Cuando me mudé acá, hace un año, me reía de los nativos y los extranjeros asimilados que tanto en Starbucks como en los cafecitos de barrio encadenaban seis o siete adjetivos para pedir sus cafés: "Large Iced Moccha Ginger Skim Decaf Capucchino", decían, y yo pensaba "uf, estos yanquis", y me acordaba de LA Story, una infravalorada película de Steve Martin en la que, en una escena memorable, un grupo de diez habitantes de Los Angeles pide café en un restaurant y todos los cafés son distintos [Lo más recordable de esta película, para los que alguna vez se la cruzaron en el cable, es el cartel electrónico al borde de la autopista que le escribe mensajes personalizados al deprimido Steve Martin]. El asunto es que desde hace un par de días me he encontrado a mí mismo —la segunda vez fue hace un rato, en el apacible Panini Gusto Café de Hudson Street, a donde acudí para liberarme por un par de horas de esta pantalla que me tiene cautivo—, me encontré a mí mismo, decía, pronunciando la siguiente frase frente a la moza que parece sueca pero es brasileña: "A Large Iced Skim Latte, please". Son cuatro condiciones, no seis, pero aún así, después de decirlas, pensé: "I’m becoming one of them". Large por el temaño, Iced por el hielo, Skim por la leche descremada y Latte por los dos shots de espresso que se mezclan con todo lo demás en el vaso de plástico transparente. Y ahí me senté, en la mesa larga de roble, compartida con dos neoyorquinos modernos que corregían pruebas de lo que parecía una obra de teatro, con mi ejemplar salmón del New York Observer, cuya suscripción anual gratuita se me acaba la semana que viene.
        Lo revolucionario de mi pedido no es sólo la absorción de los gustos locales sino mi nueva pasión por el café frío, de la que había escapado con energía y algo de arrogancia durante toda mi vida. En Argentina el café frío no existe, como casi no existen los vegetarianos, pero es que además nunca había tomado, en los tres años de mi estancia madrileña, el habitual café con hielo que se toma sin ceremonia ni glamour en los veranos de la estepa castellana: vaso de whisky, cuatro cubitos y una taza de espresso volcada con brusquedad por el camarero. Algunos podrán llamarlo decadencia o sumisión, pero yo interpreto mi ingreso al mundo del café frío como una evolución, similar a la que sentí cuando empecé a comer lechuga y otras hojas verdes a mediados de los noventa.

3 comments
  1. f said:

    el frappuccino de starbucks fue siempre para mí su único producto realmente consumible, no te gustó de primera?
    y por qué los tanos y los gallegos se creen especiales porque todos piden un tipo de café distinto (pps comparando tanos con ue [http://people.csail.mit.edu/custo/Bozzetto_europe-italy.swf] y artículo de pérez reverte [http://www.sincolumna.com/estanteria/libros/ficha_0017.html último párrafo], por ej) como si fuera tan difícil que en cualquier lugar la gente tenga gustos distintos?

  2. Paterna said:

    Volvé a Baires y pedite una lágrima, o con un simple gesto de dos dedos indicale al mozo un cortado… a eso no hay con que darle
    Saludos.

  3. Martincho said:

    Herni
    Brillante lo tuyo. Creo que estás convirtiendo en uno de ellos. Quizás por eso ahora podes revalorizar libremente, sin intelectuales que te reten, la maravillosa LA Story. Además de la genialidad casi habitual de Steve Martin (no todo es Cheaper by the Dozen en su carrera), es uno de los primeros laburos de Sarah Jessica Parker, que está tan joven como hermosa. La película es genial. Y ya que estás contame algo de Shopgirl, que estrenará el mismo actor.
    Además, gracias por el Observer. Lo empecé a leer en Internet gracias a vos