Siesta de domingo, una de las últimas del verano, acostados en el pasto sintético de un parque sobre el Hudson. Al lado nuestro, matrimonios cuarentones enseñan yoga a sus hijos únicos preescolares; hombres en cuero hacen ejercicio frente a la tribuna: casi todos, incluyendo a los pocos no gays, tienen menos panza y más hombros que yo, aunque menos pelo. Dos mujeres asiáticas juegan al frisbee descalzas y en jeans feos, y se ríen de sus errores. Todos los demás las miramos y sonreímos, porque nos cae bien su torpeza algo provinciana y porque no entendemos lo que dicen. Tratamos de leer, pero el día es demasiado agradable; hay ingenuidad en el aire, un optimismo rutinario. Escucho y veo pasar a mi lado a un argentino de 60 años, en bermudas y zapatos náuticos, que habla por teléfono y acaricia la baranda que da sobre el río. Está dando instrucciones, pero lo hace con amabilidad, hasta que se enoja. A las seis volvemos a casa. Chequeo los resultados de los partidos de fúbol. Comemos pescado.

2 comments
  1. paula said:

    esto dónde es la ingenuidad agradable? en central park?
    belio verano, vuelve!

  2. fuenkas said:

    me gusta la imagen que has descrito