Text and the City

Estoy
soltero; I. se fue a Moscú, a visitar a sus padres. Dos semanas. No es la
primera vez que estoy solo en la ciudad: en enero yo volví de Moscú dos semanas
antes que ella. Pero supongo que esta vez va a ser distinta.
        Aquellas dos semanas de enero casi no vi a nadie: pasaba la
mitad del día en casa y la otra mitad en el Starbucks de Sheridan Square,
cagándome a trompadas con la novela que terminaría un par de meses más tarde.
Afuera hacía quince grados bajo cero, todos los días, y a las cinco de la tarde
ya era de noche. Todo –obsesión diaria, clima insoportable, pocos meses en
Nueva York– ayudaba a instensificar mi retiro. En el Starbucks ya me conocían, y yo conocía a
los otros escritores o guionistas con aspecto más bien de fracasados que se instalaban ahí cada tarde. En
un no-lugar como Starbucks yo llegaba, saludaba a la gente y me salteaba la
cola para agarrar mi té negro y sentarme a escribir.
        Cuando llegué a Nueva
york, y planeaba dedicar mi tiempo libre a terminar mi long-neglected novela,
me imaginaba sentándome en cafecitos coquetos, rodeado del aura bohemia y
modernilla de Greenwich Village. Los cafecitos resultaron rápidamente ser un
fiasco. Por un lado, las mesas y las sillas son casi siempre más incómodas que
las del Starbucks, pero además está el anonimato: en los cafés chiquitos
es imposible pasar desapercibido, y los dueños o encargados te miran feo después de dos horas sin consumos. En Starbucks a nadie le importa nada:
podés pasar ocho horas gastando los $ 2,12 del té –yo generalmente me tomaba
dos de estos baldes por día—sin la culpa que provoca el no-consumo en los pyme barcitos aledaños. Otro tema era Internet: en los cafés coquetos
generalmente se cuelan las redes wireless de los vecinos, que mi computadora
detectaba fácilmente. En Starbucks, para usar Internet, había que pagar, y no
era barato. Eso era lo que yo quería: desconectarme. Siendo tan ineficaz como
soy para escribir –de seis horas con el culo en la silla obtengo unas dos horas y
media de trabajo neto–, el desarrollo comercial de Starbucks me beneficiaba. Para los
recreos, lo único disponible eran el Corazones y el Buscaminas de
Windows, con los que es imposible pasar más de 20 minutos.

Pero ahora
no tengo novela y es verano. Debería salir, morfarme la ciudad, ver gente o
por lo menos improvisar un flaneur, algo. Por ahora –un día y medio— no lo he hecho.
Complicaciones de trabajo y con Internet (sigo sin mail) me tuvieron en casa más
tiempo del deseado, y también dediqué demasiadas horas a un libro gordo que no
se termina nunca. No es que me esté refugiando de nadie, ni que esté iniciando el espiral horrible de Travis Bickle: esta noche tengo un
cumpleaños, mañana juego al fútbol y a la noche ya quedé con otro amigo para ir
a tomar algo. Pero recuerdo con tibieza aquellas dos semanas de invierno; solos,
yo y la novela, protegidos, obsesionados, separados del mundo. Esperando a I.

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