla muy bajito, con descripciones perfectas —el amor de McEwan por el detalle es entrañable— pero que, por lo menos para mí, están demasiado cerca de callarse del todo. Pero me gustó. Tengo la sensación de que McEwan quiso probarle a alguien que podía ser un autor-de-lenguaje, whatever that is, y que lo consiguió, pero que no es su verdadero yo.
   El que nunca desilusiona es David Sedaris, de quien ya me leí todos sus libros menos uno, y que es uno de los escritores más graciosos que he leído en mi vida. El único género que cultiva Sedaris es el de las memorias humorísticas, en algún lugar entre Daniel Link y Roberto Fontanarrosa (Daniel Link escribiendo como Fontanarrosa, o bien, Fontanarrosa contando su vida como si fuera gay, mordernillo y amante de la cultura pop). Hoy, leyendo en Sheridan Square y bebiendo mi Iced Latté entre borrachos y dementes que se mean encima —la población habitual de la plaza—, me reí varias veces en voz alta.
A The New New Journalism no le dediqué demasiado tiempo, pese a ser un regalo de I. (uno debe esforzar más con los regalos, lo sé). El libro son entrevistas a 19 escritores-periodistas de libros de no ficción, que cuentan cuáles son sus rutinas de laburo, cómo encuentran una historia, de qué hora hasta qué hora escriben. Me molestó la introducción, en la que destroza a Tom Wolfe y al nuevo periodismo de los sesenta, acusándolos de "poco militantes", y hace una advocación del periodismo de denuncia, que, como argentino sometido a sobredosis de denuncias periodísticas, me aburrió instantáneamente.  Las entrevistas no están mal, pero a veces son demasiados domésticas y muuuuy somos-unos-fenómenos.
Pasemos a los libros que compré, categoría que, como expliqué en el número uno de esta sección, están mucho más determinados por las mesas de ofertas a la calle de la librería de mi barrio que por un ordenado programa de lectura. Todo el mundo, incluido Fresán, pero también muchos otros, como Nick Hornby, recomiendan vivamente The Fortress of Solitude. Entonces me lo compré, pese a sus 500 páginas: en general me gustan las novelas de educación sentimental-pop, así que probablemente la encare próximamente. Compré Disgrace porque en algún lado leí un ranking de los mejores libros sobre Sudáfrica y éste estaba primero. Nunca tuve un interés especial por Sudáfrica, pero a los dos días vi el libro en la Biography Bookstore a $ 5,98 y, chung, me lo compré. The Blank Slate, por el contrario, aunque también lo agarré de la misma mesa de ofertas, hace tiempo que estaba con ganas de buscarlo, sobre todo desde las recomendaciones de Arcadi Espada y Javier Sampedro. Espero de The Blank Slate, un libro sobre neurolingüística (a la mierda), que me ayude en mi búsqueda por despejar la paja sanatera, casi siempre moral, sobre cómo somos los seres humanos, y me aporte la dureza científica que necesito para rebatir a los inmovilistas.

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