Alberto Manguel, escritor argentino-canadiense de proyección planetaria —parte del grupete de meta-escritores meta-literarios meta-todo cuyos otros grossos representantes castellanos son Piglia y el gravísimo Vila-Matas—, vuelve a usar a los pobres best-sellers para darse lustre a sí mismo, comportamiento que me indigna por vil y facilón. Dice Manguel en El Mundo:

“Los best-sellers son al libro lo que el McDonald’s al bistec Chateaubriand”,

siendo el bistec Chateaubriand un bife de lomo a la parrilla, seguramente muy bueno, que inventó un francés hace un tiempo.
     Lo que Manguel quiere decir, en realidad, es que sus propios libros, al no ser best-sellers —ni por sus intenciones ni por sus resultados—, son entonces bistecs de estos tan buenos y tan caros. Más aún, Manguel quiere poner a salvo a toda la cultura seria y pedir protección, a la manera de la comida orgánica: el placer delicado de nuestros libros; lejos de esa grasa de melodramas y conspiraciones: cerca de los palacios, lejos de la calle. Luchemos, oh castigados seguidores de este blog, contra Manguel y todos los que piensan que, si los libros fueran comida, sólo deberían costar 60 euros por plato y tener tres estrellas Michelin. Hay libros fideos-con-tuco maravillosos, asados en parrillitas de vereda, novelas como milanesas napolitanas, desayunos ejecutivos con cuatro cuentos y un poema, pastillas de menta que se tragan como haikus helados: todos ellos, Manguel, con la espontaneidad y la vibración de las que carece tu solomillo de ternera, que podrá estar muy bueno pero al que, estarás de acuerdo conmigo, es imposible pagar todos los días. Hacete amigo de las milanesas, Manguel, no tengas miedo: yo sólo escribo milanesas.

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