El verano ha decidido darnos una última semana de regalo y así pasamos otra siesta de domingo, hoy en Central Park, en posición horizontal, leyendo nuestros libros, comiendo bananas y dejándonos derrotar por la presión de la gravedad y el sueño sobre nuestras cabezas, derrumbándonos sobre la manta de motivos marroquíes y dormitando sin babear y sin hacer caso a los gritos de los pocos niños, los clandestinos vendedores ambulantes, los gemidos secos de los danzarines jugadores de frisbee. El pasto está húmedo y el cielo, sin nubes: la luz, las risas rutinarias de las familias, los mimos de las parejas en panza y celulitis, la integrada comodidad en el espacio público; Nueva York me hace acordar hoy a los primeros minutos de las películas de catástrofes, donde se exagera hasta el ridículo la perfección del sistema pero uno sabe que algo malo está por pasar. Por cada diez frisbees hay tres pelotas de fútbol americano, una de béisbol, una de fútbol y medio coso de badminton, entre ellos el nuestro: I. compró raquetas y birdies, porque le hacen acordar a sus veranos de dacha en Rusia, e intentamos pelotear, con no poca torpeza al principio, descalzos y a la sombra, pero encontrado después algo de ritmo y el placer de pegarle al pajarito con furia y en el centro de la raqueta, smashes hacia el cielo llenos de concentración y una pequeña magia estética. Desperdiciamos el resto de la tarde, ya en casa, jugando al Sudoku por Internet y viendo Criaturas celestiales.

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