Cosas que estuve leyendo /1

Libros que
compré:

Atonement, Ian McEwan.
The Black Veil, Rick Moody.
Tha Art of Travel, Alain de Botton.
The Art of Non-Fiction, Ayn Rand.

Libros que
leí:
The Art of
Travel,
Alain de Botton (poco más de la mitad)
Crítica de
las ideas políticas argentinas,
J. J. Sebreli.
El Pasado,

Alan Pauls.

Tengo una explicación sobre por qué compro tantos libros en inglés y después
leo más o menos: a tres cuadras de mi casa está la Biography Bookstore, una
librería de barrio que tiene muchas biografías pero también libros de todo
tipo, y lo mejor son las mesas de afuera, donde amontonan libros semi-viejos
pero sin usar (los que devuelven las cadenas más grandes) y que ellos venden a
seis, siete u ocho dólares. Frente a esas mesas, por las que paso y me quedo
unos minutos por lo menos cuatro veces por semana, siento el placer de
encontrarme con libros que no conozco, o que conozco apenas, y la excitación de
la falta de opciones: la sensación de que alguien te está guiando, de que el océano
interminable de libros sin leer se recorta a estos cien que tengo enfrente.
Porque son baratos y porque son bonitos –casi todos de tapa dura, con las
ediciones originales: como decía un profesor de diseño de interiores de I.:
“Only hardcovers make handsome home libraries”–, la cosa es que la mitad de
las veces que freno en Biography Bookstore me llevo algún libro a casa,
sabiendo que estoy acumulando a un ritmo imposible de leer y sabiendo que
tampoco me importa mucho.

Como no soy
nacionalista ni ideológicamente católico, el libro de Sebreli –tenía un poco de
vergüenza de citarlo en público, por suerte se me adelantó hoy Santiago
Llach
—aporta centenares de sablazos para los que en el último siglo se llenaron
la boca de pavadas y que hoy se ve claramente que eran indefendibles. Una parte
de la visión de Sebreli es refrescante: los argentinos nunca fuimos gran cosa, dice.
Tuvimos ojete un tiempo, y después no: y nosotros siempre confundidos [Nota personal: leer más sobre Juan B. Justo.] El
libro, sin embargo, está escrito en medio del fervor lopezmurphyista de
Sebreli, del que ahora reniega, lo que lo lleva a calificar de populista a
cualquiera que diga “pueblo” o que proponga un subsidio de dos pesos con cincuenta. El
capítulo sobre la izquierda esta muy bueno [¿Por qué hasta Perón tuvimos una izquierda moderna, cosmopolita, macanuda, y después estas excitaciones oscurantistas, irracionales y reaccionarias que aún sufrimos? Sebreli dice que es culpa de Perón y de la URSS]. Me resulta incomprensible, sin
embargo, la cantidad de erratas. Hay algunos nombres que están mal escritos
muchas veces, y la puntuación es notablemente caprichosa: alguien en
Sudamericana debería enseñarle a Sebreli dónde está la tecla de los dos puntos
(:), que el autodidacta ensayista ex-todo siempre reemplaza por comas y uno
no sabe cómo respirar.

Compré Atonement
porque mi amigo Nico C. siempre dice que es uno de los mejores libros que leyó
en su vida, calificación que comparte la mayoría de la crítica local. Al de
Moody, de quien sólo leí La Tormenta de Hielo después de ver la película,
llegué por esta recomendación de Fresán en Letras Libres (hay que registrarse); el de Ayn Rand lo agarré por un impulso del momento, porque costaba $ 4,98 plus tax y porque ya compré ahí varios
libros de ensayos de escritores sobre qué, cómo y por qué escribir (de Martin
Amis, de Norman Mailer, de Henry Miller).

Me interesé
en Alain de Botton porque le hice una entrevista hace algunas semanas sobre un
libro que escribió sobre el status y la meritocracia, y me choqué con The Art
of Travel en Biography Bookstore. Pensaba encontrarme con una disección de la
industria del turismo, de cómo viajamos hoy, por qué la gente de derecha no
reniega del término “turista” y los progres culturales decimos que somos “viajeros”: un
insight demoledor, un poco al estilo Houellebecq, de que ya no se puede viajar,
de que está todo visto, de que es casi lo mismo quedarse en casa con el Discovery
Channel y el Daiquiri de frambuesa en lata comprado en el supermercado. Un poco de eso
había, pero lo que más había era una colección de ensayos semi-eruditos sobre
diarios de viajes de hace cientos de años, interesantes un rato (especialmente,
Flaubert en Egipto) y soberanamente embolantes después, sobre todo la relación
de la poesía de Wordsworth con sus colinas vecinas del norte de Inglaterra. Lo
dejé, a falta de cincuenta o sesenta páginas, y no creo que vuelva a retomarlo.

De El
Pasado no sé muy bien qué decir, porque lo terminé hace como un mes y la
vibración, el sacudón que me pegó en su momento ya se fue. Me aburrí mucho con
todo lo relacionado con Riltse, un pintor que se come casi 100 páginas de las
550 del libro, pero con el tiempo me fui encariñando con Rímini, el
protagonista, con Sofía, su señora, y con las oraciones de veinte líneas de Pauls. Lo que más me ha hecho acordar en estos
días a Rímini es, insólitamente, el columnista dominical de TP, Esteban
Schmidt.
Comparten el pos-cinismo de los argentinos de casi cuarenta, los clubes de
tenis del Bajo, el refugio de Palermo como la estación intermedia entre Barrio
Norte y el pueblo verdadero, el sarcasmo brutal.

2 comments
  1. nc said:

    acordate dogor querido que suelo ser un poco exagerado en mis calificaciones. será una manera de aferrarme a alguna certeza en tiempos en que sebreli cree que el bull dog es progre. en fin, de lo otro que estoy seguro es que se te lee en un gran momento.

  2. ja, nick, gracias, pero después de haberte escuchado recomendarlo unas 35 veces, ahora no te podés echar atrás.