Martes. Vuelo México-New York. De los 40 asientos más cercanos al mío —ni ventana ni pasillo, embutido entre un viejo de 100 kilos y un adolescente latino hiphopero con camiseta y gorro de los New Jersey Nets— por lo menos 15 están ocupados por seres humanos menores de ocho años, de los cuales cuatro o cinco tienen menos de un año. Reconozco que nunca fui un baby guy, pero sobre todo nunca fui un baby guy en aviones, donde me vuelven loco y no entiendo por qué no es un problema de relevancia mundial. Poco después de despegar, la señora sentada delante mío, que ya había vuelto loco a todo el mundo con decenas de cajas y carritos que no entraban en ningún lado, desnudó a su nieto, le limpió el culo y le puso un pañal nuevo. Calculo que unas treinta personas estuvimos oliendo a mierda de bebé durante media hora, pero a nadie pareció molestarle. La misma señora, que había puesto debajo de su asiento una bolsa con no sé que cosas muy duras, que limitaban seriamente el movimiento de mis pies, empezó después a cantarle al nieto, que respondía con gritos agudos y afilados. El viejo de al lado y yo, que tratábamos de dormir, nos despertábamos aterrorizados cada vez que el bebé gritaba o, como ocurría en una de cada tres veces, se ponía a llorar. En un momento, la señora le dio al bebé el envoltorio metálico de un alfajor o similar, para que juguetee. Crrac, crrac, hacía el divertido infante con su puño: el ruido, para los que queríamos dormir o hacer cualquier otra cosa, era insoportable. Tomé coraje y le dije: "Señora, por favor, el ruido es insoportable". "¿Y que quieres, que llore? ¿Quieres que llore?", me patoteó. No contesté, rendido a la supuesta lógica del argumento, pero lo insólito es que el pibito al rato empezó a llorar sin parar. Mis ojos se cruzaron con los de la madre adolescente del enano e hija de la bruja, que se da vuelta y me mira: "Ahora hay que dejarlo llorar, porque si no se acostumbra y se malcría". En general soy bastante cobarde para responder estas cosas en público —imagino las discusiones en mi cabeza, elaboro grandes frases que después siempre me callo—, pero esta vez estaba realmente cansado: "Señora, ¿no puede interrumpir la crianza de su nieto durante cinco horas? Digo, somos muchos en el avión". La respuesta me mató: "Qué malvado eres". Justo en ese momento, en el que además la banda de hermanitos al otro lado del pasillo jugaban a la lucha libre y se tiraban las alomohadillas por la cabeza, apareció la azafata, que, supuse, había estado observando nuestra conversación. "¿Algún problema?", preguntó. Yo no dije nada, pero la señora contestó, con tono compungido: "Al señor le molesta el bebito". Gran respuesta. La azafata me miró como si yo fuera un asesino de recién nacidos y se fue. Me maltrató todo el resto del viaje: me habían dado unos auriculares sin el acolchado de gomaespuma, que me estaban lijando las orejas –tampoco me perdía mucho: las películas eran The Pacifier y Criminal, la remake de Nuevas Reinas, pero ante la imposibilidad de dormir o leer lo único que me quedaba era hundirme en  las películas y vegetar hasta JFK–, le pedí si me podía traer otros auriculares, cosa que nunca hizo. La señora  de adelante volvió a cambiar el bebé en medio del avión, el olor a caca de bebé volvió a esparcirse por el último tercio del 737 de Mexicana —uno podía adivinar, sólo por el olor, que el compuesto era amarillento y semilíquido— y, otra vez, nadie se dio por enterado. Ya en New York, la abuela bruja ocupó el pasillo durante diez minutos, mientras acomodaba todos sus bártulos y los boludos de las últimas cuatro filas perdíamos valiosísimos puestos en la fila de cien metros de Migraciones.
Moraleja: los padres de bebés tienen que estar dispuestos a sufrir durante los viajes en avión, y su primera prioridad tiene que ser que se callen la boca, aún cuando las azafatas sean pro-bebés y se acerquen a cada rato a juguetear con ellos. Es un comentario de amargado, I know, y que si tengo hijos probablemente cambiaré de opinión, pero no me importa. Hay que arrinconar a los infantes y sus padres en una punta de los aviones, como hacían antes con los fumadores, para que se jodan y se contagien los olores entre ellos.

4 comments
  1. sl said:

    lo lamento, estoy con la madre y la abuela

  2. calixto said:

    estoy con ambos, debido a mi situación partida en el asunto: no soporto niños ajenos pero bancate al mío. igual sé de primera fuente que viajar con hijos es terrible y que hay madres que solicitan “lugares especiales” y que nadie les da bola. m, por caso, tuvo la suerte de regresar de ticolandia en vuelo con dos de disney channel y trataron de entretener a f.

  3. lola said:

    QUÉ MALVADO ERES.

  4. Hernanii said:

    Sabía que iba a ser un post impopular, pero me debo a mi causa de concientización: hay padres y madres que abusan de la amabilidad y la timidez ajenas.